Aula de la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo. Universidad de Oviedo

Apostillas a “un decálogo de consejos para profesores de Derecho”

La profesora Lyrissa Lidsky, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Missouri, publicó en Twitter, a principios de 2019, un decálogo de consejos para profesores de Derecho.

El pasado 20 de agosto el profesor Jesús Alfaro escribió en uno de sus dos blogs una entrada en la que expone: “Como me han parecido de mucho interés, difíciles de cumplir y algunos de ellos discutibles, los reproduzco aquí en español con algún comentario”.

Coincidiendo, en buena medida, con lo que propone la profesora Lidsky y con lo que comenta el profesor Alfaro, me permito aquí simplemente escribir unas apostillas a sus palabras.

Primero.- “Esto no va de usted. Va de los estudiantes. No intente impresionarles con lo listo que es. Impresióneles con lo listos que son ELLOS”.

Esta primera recomendación yo la reformularía de la siguiente manera: No trates de impresionar a los estudiantes haciendo alardes de todo lo que sabes (de la asignatura que impartes). Impresiónalos mostrando lo mucho que ellos pueden aprender (de esa materia).

Y es que la docencia que exigen las titulaciones ajustadas al Espacio Europeo de Educación Superior debe ser de una índole diferente a la que se impartía en las licenciaturas y con una metodología distinta: el paso de uno a otro modelo implica dejar un sistema eminentemente informativo y pasar a uno formativo orientado a la transmisión de habilidades intelectuales y en el que se trata de enseñar a aprender, no de limitarse a transmitir saberes.

En esta tarea hay que diferenciar entre todo lo que el profesorado “sabe” y va adquiriendo en su actividad investigadora y lo que debe exigir al alumnado, no tratando que lo segundo se aproxime, en la medida de lo posible, a lo primero. No estamos en los estudios de Grado para formar investigadores, sino profesionales en diferentes ramas.

Segundo.- “Tener muchas expectativas puestas en los estudiantes es una forma de respeto”.

Que los estudiantes “de hoy” no son como los otros tiempos –aquellos maravillosos años en los que los estudiantes éramos nosotros– es un lugar común en cualquier conversación entre docentes y, en primer lugar, es lógico que sea así: ni la sociedad es la misma que la de hace 20 o 30 años ni la formación previa que han recibido se aproxima a la de décadas pasadas.

Por lo que percibo es innegable que, como regla, tienen menos conocimientos generales (de Historia, Literatura, Lenguaje,…), bastantes más carencias expresivas, orales y escritas, en castellano y se toman (creo) con menos dramatismo el fracaso académico (muy alto en los primeros cursos del Grado en Derecho).

También que su dominio de idiomas extranjeros es mucho mayor, que las tecnologías de la información y la comunicación les son naturales –algo nada trivial hoy– y que suelen ser –comparados conmigo– mucho más “honestos”, a veces con una sinceridad gestual próxima a la mala educación: no fingen interés por la materia ni ocultan el aburrimiento que les suscitan ciertas materias o explicaciones no muy didácticas del docente.

En todo caso, son los estudiantes que tenemos y con los que estamos obligados a comunicarnos, y en ese proceso debe quedarles claro que cualquiera de ellos es capaz de asimilar los conocimientos teóricos y las habilidades propias de la materia de que se trate; también que si no lo consiguen no superarán la evaluación.

Tercero.- “Empiece con el ritmo con el que quiera continuar. Puede relajarse después, pero no puede hacer el camino contrario”.

Como dice Jesús Alfaro, “en las primeras clases, sientes el nivel del curso. Porque forzar la máquina y aumentar la exigencia más adelante es imposible. Relajar ésta, por el contrario, es perfectamente posible”.

Estoy de acuerdo. En mi Área tenemos por norma que en la primera semana de clase los estudiantes deciden si optan por un sistema de evaluación continuada, que incluye obligaciones de hacer para el resto de las semanas del curso, o si prefieren una evaluación única al final de dicho curso.

En general, una mayor preferencia por la evaluación continua se corresponde con más predisposición por aprender, pero es cada vez más frecuente que cada estudiante haga un cálculo de costes/beneficios entre el esfuerzo que se le exige y la probable nota, y tenemos buenos estudiantes que prefieren evaluarse una única vez y renunciar a las “ventajas” del aprendizaje continuado.

Cuarto.- “Respete el tiempo de los estudiantes. Puede que le animen a desviarse y, en ocasiones, un desvío humaniza. Pero es su deber cubrir todo el temario”.

Comenta Alfaro que “los estudiantes agradecen y te incitan a que te vayas por las ramas e irse por las ramas ocasionalmente hace la clase más llevadera”.

Efectivamente. En primero de Derecho hay muchos estudiantes que experimentan una profunda decepción porque lo que encuentran en las clases poco tiene que ver con lo que habían imaginado y, sobre todo, idealizado.

Esa discordancia se debe, por una parte, a que no le hemos informado con suficiente claridad desde la Universidad sobre los contenidos ni sobre las habilidades en las que van a formarse; también a que no pocos piensan que el Derecho es “el Derecho de las series” norteamericanas y el nuestro les parece sorprendentemente aburrido y no poco abstruso.

Hacerles ver que el Derecho español (y el europeo) no es necesariamente difícil de entender, que puede ser “guapo” y que, sobre todo, forma parte de su vida cotidiana es una buena manera de que se interesen por las asignaturas que impartimos. Para eso, a veces, hay que comentar lo que “no toca” según el cronograma; por ejemplo, hablar del sistema electoral español si hay unos comicios a la vista. Obviamente, estas ramas no deben ocultar el bosque de la asignatura ni son una patente de corso para que hablemos de lo que nos apetece y no de lo que, en teoría, corresponde.

Cinco.- “Enseñe lo que usted es, tanto si quiere como si no”.

Alfaro identifica este consejo con ser tú mismo cuando estás encima de la tarima. Coincido con él. Lo que sucede es que no siempre, especialmente cuando se empieza a dar clase, tenemos claro cómo comportarnos. En parte porque tampoco se nos ha enseñado a dar clase y, ante las dudas, no es infrecuente tratar de ser el o la docente que a nosotros más no ha gustado como estudiantes, que suele coincidir con el o la docente a quien tenemos como principal punto de referencia, pues en no pocas ocasiones llegamos a ser docentes por haber sido alumnos suyos.

La clave, creo, es tomar nota de lo que nos ha gustado de su docencia, evitar todo lo que no nos ha gustado –nadie es perfecto– y, con esas y otras “recetas”, tener un perfil propio que, a su vez, vaya mejorando con el tiempo. Creo que la mejor clase que puedo dar siempre está por llegar y trato de no olvidar las muchas malas clases que he dado.

Sexto.- “Una ceja levantada, una pausa demasiado larga o el humor funcionan mucho mejor que una reprimenda a la hora de controlar a la clase. Sin embargo, es complicado utilizar estos recursos cuando se es nuevo”.

Relacionaría este consejo con el anterior: la gestión de lo que ocurre en el aula forma parte del aprendizaje del docente y de su necesaria “actualización”. Una broma que ha tenido mucho éxito hace unos años puede ser un fracaso absoluto hoy como herramienta de distensión si los estudiantes ignoran el referente cultural en el que se ubica; no es que sean estúpidos o no tengan sentido del humor, es que les estás contando algo que ocurrió antes de que nacieran y ha perdido su gracia, al menos para ellos.

Séptimo.- “Los estudiantes quieren saber qué esperar tanto en el curso completo como en el día a día. No soy tan bueno en este frente como me gustaría”.

Los estudiantes quieren seguridad jurídica y exigen un contrato detalladísimo cuyo cumplimiento vigilarán hasta el más mínimo detalle. Eso es exacto aunque esa seguridad jurídica ya viene impuesta por las exigencias de los grados, lo que nos obliga a una gran transparencia, no poco trabajo administrativo y pensar, previamente, cómo vamos medir las diferentes exigencias que componen la calificación.

Octavo.- “Si los estudiantes saben que le importan y que le importa que aprendan, le perdonarán muchísimos errores”.

Como dice Alfaro, “los estudiantes son benevolentes si creen que el profesor se esfuerza y se preocupa porque aprendan (no te dejes guiar por las encuestas, siempre hay una minoría que tiene incentivos para poner a parir al mejor docente del mundo) y perdonarán errores”.

Estoy de acuerdo: esa benevolencia ya se suele notar en las clases y, como casi todo, mejora con el paso del tiempo o, cuando menos, el paso del tiempo mitiga posibles, y no necesariamente injustificados, rencores y malas experiencias. Por eso no hay que temer a la hora de innovar ni, por supuesto, ser renuentes si hay que rectificar.

Noveno.- “Si no le interesa de forma apasionada lo que enseña, ¿por qué debería interesarle a alguien más? La pasión, sin embargo, no es lo mismo que la parcialidad”.

Suscribo lo que dice Alfaro: “El profesor no debería nunca perder de vista que lo normal es que sus alumnos no estén interesados especialmente en la materia y podrá darse con un canto en los dientes si al final del semestre algunos estudiantes dicen que el profesor ha conseguido interesarles por la asignatura. Ser consciente de esta falta de interés ayuda a ser mejor profesor porque obliga a esforzarse por ser claro y por formular las ideas de forma atractiva”.

Añadiría dos cosas: no hay que confundir nuestra pasión investigadora con lo que pretendemos que apasione a los estudiantes (los contenidos docentes), pero transmitir pasión en algo contribuye a crear las condiciones para que esa pasión, sino compartida, sea al menos entendida.

Décima.- “Respete y valore los diferentes puntos de vista”.

Alfaro es aquí más pragmático y concluye: “Prefiero que las perspectivas diferentes de las mías se las enseñen y expliquen los que las defienden. La vida es corta y los semestres universitarios sólo tienen catorce semanas”. Yo defendería una “tercera vía”, que, seguramente, no está muy lejos de las propuestas de Lidsky y Alfaro: hay que explicar las perspectivas que los estudiantes deben conocer como, por ejemplo, la jurisprudencia consolidada o mayoritaria sobre una determinada cuestión, al margen de que nos pueda parecer desacertada; por supuesto, en Derecho Constitucional, la libertad de que goza el Legislador democrático para, respetando el marco constitucional, aprobar diferentes desarrollos normativos que reflejen, en cada momento, la voluntad política mayoritaria, por mucho que la consideremos disparatada, cuando no repugnante.


La versión original de este artículo fue publicada en el blog “El derecho y el revés” del propio autor.