El 37 por ciento de la población de Nueva York, una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, es nacida en el extranjero. Reuters/Eduardo Munoz

Cómo las ciudades pueden ayudar a los inmigrantes a sentirse en casa: 4 gráficos

Al mismo tiempo que crece el sentimiento antimigrante en varios lugares desde Alemania hasta Estados Unidos, varias ciudades hallan maneras para hacer que los inmigrantes se sientan como en casa.

Durante más de una década, he realizado cientos de entrevistas en Nueva York, París y Barcelona para comprender cómo cada ciudad integra —o excluye— a sus inmigrantes.


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Mi nuevo libro, “A Place to Call Home” (“Un lugar al que llamar hogar”), explica por qué algunas ciudades y sus residentes son mejores en incorporar a los recién llegados en la economía, cultura y política local.

El sentimiento de pertenencia

Pareciera que la inmigración en estas tres ciudades es bastante diferente.

Más de un tercio de los neoyorquinos son nacidos en el extranjero, la mayoría de ellos en América Latina y el Caribe.

En París, donde el 20 por ciento de la población es nacida en el extranjero, muchos de los inmigrantes y sus hijos proceden de Argelia, Marruecos, Túnez y otras antiguas colonias francesas.

Gran parte de la población inmigrante de Barcelona, alrededor del 17,8 por ciento de su población total, es latinoamericana o marroquí.

A pesar de sus orígenes diversos, los inmigrantes con los que hablé citaron de manera consistente los mismos elementos clave para desarrollar su sentido de pertenencia urbana: sentirse “en casa” mientras trabajan, socializan y cuidan a su familia en la ciudad.

Resulta que Nueva York y Barcelona fomentan este sentimiento de pertenencia más que París.

Casi el 70 por ciento de los inmigrantes latinos de primera generación que entrevisté en la ciudad de Nueva York se sienten parte de la comunidad. Poco menos de la mitad de los marroquíes de primera generación en Barcelona se sintieron como parte de la comunidad.

Solo el 19 por ciento de las personas de Africa del Norte residiendo en París se sentían como parte de la comunidad.

Abundancia de trabajos

Esto se debe en parte a que tanto Nueva York como Barcelona ofrecen gran cantidad de empleos a los inmigrantes, ya sea trabajos regulares con beneficios o trabajos no estables en el sector informal.

Los inmigrantes son vitales para la economía de la ciudad de Nueva York. Según la Oficina del Contralor del Estado de Nueva York, los inmigrantes representan el 43 por ciento de la fuerza laboral de esa ciudad y casi un tercio de su producción económica.

Hay una fuerte presencia de inmigrantes en el sector de los servicios y de la construcción. Además, de acuerdo con el informe de la Contraloría, “Muchas industrias, como la tecnológica, las finanzas y la de la información, recurren a un conjunto de talentos de inmigrantes de todo el mundo para mantener su competitividad”.

También Barcelona ha dependido de mano de obra inmigrante para desarrollar su economía. Hasta la crisis económica de Europa de 2007, cuando el alto desempleo frenó la inmigración y obligó a muchos trabajadores nacidos en el extranjero a regresar a sus países de origen, los inmigrantes fueron una parte importante de la fuerza laboral. Y lo vuelven a ser a medida que la economía se recupera.

Por lo general, los empleadores en ambas ciudades también aceptan a trabajadores que tienen estatus de indocumentados. Unas 560.000 personas indocumentadas viven en la ciudad de Nueva York, según un informe de la ciudad de marzo de 2018, lo que representa el 6,3 por ciento de la población total de la ciudad. Los inmigrantes indocumentados en Nueva York tienen una alta tasa de participación en la fuerza laboral, de 77 por ciento.

Actividades y servicios para inmigrantes

Tanto Barcelona como Nueva York con regularidad organizan eventos culturales que celebran a los inmigrantes.

El West Indian Day Parade, organizado en Brooklyn por poblaciones de inmigrantes del Caribe y financiado en parte por donaciones corporativas, atrae a millones de personas en busca de entretenimiento cada año.

Eventos como el West Indian Parade de Nueva York, una celebración caribeña, festejan la cultura de los inmigrantes. Reuters/Amr Alfiky

En Manhattan, el cierre de algunas avenidas principales para los desfiles los Días de San Patricio, Puerto Rico, la República Dominicana o México es una señal de solidaridad con los residentes nacidos en el extranjero y sus descendientes.

Existen muchas organizaciones locales sin fines de lucro y agencias gubernamentales en Nueva York y Barcelona que atienden las necesidades específicas de los inmigrantes.

En Barcelona, el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados provee información a inmigrantes sobre cómo obtener estatus legal y eventualmente obtener la nacionalidad española. También ofrece servicios de educación, empleo y vivienda en siete idiomas diferentes.

En Nueva York, diferentes organizaciones de inmigrantes abogan por los derechos de los inmigrantes y ofrecen numerosos recursos y programas. También tienen como objetivo que inmigrantes sean electos para puestos políticos y de liderazgo comunitario para enriquecer la representación política de los inmigrantes.

Que los inmigrantes mantengan su identidad

Los inmigrantes también me dijeron que la mayoría de la gente de Nueva York y Barcelona les permite como residentes nacidos en el extranjero manifestarse tal como son, lo que les posibilita mantener su propia identidad mientras se adaptan y crean su nuevo hogar.

De manera que, desde el punto de vista de los inmigrantes, la proporción entre ser atendido de forma específica y ser tratado igual que cualquier otra persona determina cuán bienvenidos se sienten.

En otras palabras, la clave para la inclusión, parece ser ayudar a que los inmigrantes se integren pero sin forzarlos.

Ninguna ciudad es perfecta en este tema. En Nueva York, Barcelona y París, descubrí que muchos inmigrantes estaban atrapados en trabajos poco calificados, como cocinas de restaurantes, taxis y obras de construcción, sin importar cuál era su profesión u oficio en el país de origen.

Todos los inmigrantes con los que hablé luchan por encontrar viviendas asequibles y de calidad en estas costosas metrópolis. Los políticos antimigrantes los critican públicamente como “amenazas” a la nación.

De la misma manera, los inmigrantes de color en estos países, predominantemente blancos, reportan que tanto la policía como los residentes los categorizan de manera racista, aunque eso parece ocurrir con menos frecuencia en la ciudad de Nueva York.

Lo erróneo en París

En mis entrevistas, los inmigrantes de primera y segunda generaciones que con mayor frecuencia aseguraron que les costaba mucho sentirse como en casa fueron los que viven en París y su región metropolitana.

Francia siempre ha tenido el concepto de sí misma como una república laica homogénea. Esta noción perduró aun cuando el país colonizaba a los países musulmanes del Norte de África, como Argelia y Túnez, en el siglo XIX y principios del XX y reclutaba trabajadores de esos países.

El ideal secular hace que sea difícil para la sociedad francesa abordar las formas en que los inmigrantes pueden ser, de hecho, diferentes diferentes a los franceses nativos.

Por ejemplo, el censo nacional de Francia no puede preguntar sobre la identidad racial o étnica. De manera que políticas diseñadas para ayudar a las minorías —como la acción afirmativa—, no solo son casi imposibles, sino que también son vistas como discriminatorias.

La discriminación racial y los comentarios racistas son frecuentes en París. Pero la firme creencia de que la sociedad francesa es ciega al color de piel significa que hay poco interés en hablar sobre el racismo.

Los inmigrantes musulmanes viviendo en París también me dijeron que sentían que los parisinos esperaban que se asimilaran —que abandonaran su cultura de origen y se convirtieran en “franceses” de manera total e inmediata.

El apoyo para organizaciones étnicas y raciales como las que proliferan en Barcelona y Nueva York, también es considerado antifrancés. Como resultado, los inmigrantes en París por lo regular practican su religión y tradiciones culturales en privado. Eso los aísla de sus vecinos y evita que la mayoría de los franceses los conozcan.

Esta presión externa para que se adapten rápidamente a la cultura nacional hace que los inmigrantes no se sientan como en casa y, de acuerdo con mi investigación, a que tarden más en integrarse.

This article was originally published in English