Efectos negativos de la moralización en la política

La moral impregna cada vez más nuestra política. Debates morales que parecían haber salido del debate político han vuelto con fuerza (pensemos en el aborto o en la reciente polémica en torno a la prostitución). La moral está además cada vez más presente en la evaluación a la que sometemos a nuestros representantes. Sus preferencias morales concretas o sus rasgos de carácter parecen pesar más en la evaluación de su desempeño que su capacidad para diseñar e implementar medidas efectivas.

La creciente moralización de la política parece una dinámica deseable. Quizás a la política le venga bien tener una marcada agenda moral. Quizás eso acabe por fortalecer la integridad de nuestros políticos, reduciendo los preocupantes niveles de corrupción en la gestión pública.

Después de todo, en otros ámbitos la moralización ha funcionado como herramienta para cambiar conductas y hábitos perniciosos, así que quizás pueda funcionar también para enmendar nuestra maltrecha política. Quizás incluso pueda defenderse que una determinada ideología política tiene mejores credenciales morales -y que por esa razón deberíamos preferirla.

Sin embargo, cuando atendemos a algunos hallazgos empíricos recientes, hay buenas razones para que nos preocupemos por la progresiva moralización que se empieza a vislumbrar en nuestra esfera pública.

En lo que sigue voy a presentar algunos de esos hallazgos. Mi objetivo es convencer al lector de que un debate político moralizado en exceso puede dañar nuestra convivencia democrática.

La moral como objeto de estudio

La moral, durante siglos territorio exclusivo de teólogos y filósofos, ha pasado a ser un ámbito de investigación para multitud de científicos sociales.

Aunque todavía no podemos explicar muchos de los pliegues que caracterizan nuestra vida moral, algunos hallazgos empiezan a emerger de forma nítida. El avance es lento, pero pueden afirmarse ya algunas cosas con bastante certeza.

Podemos afirmar, por ejemplo, que sin ciertas normas morales básicas –de reciprocidad, de evitación del daño físico directo o de igualdad en el reparto– sería imposible estabilizar ciertos intercambios cooperativos que son vitales para la pervivencia de cualquier grupo.

Desde hace tiempo sabemos que nuestra moral, esa compleja amalgama de prácticas, hábitos, normas, emociones y constructos simbólicos, contribuye a minimizar los efectos adversos del egoísmo. Pero empezamos también a entender que nuestra moral es un arma de doble filo. Además de servir para unir y cohesionar, tiene un potencial tremendo para iniciar el conflicto, el antagonismo y la violencia entre grupos que abrazan valores morales opuestos.

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Dos formas de moralizar la política

El potencial divisivo de la moral para nuestra convivencia política ha comenzado a explorarse recientemente. Se empiezan a vislumbrar dos formas básicas de división moral dentro de una comunidad política.

La primera tiene que ver con el perfil moral de los distintos grupos dentro de una comunidad política. La moral puede dividir porque los grupos políticos abrazan valores morales distintos.

En varios estudios empíricos, Jonathan Haidt ha constatado que los liberales americanos (usualmente demócratas) y los conservadores (republicanos) perciben de modo distinto el mundo moral).

La evidencia facilitada por Haidt indica que los liberales dan más peso a valores como la autonomía individual y la justicia, mientras que los conservadores se identifican más con valores que tienen que ver con el respeto de la autoridad, la pertenencia al grupo o la pureza de ciertas prácticas y relaciones. Estos dos perfiles morales explicarían parte de las agendas políticas de ambos partidos.

Los liberales tienden a priorizar asuntos de justicia, redistribución o protección de la autonomía de ciertos colectivos desfavorecidos.

Los conservadores, en cambio, privilegian asuntos relacionados con la moral sexual y reproductiva, con la pertenencia a una determinada comunidad y con el respeto de la autoridad.

Estos perfiles morales divergentes podrían en principio coexistir de modo armonioso. Los liberales podrían pensar que los conservadores simplemente abrazan valores distintos y que en última instancia los valores de ambos grupos son igualmente respetables. Y lo mismo podrían pensar los conservadores. La evidencia nos indica, sin embargo, que esa tolerancia resulta una quimera.

Ambos grupos políticos (liberales y conservadores) perciben el perfil moral del otro grupo de forma peculiarmente estereotipada. Sin duda exageran el compromiso del otro grupo con sus propios valores (como sucede con cualquier estereotipo), pero lo más interesante es que tanto los liberales como los conservadores creen que el otro grupo político no valora los ideales morales del grupo opuesto. Parece que las dos facciones políticas creen que el otro grupo tiene un claro interés en destruir los valores morales propios.

La segunda forma en que una comunidad política puede dividirse por cuestiones morales tiene que ver con el modo en que concebimos nuestros valores. Abrazamos nuestros ideales morales con gran convicción y esa convicción puede erosionar el debate político.

Durante mucho tiempo muchos filósofos y algunos psicólogos han proclamado que solemos concebir nuestras opiniones morales en clave objetivista o universalista. Creemos que esas opiniones son correctas en virtud de algún hecho externo y que su corrección no varía de un contexto a otro.

La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. Algunas personas reconocen que podrían estar equivocadas sobre casi cualquier cuestión moral. Otras conciben sus opiniones morales de forma marcadamente absolutista. Creen que solo hay una postura correcta en un debate moral y que alguien (normalmente el otro) debe estar equivocado. Y para la gran mayoría de nosotros el objetivismo y el relativismo es una cuestión de grado, que depende de lo que se esté debatiendo.

El modo en que percibimos nuestra posición moral parece tener importantes consecuencias prácticas. En relación con el tema que nos ocupa, que una comunidad política esté conformada por más o menos absolutistas morales puede afectar a la convivencia dentro de la comunidad. Y puede hacerlo al menos de tres formas distintas.

Parece que existe una correlación robusta entre una marcada convicción moral sobre un determinado asunto y una mayor disposición a mostrarse intolerante con quienes expresan opiniones morales contrarias.

También sabemos que resulta muy difícil acordar un mecanismo de mediación para resolver un desacuerdo moral cuando las personas implicadas tienen fuertes convicciones morales (cuando se conciben como universalistas u objetivistas).

Esto contrasta con aquellos desacuerdos morales entre quienes no muestran una fuerte convicción moral. En esos casos parece que resulta fácil acordar un mecanismo para resolver el conflicto.

Por último, también sabemos que la participación política puede depender significativamente de cómo perciban los ciudadanos sus compromisos morales. La percepción objetivista de la propia posición moral parece ir de la mano de una mayor participación en movimientos sociales o cívicos. Y algunos sugieren que el comportamiento electoral también podría verse influido por una mayor o menor convicción moral.

Polarización política y moral - una hipótesis exploratoria

Los percepción estereotipada de los compromisos morales de otros grupos políticos y las consecuencias negativas derivadas de un excesivo objetivismo o absolutismo moral sugieren una hipótesis sobre el reciente incremento de la polarización política.

Quizás parte de la intolerancia y el odio político que observamos en la actualidad pueda explicarse por la conjunción de los dos factores anteriores.

Por un lado, cada vez más gente cree que el otro grupo político tiene como objetivo fundamental atacar sus valores morales. Esta percepción desviada de las motivaciones morales del otro grupo político quizás explique parte de la intolerancia y la discriminación que venimos observando en épocas recientes.

Por otro lado, incluso si la mayoría de los ciudadanos son capaces de adoptar una posición tolerante sobre ciertos debates morales, cabe la posibilidad de que algunas dinámicas sociales profusamente estudiadas (social sorting, echo chambers, etc.) fomenten una actitud absolutista y objetivista en ciertos grupos dentro de cada partido, con las consecuencias negativas que citamos arriba: el grupo de absolutistas morales quizás muestre más intolerancia y menos capacidad para el compromiso y la negociación con el adversario político. En la medida en que los absolutistas morales son más activos y visibles dentro de cada partido, cabe esperar que la agenda política se oriente con el fin de satisfacer sus intereses.

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No hay recetas mágicas

¿Qué podemos hacer para minimizar la incipiente polarización moral dentro de nuestra política?

Como en cualquier problema social complejo, no parece que haya una única solución que nos permita atajar los efectos negativos descritos arriba. Podemos, no obstante, esbozar algunos puntos fijos que deben tenerse en cuenta antes de diseñar posibles intervenciones.

De entrada, debemos recordar que el debate moral es esencial para una democracia sana, y como tal lo valoramos. Los efectos indeseables de esta polarización moral, por tanto, no deberían corregirse limitando la expresión de ideales morales en la esfera pública.

Tampoco parece que podamos atenuar la distancia moral entre las facciones políticas apelando a un ideal moral más general. Las minorías absolutistas de cada partido son muy activas, como dijimos arriba, y parece plausible suponer que esas minorías lucharán para que su universo moral sea el que defina el contenido de cualquier regla de tolerancia.

Seguramente, y con esto acabo, las intervenciones más plausibles sean indirectas.

Será fundamental no favorecer demasiada homogeneidad dentro de los partidos políticos y articular los contextos de interacción de su militancia de tal modo que ciertas dinámicas perniciosas resulten menos habituales.

Aunque conviene asumir que la política tiene un foco moral que seguirá atrayendo el interés de muchos absolutistas, pueden hacerse muchas cosas dentro de los partidos (a nivel organizativo y de cultura política) para que las dinámicas que favorecen a los radicales sean menos frecuentes.

Igualmente, parece plausible suponer que más información sobre la posición moral real de la militancia de cada grupo político puede ayudar a reducir la percepción estereotipada que apuntamos arriba.

Son consejos generales, ciertamente, que más bien apuntan hacia un posible marco de análisis que debería ayudar a formular soluciones más concretas, encaminadas a minimizar el creciente partidismo.

Pero quizás estamos en ese momento en el que apuntar hacia el problema y sus posibles causas ya resulta un avance importante. Habrá que seguir moviéndose.