El turista humanista: cuando viajar es más que un hobby

Como dijera Mark Twain, “Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. Jake Simonds-Malamud, CC BY-SA, CC BY-ND

El turista humanista: cuando viajar es más que un hobby

Cuando vencí la fobia a los aviones, decidí recuperar el tiempo perdido recorriendo el mundo todo lo que pude.

De manera que, en el curso de una década, acumulé más de 300.000 millas de vuelo a todas partes, desde Buenos Aires hasta Dubai.

Sabía intuitivamente que mis viajes “me harían una mejor persona” y “ampliarían mis horizontes, tal "como rezan los clichés”. Sin embargo, he llegado a creer que viajar puede y debe ser algo más que un hobby, lujo o forma de placer.

Este es un componente fundamental para un humanista.


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En su raíz, el humanismo es explorar y debatir las ideas fundamentales que nos hacen ser lo que somos. Estudiamos música, cine, arte y literatura para hacer exactamente eso. Y mientras es importante explorar estas ideas en nuestras propias comunidades, el papel que desempeñan la gente y los lugares que son diferentes a nosotros es tan crucial como el nuestro.

Es en esa instancia cuando viajar adquiere una inmensa importancia. Es lo que me llevó a preparar las maletas para ver algunos de los lugares sobre los que he estado leyendo durante tanto tiempo. Y lo que me llevó a escribir “The Importance of Elsewhere: The Globalist Humanist Tourist” (La importancia de ver otros lugares: el turista humanista global), en el que quise expresar mis reflexiones sobre un nuevo enfoque del placer de viajar.

El turista imperialista

A nivel académico, los estudios sobre los viajes han analizado por mucho tiempo la trayectoria entre imperialismo y turismo describiendo cómo estos maduran en tándem.

Entre los siglos XVI y XIX, los imperios europeos se engulleron, plantando sus banderas y construyendo embajadas, bancos, hoteles y carreteras. Los imperialistas viajaron para buscar canela, seda, goma y marfil para utilizarlos para darse placer y obtener ganancias a su regreso a casa.

La era dorada de los viajes apenas coincidió con ese período. No mucho antes de que comenzaran las incursiones militares y comerciales, los turistas siguieron a los imperialistas hasta estos lugares remotos.

Tanto el turismo como el imperialismo incluían viajes de descubrimiento, y ambos tendían a dejar a los pueblos “descubiertos” peor de lo que habían estado antes de sus encuentros.

El impacto de la globalización en la forma en que viajamos

Durante el pasado siglo, la globalización – un concepto amplio y desalentador de corporaciones transnacionales y sistemas burocráticos – ha reemplazado al imperialismo como la red dominante de las relaciones internacionales.

La globalización puede ser abrumadora: abarca miles de millones de personas, trillones de dólares, innumerables inversiones de bienes, todos instalados en un vocabulario tecnocrático de geopolítica y multinacionalismo, que es un anatema para aquellos que nos acercamos al mundo en una escala más humana.

La globalización también ha hecho más fácil viajar. Hay más rutas de aviones, más cajeros automáticos en cada esquina, y más servicios celulares internacionales. Se puede viajar a cualquier parte sin dejar atrás compañías como McDonald’s y Starbucks.

Pero, ¿para qué molestarse en viajar si usted quiere las comodidades que le resultan conocidas?

Mi argumento sería que necesitamos una guía turística que reconozca las abarcadoras interconexiones de la globalización y que al mismo tiempo las equilibre con una mentalidad humanista.

Porque detrás de la actividad inocua de visitar catedrales, descansar en la playa, y comprar souvenirs los viajeros pueden también albergar deseos explotadores egoístas y exhibir un sentimiento de derecho que rememora incursiones de antaño.

De cierta manera, la globalización también ha hecho más fácil deslizarse al viejo impulso imperialista de imponer poder y salir con un botín; de establecer avanzadas de nuestra propia cultura, y de tomar fotos que denoten la singularidad de los lugares que visitamos, una empresa que para algunos confirma la superioridad del lugar de donde venimos.

La manera correcta de hacer turismo

Sin embargo, el humanismo es cercano, íntimo, local. Viajar como un humanista restaura nuestra identidad e independencia, y nos ayuda a resistirnos a las abrumadoras fuerzas de la globalización.

No hay nada de malo en ir a ver el Coliseo o el Taj Majal, donde usted puede tomar las mismas fotos que ya han sido tomadas, o hacer largas filas para ver los lugares donde nacieron Shakespeare o Dante (que son de dudosa autenticidad).

Pero no solo haga eso, siéntese y observe a la gente. Piérdase. Entréguese al estilo, al ritmo y al espíritu de cada lugar.

Es obvio que usted va a comer nuevas e interesantes comidas, pero piense en otras formas de probar e “ingerir” la cultura de otro lugar, de adaptarse a diferentes hábitos y estilos.

Hay cosas que le harán cambiar mucho más que el panorama que se contempla desde lo alto de la Torre Eiffel.

Los psicólogos han llegado a la conclusión de que mientras más países usted visite, más confiado se volverá – y que “aquellos que visitaron lugares diferentes a su patria se hicieron más confiados que los que visitaron lugares más parecidos a su patria”.

La inmersión en lugares extranjeros incrementa la creatividad, y tener experiencias más diversas hace que la mente de las personas sea más flexible.

Como la globalización ha hecho que los productos y todo lo conveniente llegue ahora a más partes del mundo, hace falta un esfuerzo más consciente para lograr una inmersión en lo foráneo.

Mi propia empatía, creatividad y flexibilidad han mejorado de forma inconmensurable por destinos tan extraños y fascinantes como una conferencia de Monty Python en Lodz, Polonia; un remoto seminario cerca del Polo Norte; una aburrida conferencia en Varsovia; el festival de cine queer en Copenhagen; el aeropuerto nazi deconstruido de Berlín; un taller en Bagdad para poner a los académicos al día después de la destrucción de Iraq; y un encuentro como ecoturista con los pingüinos de Tierra del Fuego.

Hay un argumento vital para viajar en estos tiempos difíciles de ideologías de extrema derecha y alianzas internacionales que se desmoronan, racismo en ciernes y xenofobia. Tal parece que el mundo se torna menos abierto cada día.

Un viaje es la mayor oportunidad que usted tendrá de aprender cosas que no experimenta en su hogar, para conocer a personas que de otra manera no conocería. Quizás descubra que, de muchas formas, aquellas se parecen a usted; y, al final, este es el objetivo de un viaje.

This article was originally published in English