¿Igualdad de género en ciencia? Los números no nos dan la razón

¿Igualdad de género en ciencia? Los números no nos dan la razón

Aunque los números no me den la razón, siempre he sido optimista en relación al número de mujeres en STEM (acrónimo inglés que aglutina ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). Las estadísticas indican que este alcanzó un máximo en los 90 (1991, según algunas fuentes) y no ha conseguido remontar desde entonces.

A pesar de las estadísticas, siempre he creído que ese número iba a aumentar rápidamente y que, en un plazo de tiempo corto, las mujeres estaríamos en igualdad con los hombres. Para sustentarlo me basaba en el hecho de que la ciencia y la tecnología están cada vez más presentes en más áreas de nuestras vidas.

Las mujeres estamos expuestas a la ciencia y la tecnología tanto como los hombres y, por tanto, cada vez nos resulta un campo más familiar. Ya no se trata de algo con lo que no tenemos contacto, sino de algo cercano y diario, que nos ayuda y facilita las cosas. No es un mundo ajeno, sino uno en el que estamos inmersas día a día. Ya empieza a haber muchos referentes femeninos en el ámbito de las ciencias.

Marie Curie y Ada Lovelace ya no son las únicas grandes figuras en este campo, y las niñas y jóvenes ya pueden aspirar a seguir los pasos de otras notables y conocidas científicas y tecnólogas. Mi creencia era que, aunque muy despacio, el número de mujeres en ciencia y tecnología estaba aumentando en una progresión lenta pero segura y que hombres y mujeres iban a estar, cada vez más, en igualdad numérica en las aulas, en los laboratorios, en las oficinas, en los congresos.

Las consecuencias del #MeToo

Sin embargo, hace poco empecé a oír que las mujeres en Wall Street ya no eran invitadas a viajes de negocios. No eran convocadas a reuniones. No se requería su presencia en cenas y comidas de trabajo. Era la devastadora consecuencia de #MeToo. La incorporación de la mujer no solo se había parado sino que había retrocedido y lo que, en principio, fue un movimiento que quería ayudarnos y empoderarnos, terminó siendo contraproducente y contribuyendo a que nuestra situación empeorara.

Parece que, cuando se trata de progresar en la incorporación de la mujer a ciertos ámbitos laborales y económicos, cualquier iniciativa termina explotándonos entre las manos y dejándonos peor que antes.

Frente a las inesperadas consecuencias de #MeToo en Wall Street, he empezado a preguntarme cómo este fenómeno pueden extenderse al campo de la ciencia. ¿Van nuestros colegas científicos y tecnólogos también a dejar de viajar, reunirse y trabajar con nosotras?

La pregunta sería graciosa, incluso ridícula, si las consecuencias no fueran tan importantes. ¿Podemos seguir permitiendo el lujo de perder o infrautilizar la mitad del talento disponible (el femenino)?

Dado que las iniciativas empleadas hasta ahora no parecen funcionar (como muestran las estadísticas) y que nuevas iniciativas como #MeToo también resultan fallidas, ¿qué se necesita para, de verdad y de manera sostenible, incrementar el número de mujeres de manera continuada?

Necesitamos empezar una nueva reflexión desde puntos de vista nuevos para poder tomar acciones distintas y tener cuidado con posibles alternativas que, aunque a primera vista resulten muy valientes y atractivas, pueden tener un efecto totalmente contrario al deseado inicialmente. Como sociedad, ¿qué vamos a hacer?