La mirada crítica de las humanidades digitales

Cada cierto tiempo el portal Universia muestra cómo las carreras del futuro están completamente atravesadas por la tecnología digital: analista de datos, especialistas en ciberseguridad, robótica, big data, inteligencia artificial… son parte de una lista e infografía de tono neutral, aunque atravesada por el concepto de tecnociencia. La ciencia y la investigación al servicio de la tecnología y el futuro en tanto progreso.

No obstante, por un lado, ninguna tecnología es neutral: los sesgos de género, raza y lengua la habitan. Ya sabemos de máquinas expendedoras de jabón que no reconocen la piel negra y de la invisibilidad de las lenguas que no son el inglés en la Web. Asimismo, a pesar de que el futuro siempre llega, no lo hace de igual forma para todos.

Por poner un ejemplo, mientras en Latinoamérica encontramos comunidades indígenas que, por necesidad, han debido aprender a gestionar sus propias redes de comunicación digital, como es el caso del proyecto Tic-Tac, y asistimos a un creciente interés en las metodologías de uso de celulares en el aula —a falta de ordenadores y wifi—, en el Norte Global o en las zonas urbanas más desarrolladas de nuestro planeta se expande, desde los gestos más mínimos —como el encender una lámpara, la conducción de un bus, pedir un taxi o encontrar pareja en redes sociales— el Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés) y la inteligencia artificial (IA).

Es entonces muy probable que los empleos del futuro los vayamos a encontrar en empresas de tecnología digital e inteligencia artificial y que el éxito de estos nos hagan alcanzar unos niveles de productividad y, a la vez, de automatización y lumpenización inéditos.

La paradójica profecía del futuro dice que se necesitarán menos empleados, pero crecerá el desempleo y la acumulación de riqueza en manos de unos pocos. Ante este panorama en el que la máquina autómata será parte de la revolución hasta ahora más rápida, masiva y a la vez desigual, ¿serviría el auxilio de las Humanidades?

La pregunta es casi imposible de contestar, pero me interesa detenerme aquí en un lugar de reflexión en el cruce de las Humanidades —en tanto Ciencias humanas— y la tecnología.

El dedo de Dios

Para eso, en primer lugar, voy a contar una breve historia: antes de 1950 un sacerdote jesuita italiano llamado Roberto Busa había terminado su tesis doctoral sobre la obra de Santo Tomás de Aquino y estaba interesado en hacer una lematización de sus textos, algo así como un gran glosario.

Ante la enormidad de ese corpus textual, Busa entendió que la titánica tarea no podía ser llevada a cabo desde lo humano y decidió ponerse en contacto con la empresa IBM, que para ese momento había comenzado a incursionar en el ámbito de la lingüística computacional. De ese cruce salió lo que se considera el proyecto que dio origen a las que hoy llamamos Humanidades digitales: el Index Thomisticus, hoy Corpus Thomisticum.

El trabajo analítico y cuantitativo de Busa y su equipo sobre más de 22 millones de palabras en 23 lenguas diferentes y nueve alfabetos resultó una labor tan superadora que el jesuita la resumió, como buen creyente, en estas tres palabras que hacen referencia al dígito, que puede ser a la vez, el de la máquina y el del humano: “Digitus Dei est hic!” (¡el dedo de Dios está aquí!).

Hoy las Humanidades digitales son un campo cada vez más afianzado en el ámbito de la investigación científica y la enseñanza universitaria y, en pocas palabras y, tendiendo un puente con el proyecto de Busa, aún buscan explorar con herramientas digitales los más diversos corpus: textos antiguos o modernos, ya digitalizados o en proceso, imágenes, sonido…

Telos / Ana Galvañ

La mirada crítica de las humanidades

A través del uso de un determinado recurso digital, las Humanidades digitales minan esos corpus y buscan ver el conocimiento más allá del texto, moviéndonos del dato al texto o a la obra. En su práctica —porque si hay algo que las define es la práctica— nos enseñan también a ser críticos. Críticos porque podemos adentrarnos en las tripas de los textos y porque para practicarlas antes tenemos que pensar la tecnología: no todas las herramientas sirven para lo mismo; tampoco son todas iguales. No es lo mismo trabajar con software que se compra —o propietario— que hacerlo con tecnologías libres y gratuitas.

Si bien las Humanidades digitales no se posicionan de un lado u otro, nos abren la puerta para elegir el modo en el que queremos compartir nuestro conocimiento. También nos enseñan a ser críticos porque las Humanidades digitales, en esa intersección que proponen, hacen de las Humanidades un espacio de trabajo grupal. En proyecto de Humanidades digitales podemos investigar junto con nuestros pares, pero también de la mano de programadores, lingüistas computacionales, bibliotecarios; aprendemos de y con otros.

Así, si el devenir tecnológico-social al que nos vamos acercando parece ser algo deshumanizado, al menos una mirada crítica compartida siempre puede ayudar. Acerquémonos entonces a ella desde las Humanidades digitales.

En 2018 las nuevas políticas migratorias de tolerancia cero del gobierno de los Estados Unidos habían separado a más de 2.300 niños de sus familias. Alex Gil, humanista digital y bibliotecario de la Universidad de Columbia, sabía que su labor cotidiana —ayudar a la gente a encontrar información en la biblioteca utilizando tecnología— podía colaborar. Junto al historiador Manan Ahmed y un nutrido grupo de colaboradores de las más diversas ramas disciplinarias instalaron un chat en Telegram, compartieron una hoja de cálculo y empezaron a buscar datos disponibles en abierto y de forma pública —registros de inmigración del gobierno, formularios de impuestos, listados de empleos, páginas de Facebook— con el fin de ubicar e identificar los centros de detención en los que podrían estar alojados los niños.

El resultado de esta investigación es el proyecto y sitio interactivo Torn Apart/Separados, en el que, gracias a la estructuración y la minería de esos datos disponibles en la Web, vemos disperso en un mapa digital el enorme aparato de ejecución migratoria en los Estados Unidos, acercándonos a los posibles refugios donde pudieron estar alojados los niños.

Torn Apart/Separados. xpMethod, Borderlands Archives Cartography, Linda Rodriguez, Merisa Martinez y Moacir P. de Sá Pereira

Mujeres en minoría

Haciendo uso de la red social Twitter, Jennifer Isasi, especialista en curaduría de datos, mostraba en varios tuits y a través de distintas visualizaciones de grafos cómo en el universo de los premios literarios las mujeres siguen siendo minoría aunque, paradójicamente, los datos nos indicaban que un nutrido grupo de autoras había sido galardonado varias veces.

Un último ejemplo: hace un tiempo con mi grupo de investigación empezamos a trabajar en la anotación, el mapeo y la edición digital de un texto cronístico argentino de principios del siglo XVII llamado Historia de la conquista del Río de la Plata —o La Argentina manuscrita, como suele nombrársela más habitualmente—, un texto que, en palabras de la historiadora María Juliana Gandini, puede ser definido como un “brutal choque de mundos”: el de la expansión ultramarina de la España temprano-moderna con las sociedades agrarias guaraníes.

Desde la lectura cercana, la que hacemos los humanos sobre los textos, lo primero que emerge es este choque de culturas que se lee en Historia de la conquista del Río de la Plata y que, paralelamente, se hace carne en la figura de su autor, Ruy Díaz de Guzmán, hijo de una india guaraní y del hombre fuerte de la región, Domingo de Irala, y también pariente de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Sin embargo, la lectura distante y cuantitativa deja a la luz datos que pasan algo desapercibidos. Uno de ellos es el término “indios”, que no solamente es casi tan central como el término “tierra” o “río”, sino que es el que dialoga con la mayor cantidad de palabras en el relato. Los indios aglutinan y dan sentido al relato sin ser los “protagonistas” de la crónica.

La mirada humana

Nada de lo que nos muestran las Humanidades digitales nos es completamente desconocido, sin embargo, el elemento diferencial que traen consigo es permitirnos ver más allá de la recepción humana de textos o imágenes. Aquí están los datos –masivos, ocultos o intuidos– que emergen y dialogan con los textos y con nosotros a través de la tecnología, pero que a través de nuestra mirada humana construyen sentido.

En los proyectos de Humanidades digitales, a diferencia de lo que sucede con la lectura de un libro o un artículo, ya no recibimos pasivamente el conocimiento de un especialista sino que lo asumimos, a la vez, en un rol activo: interactuamos con el teclado y la pantalla y con los datos o los corpus que se nos muestran y, a través de ellos, construimos nuestro propio conocimiento o simplemente nos hacemos preguntas.

Aún a sabiendas de que ni la tecnología ni la ciencia están divididas equitativamente en nuestro mundo y, por ende, tampoco la investigación en Humanidades digitales, la mirada crítica y la construcción de conocimiento con herramientas tecnológicas que traen consigo resultan un buen ejemplo para entender mejor el pasado y el presente y, por qué no, el futuro.

Una mirada humana sobre las máquinas que no busque contestar, como en el Test de Turing todas las preguntas, sino que pueda al menos saber, como bien decía la magnífica Úrsula K. Le Guin, cuáles son las preguntas imposibles de contestar.


La versión original de este artículo aparece publicada en el número 112 de la Revista Telos, de Fundación Telefónica.


Want to write?

Write an article and join a growing community of more than 100,500 academics and researchers from 3,211 institutions.

Register now