La política y los oráculos: la ansiedad de tener que acertar sin conocer el futuro

La ciudad capturada con una bola de cristal. Hendra Xu / Shutterstock

La política y los oráculos: la ansiedad de tener que acertar sin conocer el futuro

Gobierna usted una ciudad próspera y rica a cuyas puertas se aproxima un poderoso enemigo. Ha de tomar la decisión que menos perjudique a sus ciudadanos: combatir o rendirse.

Los expertos (militares, estrategas, economistas, médicos, ingenieros, matemáticos…), tras muchos cálculos, concluyen que se podrá derrotar al enemigo. Las defensas de la ciudad son sólidas y el número de ciudadanos suficiente. Sin embargo, Tiresias, un anciano que dice ser adivino, le advierte: “¡No esperes en silencio la llegada de los caballos. Dales la espalda!”. Parece que eso quiere decir que huya del enemigo. ¿Qué consejo seguiría usted?

Si la pregunta fuera un test, podría decirse que si elige hacer caso a los expertos, concibe usted la política como una actividad que tiene como objetivo la seguridad (la llamaremos política artificialista). Si decide escuchar, aunque no crea en él, al adivino, la política es para usted una actividad que tiene como objetivo el orden (política realista). Parece una distinción muy sutil, pero es de tal trascendencia que toca a la esencia misma de la política, como se verá.

El futuro, un país desconocido

Decía el escritor polaco Karel Capek que “una de las actividades más populares del ingenio humano es imaginar cómo serán algún día, en un lejano futuro, el mundo y la humanidad”. ¿A quién no le gustaría saber cómo será el mañana? El futuro, el “país desconocido” del que hablaba Hamlet, es incierto. Provoca ansiedad pensar que las decisiones que hoy nos parecen correctas, mañana resultarán equivocadas.

Hubo un tiempo en que se acudía a los adivinos para reducir esa ansiedad. Si uno quería saber si estaba siendo envenenado, si tendría éxito económico, si heredaría o si conseguiría ser funcionario, iba a consultar con quien, supuestamente, sabía la respuesta por adelantado. Preguntas como esas son las que encontramos en el libro adivinatorio de más éxito en la historia: el Oráculo de Astrámpsico. Escrito hacia el siglo II a.C., su uso se prolongó hasta la Edad Media. Curiosamente, el autor de este libro quiso darle publicidad dedicándoselo al rey Ptolomeo y asegurando que lo había usado Alejandro Magno. Dos gobernantes, aunque el libro no contenga nada que pudiera ser de utilidad para su cometido.

No llamaría mucho la atención que los particulares acudieran a los adivinos, pero sí resulta sorprendente enterarse de que la política ha tenido, históricamente, una estrecha relación con los oráculos.

Los gobernantes griegos y romanos acostumbraban a consultarlos antes de tomar una decisión. Napoleón tenía su propio libro adivinatorio. En 1926 el ilusionista Houdini afirmaba, ante el Senado de los Estados Unidos, que los políticos estaban subyugados por los mediums. De Hitler se dice que se fió de varios, como Wilhem T. H. Wulff o Karl Ernst Krafft. Stalin contaba también con el suyo: Wolf Messing. El que fue su portavoz de la Casa Blanca, M. Fitzwater, aseguró que el matrimonio Reagan consultaba a adivinos. Juan Domingo Perón tenía cerca a José López Rega… La lista es, seguramente, larga, pero hay una diferencia entre unos y otros. Ni en la Grecia ni en la Roma clásicas se ocultaba o daba vergüenza. Hoy, ningún político confesaría tomar decisiones con la ayuda de un vidente.

Los adivinos pueden ser personas embriagadas o intoxicadas por alguna sustancia, o meros farsantes, como decía Houdini. Y los libros oraculares no adivinan nada ni pueden hacerlo. ¿Por qué se fiaban, entonces, los ciudadanos griegos, por ejemplo, de gobernantes que acudían a consultarlos? Para responder a esta pregunta hay que volver a las dos formas de entender la política mencionadas al comienzo.

La política artificialista

En el siglo XVII, el filósofo inglés Thomas Hobbes afirmó que los hombres “se empeñan en destruirse y someterse mutuamente” y que “no encuentran placer, sino un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder superior capaz de atemorizarlos a todos”. De ese modo expresaba una nueva forma de entender la política: como una actividad cuyo objetivo es ofrecer certezas. Para ello, usa como instrumento la ciencia y presta atención al futuro. Saber es poder. El objeto de la política es la seguridad. Así, el Estado, organización política por excelencia de la modernidad, tiene como misión garantizar esa seguridad (física, económica, etc.). Esta visión está en el origen de las construcciones ideológicas de nuestro tiempo. Es la forma en que estamos acostumbrados a ver la política hoy.

Aquí no tienen cabida los adivinos, porque el mundo es un artificio, una máquina. Si somos capaces de descubrir los mecanismos de su funcionamiento podremos crear el futuro que queramos. Todos los problemas pueden tener una solución política. En lugar de adivinos, se recurre al cálculo de probabilidades, al análisis de riesgos. Confiamos en que la ciencia pueda decirnos lo que nos depara el mañana: preguntamos a los economistas cuándo ocurrirá la próxima crisis, a los físicos cuándo podremos viajar a otros planetas, a los médicos cuándo curaremos las enfermedades, a los politólogos quién ganará las próximas elecciones, igual que atendemos al hombre del tiempo esperando nos diga si lloverá mientras estamos de vacaciones. Y ello, a pesar de que con frecuencia no aciertan, ni los unos ni los otros.

Al mundo-máquina artificial le corresponde, claro está, el hombre máquina. Se nos ha dicho que sentimos aversión al riesgo, pero que somos tan malos calculando probabilidades que nos comportamos como arriesgados irracionales. La manera correcta de enfrentarse al futuro sería anticipar el desastre. El futuro no es sólo incierto, es, además, peligroso. Como tomamos “malas decisiones”, es mejor obedecer a los “expertos”, que saben de lo que hablan.

No es de extrañar que hoy los ciudadanos sintamos como ajena la política, porque no es así como, en realidad, nos enfrentamos al porvenir en nuestro día a día. Sabemos que actuar supone exponerse a las consecuencias inesperadas y nunca predecibles de nuestras acciones. Lo que consigamos en el futuro dependerá también, como advertía Maquiavelo, de la fortuna, del azar. El futuro no se cansa de sorprendernos.

La política realista

La segunda forma de entender la política, la que tenían los griegos, que fueron sus creadores, es opuesta a la anterior: esta política no busca la certeza, sino el orden. Trata de ordenar un espacio y no un tiempo. Es siempre del presente, en tanto que el futuro es lo imprevisible. La política así entendida es la ciencia de lo que se puede hacer en la práctica, de lo factible; y lo factible lo es sólo en el presente. Este concepto se ajusta mejor a la forma en que las personas nos enfrentamos al futuro en nuestro día a día. El ser humano es libre, no es una máquina. Y su libertad es la principal fuente de incertidumbre.

Así pues, la política artificialista, que busca eliminar la incertidumbre, busca eliminarse a sí misma, ya que la verdadera política nace de la constatación de que el futuro es radicalmente incierto porque el ser humano es libre. La política sólo es posible si quienes la practican son libres. No consiste en garantizar nada respecto al futuro, sino en mantener un orden dentro del cual la libertad pueda desarrollarse. Se trata, por tanto, de asumir que el futuro puede desbaratar las mejores estimaciones y cálculos, y que la única certeza que tenemos sobre el porvenir es nuestra propia mortalidad.

Oráculos y libertad

Todo esto explica la relación de los oráculos con la política. Siendo conscientes de que sobre el futuro hay poca certeza, es normal que se buscara la ayuda de los dioses o de los iluminados por ellos. Esto no quiere decir que los oráculos acertaran. Que la política tuviera una relación con la práctica adivinatoria es señal de que se trataba de una política realista, ajena por completo a la que hoy experimentamos. Una política que tomaba como realidad última la libertad del ser humano, que reconocía que perseguir el orden es como perseguir la verdad: una tarea que nunca acaba y sin certezas.

No se está diciendo que haya que volver a creer en los adivinos (probablemente muy pocos creyeron realmente en ellos). De lo que se trata es de recuperar la política realista frente a la artificialista de las certezas ¿Recuerda la pregunta del principio? ¿Lucharán o huirán? No hay forma de saber qué será mejor. Pero si por un breve momento prestó atención a Tiresias, sin que por ello tenga que creer en él, será porque entiende que la libertad humana es la ineludible realidad de la que surge la política.