Señores investigadores, den ejemplo: ¡no vuelen tanto!

El mundo se calienta y los ecosistemas se degradan. Para evitar los desastrosos efectos del cambio climático, se necesita una reducción masiva de las emisiones de CO₂ en todos los sectores. El esfuerzo a realizar es enorme, ya que hay que lograr cero emisiones netas antes de 2050. Esto implica un cambio sin precedentes y urgente en nuestro estilo de vida.

El mundo de la investigación se enfrenta a dos retos. En primer lugar, de él nacen las alertas sobre el clima y la biodiversidad. Por lo tanto, sería desastroso para su credibilidad no dar ejemplo.

En segundo lugar, ya que los científicos tienen herramientas para evaluar de forma crítica los mensajes de sus colegas, están bien situados para interpretar la gravedad de la situación, comprender la urgencia y actuar en consecuencia.

Actuar significa reducir sus propias emisiones de CO₂.

La huella de carbono en la aviación

El tráfico aéreo representa actualmente alrededor del 3 % de las emisiones globales, tres veces más que las emisiones de un país como Francia. Este tráfico aumenta un 4 % cada año y se duplicará en 2030.

Esto está en total contradicción con los objetivos del Acuerdo de París, que deberían llevarnos a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad para 2030.

Con este crecimiento, el sector de la aviación por sí solo podría consumir para el año 2050 una cuarta parte del presupuesto de carbono correspondiente al objetivo de +1,5°C. Es decir, las emisiones totales que no deben superarse para mantenerse por debajo de este umbral medio de calentamiento global.

El progreso tecnológico hacia aviones más eficientes en el consumo de combustible y aeropuertos mejor organizados no hará más que mitigar las molestias. Solo una transición masiva a los biocarburantes o una drástica disminución de la demanda podrían evitarlas.

La primera solución se haría en detrimento de la seguridad alimentaria y la biodiversidad. Nos sigue quedando la segunda opción: volar menos.

Investigadores viajeros

Para bien o para mal, los investigadores llevan volando mucho tiempo.

Los beneficios incluyen intercambios científicos y humanos, y la creación de redes capaces de realizar estudios “cada vez más amplios” con resultados “cada vez más sólidos”. El coste es la obsesión por las reuniones internacionales, que consumen tiempo, energía y dinero y que tienen una huella de carbono desastrosa.

Se dice que “un investigador aislado es un investigador perdido”. Hoy en día, a menos que ya tenga una larga carrera, el científico que deja de volar es marginado. Viola las reglas de un entorno que valora los intercambios y la hiperactividad. Al hacerlo, pierde la oportunidad de establecer contactos multilaterales y corre el riesgo de salirse del círculo.

Esta observación no es exclusiva de la investigación: afecta a todos los entornos competitivos; es decir, en nuestro mundo globalizado, a un gran número de profesiones. Emitir menos CO₂ implica reducir actividades, y esto, cuando uno está solo, significa excluirse de la competición. Si el primero en actuar sale perdiendo, ¿por qué deberíamos sorprendernos de que los compromisos contraídos por los gobiernos en el tema climático no solo no sean suficientes, sino que tampoco se cumplan?

Reduciendo sus emisiones de forma voluntaria, la comunidad científica podría dar ejemplo de dos maneras. Por un lado, demostraría que la ciencia -las advertencias de los climatólogos- debe tomarse en serio. Por otro, probaría que un sector profesional puede superar la fatalidad del primero que actúa ha perdido y cambiar colectivamente su comportamiento.

El lugar de la conferencia

El primer paso para cambiar la situación podría ser la celebración de conferencias científicas.

Históricamente, el objetivo de las conferencias era compartir resultados importantes con rapidez, en un momento en que los intercambios con las revistas se hacían por correo. La publicación de un artículo llevaba mucho tiempo y, una vez publicado, su distribución estaba limitada por el hecho de existir solo en papel. Hoy en día es posible publicar en tiempo récord, y los artículos se pueden encontrar instantáneamente en internet.

Por lo tanto, las conferencias se han convertido esencialmente en espacios en los que compartir ideas, donde una mezcla del programa oficial y las reuniones informales acaban produciendo intercambios fructíferos. El problema es que esos intercambios pueden ser fuente de una importante cantidad de emisiones de carbono.

Hay tres maneras de reducir la huella de carbono en estos eventos.

  1. Yendo a menos. Los principales eventos científicos del mundo emiten decenas de miles de toneladas de CO₂. Sin embargo, bajo el pretexto del contacto humano, pero también de la comunicación (o incluso del estar para ser visto), se multiplican sin ninguna justificación real. Por lo tanto, no es raro encontrarse con tres o cuatro (o incluso más) conferencias de importancia mundial al año sobre el mismo tema, cada una con sus propios organizadores.

  2. Se podrían organizar eventos que preserven la interacción social y limiten los viajes, reduciendo así las emisiones de CO₂. Este es el concepto de una conferencia con varias localizaciones, en la que las regiones están conectadas digitalmente entre sí. En estos casos, la elección de localizaciones céntricas (relativas a los asistentes que se esperan), en lugar de lugares bonitos pero a menudo remotos, reduciría las distancias a recorrer. Esta es una oportunidad para recordar que el tren produce mucho menos CO₂ por pasajero y kilómetro que el avión en los países donde opera con electricidad baja en carbono.

  3. Mediante la virtualización completa de las reuniones. Este es el concepto de una conferencia sin vuelos a la que todos pueden conectarse desde casa. Los experimentos piloto son alentadores, y la tecnología permitirá formatos cada vez más sofisticados, incluyendo programas oficiales (fáciles de virtualizar, incluyendo preguntas y respuestas) y sesiones informales programadas o improvisadas, menos fáciles de organizar pero que deberían preservarse porque contribuyen al interés de estos eventos.

El lugar de la reunión

Si bien cabe esperar que las teleconferencias sustituyan progresivamente a las reuniones presenciales, ambas se multiplican en paralelo. De esta manera, imitan el consumo de energías renovables, que se suma al de energías de carbono sin frenar su progresión.

La importancia del contacto humano a la hora de crear y mantener buenas relaciones, al igual que al ser eficientes -trabajamos mejor cuando nos conocemos-, ofrece buenas razones para viajar. Pero no hasta el punto de ignorar la realidad de nuestra situación.

El presupuesto de carbono, más allá del cual corremos el riesgo de alcanzar una situación climática incontrolable, se estima ahora en alrededor de 800.000 millones de toneladas de CO₂. Un poco más de 100 toneladas para cada uno de los 7.500 millones de habitantes del mundo.

Repartido en 30 años, esto da una media de 3 toneladas al año por persona. Dos viajes de ida y vuelta transatlánticos en clase económica son suficientes para consumir este presupuesto, que ya superamos con creces, ya que un europeo emite una media de 9 toneladas de CO₂ al año.

La cuestión ya no es solo si viajar menos. Es cuantificar la huella de carbono de los viajes, establecer objetivos de reducción (que deberían ser transparentes, independientemente de lo ambiciosos que sean) y verificar que se están cumpliendo.

Una carta para reducir los vuelos

La expresión sobriedad energética no es demasiado fuerte para describir el mundo que nos espera y el transporte aéreo es solo un aspecto de ella (siendo el digital otro).

Esta sobriedad debe ser organizada y asumida, a riesgo de ser impuesta. Conocer a colegas que viven a miles de kilómetros de distancia no es un derecho inalienable. Ignorar la física y las amenazas que suponen los gases de efecto invernadero para la humanidad sería irresponsable.

Continuar emitiendo CO₂ que nuestros hijos tendrán que capturar en la atmósfera para asegurar su supervivencia sería inexcusable. Muchas instituciones investigadoras ya han establecido políticas para animar a sus miembros a adoptar buenas prácticas en los ámbitos de la prevención de riesgos laborales, la protección de datos personales, la ética o la conducta profesional. Ahora es el momento de que las instituciones también apoyen la reducción de vuelos o la abstinencia de carbono. Nuestro futuro depende de ello.

This article was originally published in French