Sin el documental, Scorsese no sería Scorsese

Fotograma de ‘Italianamerican’, documental de Scorsese y su película favorita dentro de su filmografía. Youtube

Sin el documental, Scorsese no sería Scorsese

Sin la forma documental, Martin Scorsese, que este otoño recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2018, estaría perdido. El estilo de sus filmes, muchas veces directo y urgente, la escritura del guión, incorporando las improvisaciones de los actores, la estimulación de lo espontáneo y lo imprevisible en los rodajes, la influencia de la tradición oral a través del uso de la voz en off, la utilización de actores no profesionales en pequeños papeles, el impulso instintivo, visceral, a la hora de montar, sin concernirse con el desarrollo de una trama, estos y muchos otros recursos de su plástica fílmica beben directamente del cine documental.

Todas son sus películas

No es nada nuevo, como ha manifestado Kent Jones: “Toda ficción que quiera ser buena aspira a ser documental, y viceversa”. Pero quizás por eso, desde bien temprano en su carrera, Scorsese hizo suyo el compromiso de realizar filmes documentales en paralelo a sus trabajos de ficción. Es más, Scorsese nunca ha hecho distinciones entre unos y otros, sino que son todos “filmes”, y está interesado antes en los puntos de intersección entre ellos que en sus diferencias.

Los filmes documentales le permiten flexionar sus músculos como narrador, experimentar y probar muchas técnicas, algunas de las cuales luego encuentran cabida en sus filmes de ficción: las escenas domésticas en Toro Salvaje, por ejemplo, no existirían sin los hallazgos, la simplificación y la huida completa del artificio en sus documentales de los años 70, Italianamerican y American Boy.

En el género documental, Scorsese siempre ha encontrado un espacio de libertad creativa respecto a las reglas narrativas y la pesada logística y montaje de las grandes producciones de sus filmes de ficción. Es frecuente, sobre todo en las dos últimas décadas de su carrera, verlo enfrascado de manera simultánea en la planificación y edición de un trabajo de ficción y de un trabajo documental.

Sin ir más lejos, en la actualidad se encuentra combinando las tareas de postproducción en su nuevo film de ficción, The Irishman, con la posproducción de dos documentales aún sin título; uno sobre la serie de sketches cómicos canadiense de los años 80, Second City Television, y otro más sobre la figura de Bob Dylan, alrededor de su gira en los años 70, “Rolling Thunder Review”. Trabajar así, en ocasiones, parece la principal manera que Scorsese encuentra para mantener la inspiración, la excitación, la frescura y la emoción en sus propios filmes de ficción.

Bob Dylan en un fotograma de No Direction Home, documental dirigido por Martin Scorsese. Google Images

Sus producciones documentales a menudo se estrenan sin la publicidad y la expectación levantada por sus películas con actores, pero cada vez con más frecuencia acaban recibiendo una admiración y respeto que supera al de las incursiones del director en la ficción.

En las dos últimas décadas, los elogios críticos que Scorsese ha obtenido, por ejemplo, con su documental sobre el cine italiano, Il Mio Viaggio in Italia o sus documentales No Direction Home y Living in the Material World, sobre Bob Dylan y George Harrison, respectivamente, superan posiblemente las alabanzas que ha recibido por sus obras de ficción dentro del mismo periodo.

Documentales sobre temas que le apasionan

Scorsese suele dedicar sus proyectos documentales a alguna de sus pasiones bien conocidas: la historia del cine, con sus documentales sobre el cine americano, el mencionado sobre cine italiano, o sobre la figura de Elia Kazan (desde hace años trabaja en una continuación del documental sobre cine italiano y en un documental completamente nuevo sobre el cine británico); y el mundo de la música, representada por la que, para muchos, es la mejor película-concierto de la historia, El Último Vals, sobre la despedida del grupo The Band de los escenarios, y en épocas más recientes su serie para televisión sobre el blues, o los mencionados documentales sobre Dylan y Harrison, y el film-concierto de los Rolling Stones, Shine a Light.

Trailer de El último vals, concierto-documental despedida de The Band.

Pero a veces también los documentales han revelado nuevas facetas insospechadas en él: sus trabajos centrados en el mundo intelectual neoyorquino, como el dedicado a Fran Lebowitz, Public Speaking, o a la publicación The New York Review of Books, The 50 Year Argument. Sin olvidar tampoco dos de sus trabajos menos conocidos y menos vistos: su documental sobre la Estatua de la Libertad, Lady By the Sea, que ahonda en su interés por la antropología de la ciudad de Nueva York, y su mediometraje documental sobre su amigo y modisto Giorgio Armani.

Y quedan ya un poco distantes en el tiempo, pero no cabe ignorar la importancia crucial que tuvieron en su carrera los dos documentales de los años 70 mencionados más arriba. Dos documentales que respondían al modelo de film-retrato (uno sobre sus padres y otro sobre su amigo y colaborador, Steven Prince) y el interés de Scorsese por suscitar y preservar la palabra de los sujetos protagonistas (las entrevistas a The Band en El Último Vals también se basan en este principio).

Como productor, igualmente, su filmografía dentro del género solo parece crecer con el tiempo, en lugar de disminuir: los recientes Hitchcock/Truffaut, Long Strange Trip, sobre la banda The Grateful Dead, o Life Itself, sobre el crítico cinematográfico Roger Ebert, por citar solo algunos, así lo atestiguan.

Su película favorita

“La realidad es siempre mágica”, decía el gran Jean Renoir, y para Scorsese trabajar dentro del género es una puerta de acceso directamente abierta a esa magia, a la vida en toda su capacidad de sorpresa. Todavía hoy, cuando preguntan a Scorsese por su film favorito de entre todos los de su carrera , sigue mencionando Italianamerican, el documental sobre sus padres de 1974.

En muchos sentidos, en él está contenido todo su cine, desde Malas calles hasta hoy día. Viendo hablar a sus padres contando historias nos damos cuenta de dónde ha aprendido Scorsese todo lo que sabe sobre dirigir actores, y escuchando las anécdotas redescubrimos la potencia y el impacto de las historias contadas oralmente que sus propias películas intentan emular. Las tensiones y eventual entendimiento entre inmigrantes representan, por supuesto, el germen de la futura Gangs of New York, y en distintos rasgos de personalidad de sus padres vamos adivinando elementos de anteriores y futuros personajes de la carrera del director.

Pero es ante todo la sensación que el film desprende de hogar, de familiaridad, de sencillez y espontaneidad, como cuando su madre reacciona al descubrir que todavía la están grabando sin que ella lo sepa, de donde surge la principal fuente de inspiración, la posibilidad de aprovechar el caudal infinito de sorpresa que contiene la realidad. Sin el documental, desde luego, Scorsese no sería Scorsese.

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