La filosofía responde a las crisis actuales como respondió a las crisis pasadas. Lysander Yuen / Unsplash

Tiempos de filosofía y memoria de la catástrofe

En el año 1938, una cápsula del tiempo fue enterrada en un parque, bajo las instalaciones de la Exposición Universal de Nueva York. Hasta que llegara el año 6939, la cápsula iba a permanecer cerrada, con información para las generaciones futuras. Los mensajes estaban firmados por Einstein, por el físico Millikan y por el escritor Thomas Mann.

¿Qué decían aquellos mensajes? Se referían a las guerras, el papel de las masas, el progreso, el conflicto entre los gobiernos representativos y los gobiernos más despóticos. “No hay ni habrá un mundo mejor, esto es una falacia”. Así comenzaba el mensaje de Thomas Mann. ¿Qué quedará entonces? Su esperanza estaba en los ciudadanos del futuro, semejantes a los de hoy y a los que vivieron hace mil años. Pues el futuro no está solo en el tiempo, sino en ese esfuerzo genuinamente humano que se llama “cultura”.

El presente desde 2008

Años más tarde, en 1946, conocidas ya las atrocidades cometidas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt explicaba qué puede ocupar los tiempos y los espacios intermedios. ¿Qué hay entre un pasado que ha quebrado y el tiempo que vendrá? Será el momento del “ya no, todavía no”, entre el presente que se repite y lo que aún no ha llegado. En ese intervalo está el pensamiento.

El lugar del pensamiento es, o ha de ser, el tiempo y el espacio entre el pasado y el futuro. Cierto que las experiencias de cada generación no son comparables, casi nunca lo son; pero, de nuevo, desde el año 2001 y todavía más desde el 2008, se ha agudizado la conciencia de un presente desligado de las mejores tradiciones. Por eso mismo, parece estar corto de recursos para pensar sobre un futuro incierto.

“Crisis” es el término que casi todo lo ocupa, con poco espacio para el lento trabajo de la cultura y del pensamiento, ligado a la experiencia y a la acción cívica. Sin embargo, entre el pasado que ya no es y lo que aún no ha llegado, suele quedar margen para el esfuerzo por entender. Entender no es lo mismo que juzgar. La Filosofía está, siempre ha estado, ahí, en los espacios y tiempos intermedios: philosophia, amor por el saber. Por frágil que sean sus respuestas, las preguntas de la filosofía abren brecha.

Por ejemplo, ¿cómo aceptar que el ámbito público ha de ser tan solo espacio de poder y dominio? Ahí está el dilema, poder con dominio o sistemas para ponerle límites. En la filosofía se conservan los mensajes de una generación que tuvo que vivir bajo las sombras de la guerra y de las atrocidades; quedan también los de las generaciones precedentes, desde la época clásica. Cultura, política cívica y pensamiento vinculado a la acción son también mensajes válidos para el presente, lo seguirán siendo en el futuro.

¿Por qué? “Civilizar” la vida pública significa cambiar por completo su signo, para pasar de una esfera de dominio a una esfera de y para la ciudadanía. Cultura, educación, pensamiento han de formar parte, entonces, de las nuevas políticas, también de las políticas educativas, en todos sus niveles. Conviene que así sea, no a pesar de, sino porque, en tantos lugares y a cada momento, la violencia y el dominio son ejercidos con crudeza.

No es casual que la generación que vivió entre dos guerras mundiales y fue testigo de las atrocidades – la de Thomas Mann y Hannah Arendt - pensara en Europa como proyecto político, un proyecto no nacionalista. Aquella generación tuvo conciencia del presente, alertando contra una visión reducida de la vida pública, entendida como espacio de dominación. Las experiencias por las que habían pasado demostraron que quienes pueden servirse de la violencia, llegado el momento no dejan de hacerlo.

¿Y hoy? Tenemos información alarmante sobre lo que sucede, aquí y en otros lugares. Las decisiones serán responsabilidad de cada persona, de cada institución, de cada organización o país. La filosofía sigue ahí, debe seguir ahí, para hacer memoria, para alertar de los peligros, y para poder pensar en el presente y en un futuro merecedor de tal nombre.