Cartel electoral del partido Likud que muestra al presidente de EE.UU. Donald Trump estrechando la mano del presidente del Likud y de Israel Benjamin Netanyahu. Israel, 8 de septiembre de 2019. Gil Cohen Magen / Shutterstock

¿Tiene algo de bueno el nuevo plan de Paz para Israel y Palestina?

Después de tres largos años de espera, la Casa Blanca ha hecho público su Plan de Paz (Peace to prosperity), un documento de unas 180 páginas al que Trump suele referirse como “el Acuerdo del Siglo”. Son muchas las causas de este intencionado retraso, pero por encima de otras debemos destacar las inminentes convocatorias electorales que afectan a Israel y a EEUU, ya que este plan se enfoca como un documento de consumo interno tanto para la sociedad israelí como para la norteamericana.

En lo que al plan en sí se refiere hay que decir que la propuesta es innovadora en algunos aspectos, pero en otros no hace más que recoger la herencia de otras iniciativas que ya fracasaron en el pasado.

La parte más revolucionaria del documento es la inclusión (Sección 6) de un importante paquete económico –esbozado en junio pasado en la conferencia “Vision from Peace to Prosperity” celebrada en Manama (Bahréin)-– que ha sido cifrado en 50 billones de dólares con el que no solo se desarrollarían infraestructuras (plantas de tratamiento de agua, hospitales, un servicio de empleo palestino, una universidad…), sino que también se buscaría mejorar las seguridad humana de los palestinos, incidiendo en aspectos como reducción de la pobreza, el incremento del porcentaje de mujeres trabajando o la reducción de la mortalidad infantil.

Todas estas medidas se implementarían a través de lo que Trump ha denominado un “banco de desarrollo multilateral”, cuyo fin último sería asegurar la transparencia y evitar la corrupción, uno de los males que más ha afectado a la ANP, el gobierno de Abbas. Además, el plan de Trump plantea una medida controvertida como es la anexión del Valle del Jordán (un 30% de Cisjordania).

Esta acción, que probablemente se lleve a cabo en las próximas semanas, ya que tanto Gantz como Netanayahu están de acuerdo, no solo limitaría la capacidad para irrigar del futuro estado palestino, sino que, además, lo aislaría internacionalmente, ya que limitaría las comunicaciones con Jordania.

Puntos polémicos

Entre los aspectos más polémicos del plan podemos destacar, por este orden, la cuestión de los refugiados, el estatus de Jerusalén y los asentamientos.

  • Refugiados. Aunque el plan menciona medidas de compensación económica, no plantea ninguna medida concreta para el retorno de los palestinos, lo que ha sido entendido por muchos como la negación de esta opción.

  • Jerusalén. Este es y será uno de los aspectos más controvertidos en cualquier negociación. Si bien es cierto que desde el punto de vista religioso el plan reconoce los derechos de los tres credos sobre Jerusalén y por ello mantiene el derecho al culto de sus fieles, desde el punto de vista político Jerusalén permanecería bajo soberanía israelí. Por su parte, se concederían partes de Jerusalén Oriental (Abu Dis, Shuafat y Kfar Aqab) a los palestinos para que bajo la denominación de Al Quds formaran la capital de ese nuevo estado palestino.

  • Asentamientos. El plan reconoce la anexión de todos los asentamientos de Cisjordania, quedándose lejos de otros planes como el presentado por Clinton, donde se planteaba la anexión del 80% de los mismos. En este sentido la opción más generosa fue la propuesta por Olmert que lo reducía los asentamientos hasta el 60%. En todo caso lo que sí ofrece el plan es la congelación de la construcción de asentamientos para los próximos cuatro años. Los límites, en palabras de Trump, si bien no son los de 1967, son “razonablemente comparables” y, además, los palestinos obtendrían dos enclaves importantes en el desierto del Negev fronterizos con Egipto. En todo caso, el porcentaje de tierra que se ofrece a los palestinos es sensiblemente menor que en otras propuestas como en los “Clinton’s Parameters”, donde se le ofrecía el 95%, o en el plan Olmert, en el que puso sobre la mesa un 90% de Cisjordania. En relación con este último plan, Trump parece haber recogido la brillante idea de incluir un corredor que una Cisjordania y la Franja de Gaza, aunque en esta ocasión la forma de unirlo no sería mediante una autovía sino a través de un túnel que acogería una carretera y una línea férrea.

Si bien es cierto que se trata de un plan duro para los palestinos, no es menos cierto que es una opción realista ya que, debido a los continuos rechazos de ofertas de paz más benignas (Camp David 2000, Olmert 2007-2009), su posición para la negociación ha ido empeorado considerablemente con el paso de los años.

Además, desde el punto de vista internacional, los apoyos del pueblo palestino son cada vez menores y buena parte de los aliados palestinos (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Egipto…) no han mostrado un rechazo frontal al proyecto presentado por Trump. De hecho, dentro del mundo musulmán solo Irán y Turquía han mostrado una clara y rotunda disconformidad con el plan ya que el resto se han limitado a decir que se trata de un buen punto de partida para la negociación.

Aunque es probable que este plan no prospere, sí que parece que marcará la línea a seguir de futuras iniciativas que probablemente podrán ser más generosas con el pueblo palestino, aunque sus dirigentes deberán valorar de forma realista cuáles son sus verdaderas opciones de futuro.

Este plan que presenta múltiples defectos, puede significar, tal y como han sugerido buena parte de los estados árabes, un punto de partida para una futura negociación.

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