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Una mejor idea para la frontera entre EUA y México: invertimos en el río, no en un muro

El Rio Bravo (o Rio Grande, en Estados Unidos) y el Cañon Santa Elena separa los Estados Unidos (izquierda) de México (derecha). Ken Lund, CC BY-SA

Una mejor idea para la frontera entre EUA y México: invertimos en el río, no en un muro

Los Estados Unidos y México han compartido su actual frontera internacional por casi 170 años. Hoy ambas naciones cooperan en múltiples niveles con respecto de temas que afectan la región fronteriza, aunque uno no lo supondría a partir de la divisiva retórica que se escucha en ambos países.

La intención del Presidente Trump para la construcción de un muro fronterizo amenaza con debilitar muchas iniciativas binacionales, así como nuestro medio ambiente compartido.

Como un académico concentrado en la planeación y el diseño urbano de la región fronteriza he trabajado con comunidades en ambos países para restaurar ambientes urbanos y naturales. Veo gran potencial para la infraestructura verde – una que emplea sistemas vivos naturales para entregar beneficios a la gente y al medio ambiente local. Esta aproximación puede ayudar a mitigar la contaminación del aire y el agua, restaurar suelos y hábitats y regenerar comunidades de plantas, animales y humanos.

También veo una oportunidad para México y los Estados Unidos para trabajar juntos en una escala mucho mayor. En lugar de gastar miles de millones de dólares en un muro fronterizo, soy de los proponentes de una visión alternativa: regenerar el Río Bravo de México, conocido como Río Grande en Estados Unidos, que hace parte de más de la mitad de la frontera, para formar el corredor de un parque binacional que mostrará nuestro espectacular paisaje compartido.

El Río Grande inicia en la parte sur-central del estado de Colorado y fluye por 3,000 kilómetros hasta llegar al Golfo de México. Kmusser, CC BY-SA

Hoy el caudal de agua del río está decreciendo debido al cambio climático y desviaciones de agua para emplearse en la agricultura y usos urbanos. El agua está contaminada con fertilizantes y drenajes municipales, se han perdido al menos 7 especies nativas de peces. Restaurar el río produciría inmensos beneficios para la vida silvestre, la agricultura, la recreación y las comunidades en ambos lados de la frontera.

Retos ambientales en la frontera

México y los Estados Unidos han firmado numerosos acuerdos que regulan la frontera, empezando con el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848. En 1944 crearon la Comisión Internacional de Límites y Aguas para administrar la disponibilidad de agua, la calidad del agua y controlar inundaciones en la región fronteriza.

Los problemas ambientales que afectan a las comunidades de la frontera incluyen volúmenes de drenajes sanitarios sin tratamiento, contaminación por agro-químicos e inundaciones. La pérdida de hábitat ribereño – las zonas arboladas a lo largo de los ríos – ha reducido la sombra y aumentado la temperatura en los tramos urbanos del río.

Reconociendo estos y otros problemas, los Estados Unidos y México establecieron la Comisión de Cooperación Ecológica Fronteriza (COCEF) en un pacto derivado del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Esta organización fondea programas ambientales propuestos por comunidades y gobiernos locales dentro de una franja de 400 kilómetros de ancho a lo largo de la frontera.

Así mismo, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) estableció el programa Frontera 2020 para proveer de fondos para resolver o mitigar problemas ambientales en la misma región.

Reverdeciendo la infraestructura en la frontera

Como profesor he coordinado talleres aplicados y colaborativos con estudiantes trabajando con autoridades de planeación urbana locales y estatales atendiendo problemas como inundaciones y la carencia de espacios públicos accesibles y de calidad. Esos proyectos buscan mejorar los sistemas de infraestructura urbanos de manera que aumenten servicios ambientales como el mejoramiento de la calidad del agua.

Por ejemplo, como parte del programa Frontera 2012 (el precedente a Frontera 2020), la EPA suministró fondos para un programa piloto consistente en la construcción de estanques de detención de agua de tormenta para prevenir inundaciones en Nogales, Sonora, México, ciudad hermana de Nogales, Arizona. Las autoridades locales querían evaluar si dichas infraestructuras podrían también servir como amenidades y espacios públicos.

Trabajando con estudiantes de la Universidad Estatal de Arizona, mi colega Francisco Lara Valencia y yo escribimos un reporte para las autoridades de planeación urbana local. En él propusimos crear una red de espacios verdes interconectados para absorber agua de tormenta entre tanto se crean parques, atrayendo a la naturaleza hacia adentro de la ciudad. Por este medio, la EPA y las autoridades mexicanas podrían tener un impacto ambiental positivo en ambas ciudades.

Arriba: El Río Grande/Bravo en la zona oriente de Ciudad Juárez el día de hoy, con turistas fotografiando las barreras fronterizas en el lado estadounidense. Abajo: El mismo sitio visto en 10 años, con turistas fotografiando vida silvestre y un río vivo. Gabriel Diaz Montemayor, CC BY-ND

He también trabajado con estudiantes de la Universidad de Texas en Austin (UT) para crear un plan maestro de corredores verdes en la Ciudad de Hermosillo, Sonora, en el 2015. Hermosillo es otra ciudad que participa de la economía y la región fronteriza.

Los corredores verdes típicamente suceden a lo largo de drenes naturales o artificiales para recoger agua de lluvia y proveer de espacios recreativos. La ciudad está ahora lanzando un plan estratégico que incorpora dichos conceptos.

Durante 2015-16, también en UT Austin, desarrollamos una estrategia de planeación y diseño urbano para poblados y ciudades fronterizas en el estado de Tamaulipas, México (frontera con Texas), que se espera serán impactadas por la producción de gas y aceite resultado de la reciente reforma energética en México. Nuestro caso de estudio fue Ciudad Miguel Alemán, la ciudad hermana de Roma, Texas, separadas tan solo por la anchura del Río Grande.

El plan y los diseños proponen aprovechar la construcción de la infraestructura necesaria para los campos de extracción de gas y aceite para incluir sistemas de detención e infiltración de agua que se tornan en corredores verdes urbanos que servirán como espacios públicos de alta calidad entre tanto mitigarán los riesgos de inundación. El plan también propone el establecimiento de reservas naturales y áreas recreativas en el lado mexicano del río, replicando las que ya existen en el lado estadounidense.

Un parque internacional fronterizo

Una visión verde para región fronteriza podría expandir el enfoque de las ciudades hermanas a un esfuerzo de gran escala orientado hacia una planeación binacional urbana y ecológica. Esta iniciativa podría integrar calles, parques, industrias, poblados, ciudades, arroyos y otros tributarios, agricultura y campos de fractura hidráulica en la cuenca del Río Grande con una superficie de más de 470,000 kilómetros cuadrados.

Un punto de posible partida podría ser la restauración de zonas ribereñas a lo largo del río en la metrópolis binacional de Ciudad Juárez, México y El Paso, Texas, rediseñando el canal existente. La recreación del hábitat natural en ambos lados del río podría refrescar y limpiar el aire al tiempo de entregar espacios públicos atractivos.

¿Pero por qué detenerse ahí? Al tiempo que el Río Grande avanza hacia el Golfo de México corta a través de increíblemente hermosos y remotos paisajes, incluyendo el Parque Nacional del Big Bend en Texas, y los del Cañón de Santa Elena y Ocampo, y la reserva natural de Maderas del Carmen en México.

Recorrer esta longitud podría establecer una experiencia comparable con el sendero de las Apalaches en el este de Estados Unidos, con amplias oportunidades para observar áreas naturales y vida silvestre en recuperación mientras se aprende de dos de las culturas más ricas del mundo.

Juntas esas áreas forman un vasto, potencialmente binacional, parque natural que podría ser administrado cooperativamente, como sucede con el Parque Internacional de la Paz de Waterton-Glacier en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. De hecho, proponentes de ambos lados de la frontera han buscado esta visión por más de 80 años. Cuando oficiales Tejanos propusieron crear el Parque Nacional del Big Bend en la década de 1930, visualizaron un parque internacional. En 1944 el Presidente Franklin Roosevelt escribió al Presidente Mexicano Manuel Ávila Camacho que:

“No creo que esta iniciativa del Big Bend (el establecimiento del parque nacional) estará completa hasta que la entera área de parque de esta región en ambos lados de la frontera forme un gran parque internacional”.

Las conversaciones desaparecieron en la década de los cincuentas, después volvieron en los ochentas a nivel local, pero fueron ahogadas por los debates de seguridad fronteriza e inmigración posteriores a los ataques del 11 de septiembre del 2001.

El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el presidente mexicano Manuel Avila Camacho durante una visita de estado de Roosevelt a Monterrey, Nuevo León, México, el 20 de abril de 1943. National Archives

Unir, no dividir

No está claro aún si el congreso de los Estados Unidos proveerá de los US$1,600 millones que el Presidente Trump ha solicitado para trabajar en un muro fronterizo.

En cualquier caso, construir un muro en un ancho corredor ribereño proclive a inundaciones es un objetivo, por lo menos, dudoso. Como ya ha sido señalado por expertos, es más efectivo vigilar la frontera con tecnología y policías que con una barrera física.

De hecho, restaurar el hábitat del río podría mejorar la seguridad fronteriza al promover un mayor y constante volumen de agua en movimiento. Hacer del Río Grande/Bravo más sano podría también beneficiar a granjeros, agricultores y productores de energía en ambos lados de la frontera.

En su ensayo de 1951 “Chihuahua como pudimos haber sido”, el erudito del paisaje cultural Estadounidense J.B. Jackson escribió que “los ríos se supone que deben de unir a los hombres, no separarlos”, y que la frontera impone una división artificial en una región que los humanos aceptaron como una entidad unificada por cientos de años – el Suroeste Español (para los Estados Unidos).

Esta vasta cuenca debería recordarnos que somos frágiles en aislamiento, pero poderosos cuando nos unimos.

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