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2021, el año de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial (IA) es el presente. Ya ha quedado lejos su posición de tecnología del futuro. Cada vez son más las empresas y organizaciones que se suman al uso de la IA como herramienta para mejorar la eficiencia de sus diferentes procesos de negocio. La automatización, precisión, y rapidez en el análisis de datos complejos son elementos clave que estos sistemas dominan a la perfección.

Además, esta tecnología fomenta el incremento de los ingresos –y minimización de gastos– gracias a la realización de predicciones de alta precisión, basadas en patrones. De hecho, se espera que en 2025 las inversiones en este sector sean nueve veces superiores a las actuales, pasando de los 6 000 millones de euros a los 52 000.

En el escenario de superabundancia de productos y servicios actual, unido a la también superabundancia de datos almacenados y aquellos generados en vivo (big data), parece más que normal que desarrollemos una herramienta como los sistemas de IA que nos ayude a lidiar, de manera extremadamente eficiente, con esta cantidad ingente de datos. Algo para lo que nosotros, los humanos, no estamos capacitados físicamente. Pero, sin duda, debemos afrontarlo como un complemento. Una herramienta que nos aumenta y nos permite, al fin y al cabo, mejorar nuestra eficiencia y nuestra comodidad.

Europa, muy rezagada

En la carrera por liderar la inteligencia artificial y la gestión eficiente de los datos, Europa continúa teniendo un papel muy rezagado respecto a otras potencias como EE. UU. o China. La controversia y los prejuicios sobre sus potenciales riesgos han propiciado una lenta reflexión por las principales instituciones públicas.

Algunos de los principales problemas tienen que ver con el uso de datos personales por los sistemas de IA, que podría afectar a uno de los derechos fundamentales de los europeos: la privacidad. En este sentido, en la UE tenemos una legislación que vela por nosotros: el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). La normativa limita el uso indiscriminado de los datos privados con fines lucrativos. El oro del siglo XXI.

Sin duda es necesario continuar avanzando en este marco regulatorio, pero con especial cuidado para no detener el avance tecnológico de la inteligencia artificial que tanto bien puede hacer a tantos sectores. Es difícil mantener este equilibrio.

El Libro Blanco de la Comisión Europea

Así, con el objetivo de impulsar la IA y mantener su uso responsable y ético, la CE publicó en 2020 su Libro Blanco sobre Inteligencia Artificial. En él recoge la necesidad de mejorar la excelencia y la confianza de la siguiente manera:

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Así, se pretende que, a partir de este año 2021, se realice una inversión considerable en Europa en estas tecnologías, se fomenten las habilidades para poder desarrollarlas y se apueste por retener a investigadores y expertos en el sector.

Paralelamente, se prevé la elaboración de un nuevo marco jurídico y normativo que no regule la tecnología en sí, sino los casos de uso más controvertidos y sensibles como, por ejemplo, aquellos asociados con el reconocimiento facial o la autonomía de los sistemas de IA.

Concretamente en España, en diciembre de 2020, se aprobó la Estrategia Nacional en Inteligencia Artificial (ENIA), con el objetivo también de realizar fuertes inversiones en IA e impulsar su desarrollo, cuidando su uso responsable. Este último punto es especialmente sensible, dado el hecho de que existen muchos prejuicios y mitos en torno a estas tecnologías, pero también riesgos reales que debemos aprender a controlar para conseguir que su impacto sobre la sociedad sea positivo.

Necesidad de educar

En cualquier caso, la regulación es lenta y la tecnología avanza con demasiada velocidad. Por lo tanto, la mejor baza en estos momentos es la Educación, con mayúscula, en todos los niveles. De esta manera la sociedad, en general, comenzará a asumir una conciencia real sobre las ventajas e inconvenientes de la IA, más allá de la especulación y los prejuicios.

A través de esta educación, se fomenta también la capacidad crítica del usuario. Comienza a darse cuenta de que en cada paso que da deja una huella digital.

Es importante fortalecer los perfiles de los usuarios y consumidores para que sean conscientes de que son dueños de sus datos y que sean ellos los que decidan, con criterio, para qué, cómo y cuándo se usarán. Solo así avanzarán estas disruptivas y útiles tecnologías en concordia con la sociedad que las acoge.

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