Menu Close

Cómo la pandemia ha unido a todas las culturas

Primum non nocere. Este aforismo latino perteneciente al ámbito de las ciencias de la salud y de autoría desconocida (aunque atribuido a muchos padres intelectuales) viene a decir algo de gran importancia y de magnífico sentido común, sobre todo si hablamos de bienestar: “Lo primero es no hacer daño”.

Conviene tener esta idea en la cabeza en estos momentos de preocupación mundial.

No hace falta decir que vivimos tiempos de incertidumbre en todos nuestros parámetros conocidos: en la salud, en la economía y hasta en el amor. Quien tenga dudas, simplemente tiene que salir a la calle y observar durante un breve periodo de tiempo la entrada a un negocio local, una tienda de barrio a la que solía ir desde antes de febrero de 2020.

Si el negocio sigue abierto, entonces es probable que haya una fila de personas con un espacio entre cada individuo de aproximadamente dos metros. Ahora pensemos en esa cola de seres humanos en otros lugares, primero de nuestra ciudad, después de nuestro país, de nuestro continente y, para finalizar, de nuestro mundo.

De Mozambique a Tailandia

Sobrepasa un poco pensar que en una aldea de Mozambique o en un pueblo de Tailandia esas hileras de ciudadanos que mantienen una distancia física frente a otros miembros lo hacen siguiendo unas directrices desde sus respectivos gobiernos y estos desde la Organización Mundial de la Salud.

Lo chocante en esto es la homogeneización inmediata de la comunicación en diferentes culturas alrededor del globo terráqueo. Cientos de años de constructos culturales comunicativos afectados para enfrentarnos a un mal general por un bien común.

Más de 70 000 artículos científicos

Esta pandemia está cambiando las formas de comunicarnos en muchos factores y se están llevando a cabo muchas y muy diversas investigaciones desde múltiples áreas de conocimiento. A últimos de diciembre de 2020, en la base de datos SCOPUS, si se buscaba como palabra clave “Covid-19” arrojaba un resultado de más de 79 000 artículos científicos, frutos de una indagación profesional y laboriosa por parte de investigadores de universidades de todo el mundo.

Uno de estos grupos de personas dedicados a buscar respuestas (o a plantearse más preguntas, si cabe) es el colectivo PanMeMic (acrónimo de Pandemic Meaning Making of Interaction and Communication). Es un conjunto de personal (académico y no académico) liderado por la profesora Elisabetta Adami (Universidad de Leeds, Reino Unido) cuyo objetivo principal, como reza su manifiesto, es estudiar cómo nuestra comunicación cambia a medida que evoluciona la gestión sobre esta pandemia por parte de las autoridades.

El lenguaje verbal es muy importante en estos casos porque seguramente hayamos escuchado el fenómeno metafórico de “guerra contra el virus” para comprender cómo los habitantes humanos de este planeta se organizan para buscar una cura a una enfermedad altamente contagiosa.

Pero ni es “una guerra” ni es “un virus”, aunque sí es verdad que las metáforas nos ayudan a comprender o dar una respuesta fácil a fenómenos complejos.

Un nuevo lenguaje

En nuestro lenguaje actual encontramos términos y expresiones que hace un año no eran de uso familiar como lo es ahora para el común de los ciudadanos: “gel hidroalcohólico”, “FFP2”, “confinamiento”, “desescalada”, “presión hospitalaria”…

Además del lenguaje verbal, se encuentra el lenguaje no verbal y dentro de este podemos encontrarnos con multitud de elementos que juegan un papel vital en nuestra comunicación diaria, por ejemplo, la distancia física y la distancia social a la que nos encontramos para comunicarnos en función de la familiaridad con los otros integrantes del acto comunicativo.

Debido a las diferentes políticas gubernamentales, nos vemos en la obligación de variar la distancia a la que hablamos, evitar el contacto (abrazos, apretón de manos, caricias…) y, consecuentemente, de reprogramar nuestra forma de expresarnos.

Cómo la mascarilla afecta a la comunicación

Derivadas de estas políticas de gestión, debemos utilizar artefactos como mascarillas protectoras. El uso de las mascarillas afecta de una manera muy significativa a nuestra comunicación humana porque nos ocultan muchos gestos faciales, así como la boca, el mentón y gran parte de las mejillas, elementos cruciales en la comunicación.

La mascarilla oculta una sonrisa, oculta los labios y su color (sea natural o añadido). Oculta los dientes pero, a su vez, muestra mucho. Estos objetos, al estar ya dentro de nuestras vidas, se convierten en emblemas, en símbolos que expresan una identidad que queremos compartir con el resto de la sociedad, definiendo estatus social, ideologías, pertenencia a un grupo, afinidades…

Cortesía Covid-19

El uso (correcto) de la mascarilla es también una muestra de cortesía, esto es, cuando utilizamos la mascarilla de manera apropiada estamos demostrando a las personas con las que interactuamos que nos importa su salud y bienestar.

Por el contrario, el no uso de la mascarilla puede implicar la disconformidad con las estrategias de las autoridades, con lo cual dicha distensión se muestra públicamente y pueden llegar a desencadenar conflictos debido a esa falta de cortesía anteriormente mencionada.

“Daño” comunicativo

Dicho esto, podríamos asegurar que la buena o mala utilización de la mascarilla puede “hacer daño” comunicativo a las personas con las que interactuamos. Pasado el miedo y llegado el conocimiento, existirá una convivencia entre lo que hoy es una pandemia y mañana será un virus más con el que convivimos casi a diario, como la gripe.

Toca protegernos, cuidarnos entre todos, mostrar afectos de una forma diferente mientras dure esta situación. Lo relevante es que cada uno de nosotros tenemos un papel para que mejore, los sanitarios tienen su misión, los investigadores tienen su misión, los periodistas tienen su misión y todos y cada uno de los ciudadanos tienen su misión. La acción principal de cada uno de los integrantes de esta sociedad es que tengamos en la cabeza algo muy sencillo: “Lo primero es no hacer daño”.

Want to write?

Write an article and join a growing community of more than 121,800 academics and researchers from 3,911 institutions.

Register now