Cosas que quizá no sepa de la película ‘Roma’

Nota del editor: En una primera versión de este artículo se afirmaba que “En 2010, el 58% de las indígenas mexicanas eran trabajadoras domésticas…”, cuando el dato se refiere estrictamente a las indígenas mexicanas del área metropolitana de Monterrey.


Alfonso Cuarón fue galardonado recientemente con el premio al mejor filme en lengua extranjera y mejor director en los Globos de Oro por su cinta Roma. El director y escritor también ha sido elogiado por las cualidades fílmicas de Roma y las historias cotidianas que cuenta del México de la década de los setenta.

La película contiene, sin embargo, otros elementos sutiles pero importantes que hasta ahora han sido ignorados por los críticos del filme.

Dos de estos elementos son el contexto político de México a principios de la década de los setenta y las condiciones sociales que han caracterizado la vida de las trabajadoras domésticas desde entonces.

El personaje principal de Roma es Cleo (interpretado por Yalitza Aparicio), una trabajadora doméstica cuyo personaje se basa en una niñera llamada Liboria Rodríguez (conocida como Libo), quien trabajaba para la familia de Alfonso Cuarón cuando éste era un niño.

¿Quiénes fueron los Halcones?

Cuarón sitúa a los personajes de Roma en medio de importantes acontecimientos históricos de México: la lucha de algunos mexicanos por el progreso del país y su oposición a un régimen político y autoritario que buscó mantener sus privilegios a través de diversas estrategias.

Una de estas estrategias es ejemplificada en la película por el personaje de Fermín, el pretendiente de Cleo (interpretado por Jorge Antonio Guerrero), que pertenece al grupo paramilitar los Halcones.

Sabemos ahora por varias fuentes de primera mano y documentos desclasificados del gobierno de los Estados Unidos que funcionarios de alto rango del gobierno mexicano organizaron, financiaron, entrenaron y armaron en secreto a varios grupos, incluidos los Halcones, para sofocar los movimientos sociales de fines de los años sesenta y principios de los setenta.

Los Halcones estaban compuestos por alrededor de 2.000 hombres jóvenes, de entre 18 y 29 años, distribuidos en escuadrones con 200 miembros cada uno.

Los líderes de los escuadrones eran estudiantes universitarios de clase media quienes, a cambio de su participación en los Halcones, recibieron becas, pagas semanales y la promesa de un futuro brillante en el partido gobernante, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Un segundo grupo, el de los agresores y sicarios, estaba constituido por miembros de pandillas así como por jóvenes desempleados y de la clase trabajadora de la Ciudad de México. Estos recibían sólo la mitad de los estipendios que obtenían los líderes.

Los Halcones también fueron entrenados por militares y personal de la policía mexicana, quienes a su vez, y subsidiados por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, recibieron entrenamiento en la Academia Internacional de Policía en Washington.

El ataque a la democracia mexicana

Alrededor de 10.000 personas, principalmente estudiantes, se manifestaron el 10 de junio de 1971 para exigir mejoras en las condiciones económicas, sociales, y democráticas de México.

En la cinta, y como una alegoría de la vida real, Cleo, la abuela y el chófer —quienes se dirigen a una tienda de muebles— se topan de frente con los manifestantes y con una larga fila de vehículos y policías antidisturbios mientras los Halcones esperan pacientemente en la esquina.

Como sucedió en la vida real, armados con varas de bambú y rifles M1 y M2, los Halcones atacaron a los manifestantes y provocaron el segundo evento más sangriento en la historia mexicana moderna (el Halconazo), tras la masacre de Tlatelolco acaecida en octubre de 1968.

Se estima que alrededor de 120 personas fueron asesinadas y cientos más resultaron heridas, incluidos niños, mujeres y personas mayores. Aunque los militares y la policía conocían de antemano que se iba a producir el ataque, se mantuvieron al margen y no hicieron nada.

Documental Halcones: Terrorismo de Estado, sobre los sucesos del 10 de junio de 1971 en Ciudad de México.

Violencia y masculinidad

Fermín pertenece al segundo grupo de los Halcones descrito anteriormente. En la escena del hotel, Fermín le confiesa a Cleo: “Le debo la vida a las artes marciales [a los Halcones]. Yo crecí con muchas carencias, ¿sabes?”.

Representando a los verdaderos Halcones, la participación de Fermín en ese grupo le permite cierta movilidad socioeconómica, pero a cambio de cometer atrocidades terribles.

La lealtad de algunos jóvenes al grupo de los Halcones y sus decisiones inmorales estuvieron, pues, mediadas por aspiraciones de clase, ideología y violencia.

La violencia de los Halcones también se manifestó en violencia de género. En el filme, Fermín amenaza con golpear a Cleo y a su hija que está por nacer si Cleo insiste en buscarle y pedirle que se haga responsable de su paternidad.

Aún más, al final de la escena, y a pesar de provenir de una clase social baja, Fermín abandona el campo de entrenamiento de Halcones gritándole “gata” a Cleo, un insulto proveniente de las clases medias y altas que se dirige únicamente a las trabajadoras domésticas. Este insulto refleja, por tanto, el bajo estatus social al que las trabajadoras domésticas son relegadas continuamente.

Trabajadoras domésticas en México

Un segundo elemento que no ha sido analizado por los críticos y al que se alude en Roma son las condiciones históricas y sociales de las trabajadoras domésticas en México.

En junio de 2018 había 2,2 millones de trabajadoras domésticas en el país. Alrededor del 95 por ciento son mujeres, en su mayoría jóvenes y de mediana edad, aunque algunas son todavía niñas.

En 2010, por ejemplo, el 58% de las indígenas mexicanas en el área metropolitana de Monterrey eran trabajadoras domésticas, y muchas habían emigrado del campo a la ciudad. Esto significa, como afirma la investigadora en migración indígena Séverine Durin, que el trabajo doméstico está fuertemente determinado por la etnia de la persona.

No es una coincidencia, pues, que la exniñera de Cuarón, Libo, y los personajes de Roma Cleo y Adela sean jóvenes, mujeres e indígenas.

Condiciones laborales desventajosas

Las leyes mexicanas no ofrecen a las trabajadoras domésticas los mismos derechos y beneficios que otros trabajadores disfrutan, como pago de días festivos o incapacidad laboral. Aún más, las trabajadoras domésticas pueden ser despedidas legalmente en cualquier momento y sin previo aviso.

Apenas en diciembre de 2018 la Suprema Corte de Justicia de México determinó que es inconstitucional que los empleadores nieguen a las trabajadoras domésticas el acceso a la seguridad social, lo que significa principalmente el acceso a los servicios de salud pública.

También es común que las trabajadoras domésticas tengan salarios bajos, que trabajen largas horas, incluyendo sábados y domingos, y que carezcan de vacaciones. Algunas empleadas también se enfrentan a tratos humillantes, maltrato y discriminación debido a sus rasgos físicos, o por hablar su lengua indígena, usar ropas tradicionales, o mantener sus costumbres y tradiciones.

Algunas también padecen confinamiento forzado o abusos sexuales por parte de los maridos o los hijos adolescentes de sus empleadores. Y a pesar de todo lo anterior, se espera que las trabajadoras domésticas agradezcan a sus “patrones” por la “oportunidad” de tener un trabajo.

Sólo una de cada 10 mujeres acude a denunciar ante la policía cuando se suscita algún problema con sus empleadores, muchas veces por miedo a perder el único ingreso económico o empleo que pueden obtener.

Las trabajadoras domésticas con hijos también deben hacer arreglos extraordinarios para que sus propios hijos sean atendidos, lo que conduce a una larga separación familiar al mismo tiempo que ellas cuidan a los niños de otras familias. El cuidado y afecto que proporcionan estas mujeres, pues, no sólo se mercantiliza sino que además se fragmenta.

No son realmente parte de la familia

Algunos empleadores consideran a las trabajadoras domésticas como “parte de la familia”. Sin embargo, las desiguales relaciones de poder, las diferencias de clase, la discriminación y el racismo hacen que no sean realmente parte de la familia.

El propio director Alfonso Cuarón reconoce que fue recientemente cuando se dio cuenta de que Libo era una mujer indígena y lo que eso conlleva. Se dio cuenta de que Libo tenía también “necesidades afectivas y deseos sexuales”, y de que vivía en “un mundo de injusticia”, “con el bagaje de la clase más desposeída”.

En Roma, los miembros de la familia desconocen la vida social y personal de las trabajadoras domésticas.

Cuando llevan a Cleo a la sala de partos, una enfermera le pregunta a la abuela Teresa sobre el apellido de Cleo, su fecha de nacimiento y si tiene seguridad social. Pero Teresa no puede contestar esas preguntas.

Cleo recoge los excrementos del perro de la familia, cocina y sirve la mesa familiar, prepara a los niños para que vayan a la escuela y también los acuesta, lava y plancha la ropa y limpia la casa. Sin embargo, la abuela ignora todo sobre Cleo a pesar de vivir en la “misma” casa (por lo general, las trabajadoras domésticas duermen aparte e incluso comen lejos de la familia).

Consideran a Cleo “parte de la familia”, pero realmente no lo es.

Violencia cotidiana

La película Roma contiene varias historias que revelan sutilmente distintas formas de violencia: pobreza, exclusión social y violencia de género, que son promovidas por masculinidades sexistas y misóginas.

Además, el trabajo silencioso pero interminable de las trabajadoras domésticas, que en Roma abarca la mitad de la película, esconde relaciones de poder desiguales, mediadas por la clase social, el género, la edad, los afectos, el origen étnico, la raza y la división entre el mundo urbano y lo rural.

Estos elementos se entrecruzan para mantener a las trabajadoras domésticas, principalmente mujeres indígenas, en posiciones subordinadas y dependientes. Las trabajadoras domésticas son, pues, convenientemente imaginadas como “de la familia”, pero ellas nunca son realmente parte de la familia, ni en México ni en ningún otro lugar del mundo.

This article was originally published in English