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Vista de la Vega Baja del Segura desde Cruz de la Muela. David Moreno Hernández / Shutterstock

Cuándo y por qué la convivencia entre lenguas da lugar a un ‘conflicto lingüístico’

Es habitual que, cuando viajamos a otro país o nos encontramos ante alguien extranjero, podamos adivinar, con algo de intuición, de dónde procede esa persona según el idioma que reconozcamos. Pero, ¿acaso en España no nos identificamos también por el acento, o al menos si somos del norte o del sur?

Cuando se trata de un contexto estático, como es la convivencia de vecindad entre dos provincias de diferentes comunidades autónomas, siendo bilingüe al menos una, entonces podríamos trazar fronteras propiamente dichas, tal y como hace la misma geografía política. Aunque, eso sí, mucho más complejas que simples líneas fijadas en un mapa.

En este sentido, la tesis doctoral “La frontera lingüística entre Alicante y Murcia: el contacto del valenciano y el castellano en la comarca de la Vega Baja del Segura” (2019) se centra en la convivencia de las dos lenguas en esta zona y las actitudes de los hablantes hacia cada una de ellas.

La convivencia entre lenguas

El carácter plurilingüe y diverso de España ha favorecido situaciones de frontera en las que surgen jerarquías de hablantes según la lengua hablada. Esto ocurre en nuestro caso con la convivencia entre el castellano, lengua hablada en esta comarca, una de las hablas dialectales del murciano más allá de la Región de Murcia, y el valenciano, la lengua oficial de la comunidad autónoma a la que pertenece administrativamente.

La Vega Baja es generalmente castellanohablante, a excepción de dos puntos bilingües (Guardamar del Segura y la pequeña pedanía de Barbarroja) que representan una situación clara de diglosia (convivencia de dos lenguas pero en contextos diferentes) en la cual el valenciano queda relegado a contextos domésticos, desplazado de manera progresiva por el castellano como lengua dominante.

Pese a que su foco de controversia sea una lengua, el debate envuelve numerosos agentes y factores externos que, finalmente, acaban fraguando actitudes hacia los mismos hablantes. Así, dibujamos una abstracta línea fronteriza en la cual no podríamos hablar de lenguas en conflicto (algunos autores incluso han mencionado «en guerra»), sino de un conflicto entre hablantes.

La Vega Baja, entre el valenciano y el castellano

A lo largo de medio centenar de entrevistas con preguntas referidas a la percepción del valenciano y de sus hablantes, hemos recogido testimonios sobre actitudes tanto de respeto como de rechazo, pero que han partido de una misma idea: la negativa a aprender el valenciano en un lugar en el cual no se habla, que ha quedado patente con términos en clave de crítica como la palabra “imposición”.

Por el contrario, también hemos constatado que una mayoría de aquellos que tienen descendencia familiar desearían que sus hijos y nietos aprendieran el valenciano “porque es cultura, es una lengua más” y “porque así tienen oportunidades laborales en el futuro”.

Por otra parte, un hecho histórico llamativo que han destacado otros investigadores con anterioridad ha sido el cambio a lo largo de los siglos de esta percepción lingüística de frontera: cuando la Vega Baja poseía el catalán como lengua oficial, el castellano era la lengua conflictiva por ser este el idioma del vecino Reino de Castilla. Sin embargo, desde que arrancara el proceso de castellanización, el papel se ha invertido y hoy el valenciano, lengua oficial de la Comunidad Valenciana, se ha convertido en la lengua extraña de esta comarca.

Identidad local y nacional: “Español y de mi pueblo”

Desde el punto de vista sociolingüístico, quedaron corroboradas algunas percepciones de identidad fronteriza basadas más bien en la propia diferenciación por el criterio de la lengua, además de la vecindad geográfica. Por un lado, hallamos manifestaciones explícitas de una identidad dual que es local y nacional al mismo tiempo: “Soy de la Vega Baja/de mi pueblo y español”.

Por otro lado, también algunos hablantes llegaron a identificarse más con la nacionalidad que con la propia comunidad autónoma (“Me siento más español que valenciano”), algo que se podría justificar en la asociación entre el nombre de la lengua y el corónimo “valenciano”. El caso más extremo es cuando se prioriza la proximidad no solo geográfica sino también lingüística con respecto a la vecina Región de Murcia: “Me siento más murciano que valenciano”.

La identidad propia de frontera en la Vega Baja hoy en día ha hecho proliferar expresiones comerciales, como marcas publicitarias o de ropa (Vega Baja Clothing, El Alcasil), y una amplia producción de libros, blogs y páginas web sobre palabras y símbolos culturales de esta comarca alicantina, como la huerta y el río Segura.

Está claro que la construcción de identidad es siempre personal e individual, pero no se puede concebir sin un grupo o colectividad en el cual ese individuo se incluya. Por eso, lo natural a la hora de identificarnos con un lado más que con otro en una frontera es dejarnos llevar por criterios de diferencia más que de semejanza. Y este ejemplo de la Vega Baja entre la Comunidad Valenciana y la Región de Murcia no es el único, pues en España afloran fronteras imaginarias en función del criterio del acento y del habla, dado el carácter plural, diverso y heterogéneo que, cómo no, también identifica a este país.

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