El canon literario existe, pero es plural y diverso

Solemos pensar que el modelo de canon cultural es monolítico y parece que siempre hemos tenido una lista de qué debemos leer para sentirnos cultos.

Sin embargo, eso no es cierto; al menos, no del todo. La obra de Harold Bloom (1930-2019) El canon occidental ha sido muy influyente desde su publicación en 1994. Y polémica.

Bloom fue un destacado crítico y teórico literario estadounidense docente de algunas de las universidades más relevantes del país. Durante su trayectoria profesional firmó docenas de ediciones críticas, ensayos sobre literatura y estableció la teoría de la “angustia de la influencia”, además de ser reconocido internacionalmente como un intelectual de primer orden. Todos sus logros, eso sí, palidecen en impacto y debate ante la caja de Pandora que fue su obra sobre el canon.

Pero olvidamos a menudo que ese texto era una reacción. Un acto conservador frente a los movimientos sociales e intelectuales que denunciaban el olvido histórico de la cultura de los otros. Es decir, aquellos que no eran hombres de tradición europea, culturalmente cristianos, y mayoritariamente blancos.

Contexto y polémica

El contexto de aquel momento era el de dar continuidad a las reivindicaciones que habían impulsado los estudios culturales y la subalternidad. Esto implicaba –por ejemplo– reivindicar figuras femeninas, nombres del mundo colonizado por las (antiguas) potencias europeas, o quienes habían sido, en cualquier caso, callados frente al discurso dominante cercano al poder. Todas esas reivindicaciones eran ciertas. La subalternidad, mediante Gramsci, y los estudios culturales a partir de Hoggart, evidenciaban esas injusticias y la falta de perspectiva de la cultura dominante.

Portada del libro El canon occidental, de Harold Bloom. Anagrama

Y ahí estaba la polémica: la lista de 26 nombres de Bloom tenía pocas mujeres (cuatro, todas ellas anglófonas), dos autores latinoamericanos, un español y presencia marginal de muchas otras lenguas europeas. Su propio carácter occidental excluía el resto del mundo, pero había espacio para algunas preguntas: ¿por qué Montaigne sí, pero no Alejandro Dumas? ¿Por qué Samuel Johnson pero no Ada Christen? ¿Realmente la geografía debía dejar fuera a Olaudah Equiano?

Sus aportaciones fueron valiosas y perseguían una visión más amplia y justa. Sin embargo, hubo quien temió que abrir su espacio de poder supusiera perder la parcela sobre la que podía actuar feudalmente. Lo mismo sigue sucediendo todavía hoy en casi cualquier ámbito donde un grupo tiene un cierto poder, o la rémora de este.

Lo cierto es que hay obras que son universalmente influyentes y deberían ser leídas. Poco importa la fe (o ausencia de ella) de uno: los textos sagrados de las grandes religiones del mundo han moldeado culturas. Cervantes es fundamental para entender toda la narrativa posterior. Es difícil negar con argumentos sólidos que conviene conocer esos textos (y tantos otros). Pero ello no justifica que no debamos leer a quienes fueron silenciados. La nómina de autores olvidados o censurados es enorme y la historia reciente da buena cuenta de ello.

Asimismo, hay corrientes estéticas que fueron breves, o incluso fracasaron, pero su huella no puede ser borrada, ni su aportación ignorada.

Las críticas al gran canon han estado fundamentalmente ligadas a que, en igualdad de condiciones, se ignora al otro (y a la otra) frente a una lista conservadora, segura y poco transgresora. Pero eso es precisamente lo que persigue un canon. Quizá es que no hemos aceptado que debe haber muchos cánones, incluso los de la ruptura, y que no hay nada malo en ello, sino todo lo contrario. De hecho, lo exocanónico en sí mismo es necesario y revitalizador.

Resentimientos e intolerancias

Si quienes cerraron filas acríticamente en torno al canon bloomiano lo hicieron reaccionando ante los estudios culturales y, con ellos, ante la reivindicación de la otredad, entonces se intentó hacer política excluyente a través de la cultura. La instrumentalización de los objetos culturales no puede sorprendernos, pues es una estrategia común en los movimientos populistas.

El canon fue defendido como un movimiento despolitizador de la gran cultura, pero esa es una acción necesariamente política. Quizá fue involuntario, pero frente al resentimiento que intuía Bloom, se alimentó la intolerancia. Su canon fue contra movimientos como el poscolonialismo o el feminismo que todavía se enfrentan al silenciamiento. Y también ahondaba en la tradición decimonónica de enfrentar alta y baja cultura, aunque Eliot ya daba la distinción por superada en 1948.

Y es que esa concepción del canon que nos legó Bloom venía marcada por la reacción conservadora a los movimientos sociales de los 70. Para Bloom, y varios críticos afines, los otros eran reaccionarios y sus iniciativas para ampliar el canon no se sustentaban en sus valores estéticos. Eso iba contra la intencionalidad única que se le otorgaba al canon. Temían incluso la destrucción de la cultura si se permitía esa laxitud.

Más aún: ya en el momento de publicación, otras culturas que se perciben como importantes arremetieron contra la nómina bloomiana. Recordemos el artículo de Molina Foix publicado en 1994 en El País donde se señalaba que se podía ser hegemónico y ser marginado por otro todavía más hegemónico.

“En el campeonato de las lenguas, Bloom es un árbitro descaradamente casero: de los 26 clasificados, la mitad escribieron en inglés, quedando después empatados, pero a mucha distancia de la tabla, francés, alemán y español con tres nombres cada uno; en la cola, con un punto por cabeza, Italia, Rusia, Noruega y Portugal. Una liga sin mucho color”, dijo Molina Foix entonces.

Bloom contra el canon de Bloom

El fallecimiento de Bloom el pasado 14 de octubre reavivó un debate sobre su obra. Lo que muchos han olvidado es que el propio Bloom ya lo cuestionó, en múltiples ocasiones, criticando su propia nómina de autores. En 2008 afirmó que “la lista no fue mi idea. Fue idea de la editorial, el editor y mis agentes. Me opuse, pero al final me rendí. La odiaba. Hice lo primero que se me ocurrió. Me dejé fuera muchas cosas que tendrían que haber estado y probablemente puse a un par que ahora me gustaría quitar”.

Harold Bloom durante una entrevista en 2005. Wikimedia Commons, CC BY-SA

Algunos críticos, como James Woods, sí apuntaban entonces que muchas veces hemos visto su propuesta de canon con una intención que no estaba realmente en ella: Bloom supo que quizá no leyó bien nuestra historia literaria, pero nosotros también le leímos mal a él. Porque (con excepciones) no discutimos sobre sus ideas, su ensayo y su planteamiento, sino sobre su lista. Y sí, esta es hija de lo anterior, pero burda y sin los matices que el discurso de Bloom aportaba.

La lista de veintiséis autores devoró la recepción del ensayo, que quedó en segundo plano. No solo eso: el modelo de Bloom escapó de su control y se convirtió en arma arrojadiza, politizada y descontextualizada, con lecturas que estaban marcadas por debates ajenos a lo meramente literario o cultural. Lecturas, por cierto, ignorantes de las principales aportaciones a la crítica que hizo Bloom durante su carrera en sus libros más importantes.

Y es que parece que hemos reducido a Bloom a esa lista, ni siquiera a la reflexión que fundamentó su ensayo. Parece que olvidamos sus trabajos sobre autores como Yeats o Shelley, y aportaciones como The Anatomy of Influence, libro que llegó cuando algunos de sus colegas le habían tildado ya de irrelevante.

Es más que probable que estemos viendo todavía, en esos juicios, las reacciones que causó Bloom al ser retratado como un conservador, como un crítico pasado de moda, por quienes no aceptaron su lista. En los años que vienen tendremos que releer a Bloom para entenderlo y juzgarlo sin esos condicionantes, lejos ya del conflicto intergeneracional que evidenciaba en su posición.

La cultura no es un único punto de vista

En esas discusiones se impuso la visión vertical y monolítica del constructo cultural frente a la realidad, mucho más compleja. Occidente es, en sí mismo, pluricultural, multilingüístico y diverso, más allá de tensiones históricas y presentes (impostadas o reales). Cualquier parte del mundo lo es.

Por tanto, no puede haber un sistema canónico, sino un conjunto de polisistemas coexistentes, válidos e interrelacionados. Y estos no deben ser concebidos como fuerzas que se repelen entre sí, sino como clústeres que dan lugar a lecturas profundas y diversas.

Y eso no hace que unos desmerezcan a otros. Tampoco se invalidan. De hecho, conviven. El canon no es plano, sino que se mueve en varios ejes que le dan profundidad. Y por eso cada canon propuesto es parte de una fotografía mucho más compleja, una imagen holográfica, y solo en su complejidad refleja realmente quiénes somos y quiénes hemos sido.