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Alexandria Ocasio-Cortez en la gala Met 2021 con su vestido “Tax the Rich”. NDZ/STAR MAX/IPx

La moda entra en campaña

En la última campaña para las elecciones presidenciales de EE.UU., el protagonismo del mundo de la moda fue indiscutible. La mítica directora de Vogue, Anna Wintour, y su jersey animando a los americanos a ir a votar, o la alianza de la campaña del entonces candidato Biden con Tory Burch, Jason Wu, o Vera Wang fueron algunos de los ejemplos. Más allá de los anuncios, de los discursos, o incluso de las redes sociales, la moda se configuraba como un instrumento de comunicación política popular, atractivo y muy directo.

Sin embargo, la alianza moda-política no es nueva. Quizás porque en su sentido moderno ambos mundos nacen bajo las directrices de los príncipes renacentistas y adquieren todo su esplendor en la corte francesa de María Antonieta, la moda ha ayudado a configurar un sentido del poder y de las relaciones sociales. Así lo vio claro años antes también Felipe II cuando entendió que el hallazgo del color negro que se extrae del palo de campeche le ayudaría a construir la imagen de un Imperio y, también, a que todas las cortes europeas quisieran comprar la planta descubierta en el nuevo mundo.

Siguiendo a George Simmel, en la moda se entremezclan la identidad personal con la social; el deseo de singularidad y la necesidad de aprobación por nuestros congéneres; la diferenciación y la imitación como proceso pedagógico y de adaptación.

El fundamento del uso de la moda por el poder es este carácter socializador, como lo es también su provecho por grupos o tribus con reivindicaciones sociales concretas. Es fácil verlo en la configuración de fenómenos como las camisas negras del fascismo en Italia, las azules falangistas en España, o incluso las de estilo hawaiano en el movimiento actual proarmas de los “bogaloo boys”.

El activismo o los movimientos sociales han sabido siempre superar la visión utilitaria y subestimada de la moda, y captar el concepto simbólico de la misma, su capacidad narrativa y su potencial identitario.

Afirma la politóloga Noelle-Neumann, conocida por su teoría de la Espiral del Silencio, que la moda es opinión pública. La moda genera climas dominantes donde operan el deseo de imitación y el rechazo al aislamiento social. Para pertenecer a un grupo o ser parte de una misma causa, la moda es un instrumento valioso de integración. Visto como ellos; soy uno de ellos.

Del sufragismo al “Todas deberíamos ser feministas”

Quizás uno de los ejemplos más claros en este sentido es el de las mujeres sufragistas en EE.UU. e Inglaterra. El uso de vestidos blancos y broches o complementos en morado y dorado constituyeron un modo sencillo de identificación, de expresión de un mensaje y de reconocimiento social.

Manifestación de mujeres sufragistas en Washington DC, con todas las participantes vestidas de blanco. National Archives Catalog

De hecho, la ventaja del vestido blanco o de una camisa hawaiana es que, teniendo capacidad expresiva, no necesitan traducción. La moda así es un lenguaje universal, visual, y no verbal, elementos todos ellos que ayudan a su interpretación y difusión. Por eso, en la denuncia de cuestiones políticas, es un instrumento muy valioso de comunicación.

El blanco, como color de quienes abogan por los derechos de la mujer, llega hasta nuestros días y se utiliza de manera reivindicativa, como hicieron las congresistas demócratas en el discurso del Estado de la Unión de 2019, lideradas por Alexandria Ocasio-Cortez. Ocasio parece no desaprovechar este carácter expresivo y reivindicativo de la moda, y en la última gala MET su atuendo no dejó indiferente a nadie: sobre un vestido blanco se leía un claro mensaje en letras rojas “Tax the Rich” (“Subamos los impuestos a los ricos”, en inglés).

Nicole Kidman, Zoe Kravitz, Reese Witherspoon, Laura Dern y Shailene Woodley vestidas de negro en los Globos de Oro de 2018. Shutterstock / Tinseltown

El movimiento #MeToo, que denunciaba los abusos contra las mujeres, utilizó el negro, y la gala de los Globos de Oro en 2018 fue un desfile de modelos en este color. Llevarlo significaba ser activista en esta cuestión. De nuevo, la identificación de una causa y su facilidad plástica ayudaban a dar cohesión y a significarse sin necesidad de entrar en mayores complejidades discursivas.

La lucha por los Derechos Civiles en EEUU también utilizó dos prendas emblemáticas: chaquetas de cuero y boinas negras. Los Black Panthers así reconocidos proponían una lucha más directa y subversiva.

Dentro de esta evolución de la moda y el activismo, se puede observar un salto histórico cuando se pasa de llevar prendas para expresar y reforzar identidades a un segundo momento en el que la moda es la que empieza a hacerse eco de esas reivindicaciones y las incorpora en sus productos.

De este modo lo entendió la diseñadora Vivienne Westwood al incorporar camisetas con mensajes directos dentro de la estética del movimiento punk.

En 1984, la diseñadora Katherine Hamnett, en una reunión con Margaret Tatcher, llevó la camiseta con el mensaje “58 % Don’t Want Pershing”, haciéndose eco de una encuesta sobre la proliferación de misiles nucleares.

La diseñadora Katherine Hamnett con Margaret Tatcher. Katharine Hamnett

Este uso de los eslogans en jerséis y camisetas ha llegado hasta hoy, y la colección de Dior primavera/verano de 2017 se recuerda por la camiseta “We Should All Be Feminists”. Incluso el caso de las camisetas con eslogan ha dado lugar a una reciente exposición sobre “T-shirt, Cult, Culture, Subversion”.

Moda y justicia social

Actualmente, podemos hablar de una tercera etapa la relación activismo-moda coincidiendo con el auge de las redes sociales. Los medios digitales proporcionan una plataforma perfecta para reforzar las identidades, la participación y las conexiones globales y las marcas de moda no son ajenas a esto. Su participación en los temas y causas que se promueven viralmente se torna en un activismo corporativo, donde el “propósito” y la “justicia social” pasan a un primer plano.

La moda, que en los últimos tiempos había ido perdiendo significados sociales o aspiracionales para ser vista como una mera mercancía, busca significados en otros lugares y acude al activismo político. Alejada del escepticismo postmoderno, los ideales y valores sociales emergen como un asidero donde encontrar contenidos.

Así sucedió con el movimiento Black Lives Matter. Aunque había comenzado en 2013, BLM se hizo internacionalmente viral tras las protestas por la muerte de George Floyd en 2020. Siguiendo el ejemplo de lo que había empezado Nike, un aluvión de marcas de moda se adhirieron a la causa a través de sus redes con mensajes anti racistas.

También hay que señalar que después de unos días de exaltación y unión al movimiento, algunas marcas empezaron a tener problemas con sus empleados por acusaciones de racismo en “ambientes de trabajo tóxicos”. Los casos de Everlane, Away y Reformation dieron lugar a serias crisis de reputación.

Está claro que la moda ha entrado en campaña. El uso simbólico de la moda adquiere una mayor resonancia en nuestros días. Políticos, activistas y movimientos reconocen su capacidad configuradora y su influencia social; y la moda responde, en su necesaria conexión con el mundo de los significados. Como se recogía en un artículo de Vogue, “los diseñadores no solo están fabricando ropa, junto con activistas y promotores también están generando cambios. Y esto los hace comerciales”.

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