CHRISTOPHE PETIT TESSON / EPA

Lo que sabemos y lo que no sobre la relación entre la calidad del aire y el coronavirus

En tanto que científico atmosférico, soy consciente de que la contaminación del aire es mala. Y en tanto que ser humano de 2020, también soy consciente de que el coronavirus es malo. Sin embargo, y a pesar de que tanto la contaminación como el coronavirus tienen un mayor impacto en las ciudades, las correlaciones simplistas entre calidad del aire y muertes por COVID-19 no suelen tomar en consideración otros factores derivados de las distintas circunstancias geográficas.

Existen notables coincidencias entre el conjunto de enfermedades que se agravan como consecuencia de la contaminación del aire (accidentes cerebrovasculares, enfermedades coronarias, enfermedades respiratorias, etc.) y aquellas patologías que ahora sabemos aumentan la mortalidad de la COVID-19. Además, tanto la exposición a la contaminación como al virus puede darse a través del aire. Todo esto implica que parezca plausible relacionar ambas cuestiones, al menos superficialmente.

Este hecho probablemente explique que haya habido un gran debate sobre cómo influye la contaminación del aire en las tasas de mortalidad de la enfermedad. La discusión incluye la aparición de nuevos trabajos de investigación (la mayoría aún no han sido sometidos a un proceso de revisión por pares, por lo que hay que tomarlos con prudencia) y una amplia cobertura mediática (solo The Guardian ha publicado al menos cinco reportajes) sobre las relaciones entre contaminación y muertes por COVID-19.

En los países ricos, la contaminación del aire es generalmente un problema que se concibe desde la perspectiva de su impacto en la población. Sin embargo, es precisamente esta estrecha relación entre contaminación y ciudades lo que hace tan difícil determinar de forma exacta qué influencia tiene la primera en el nivel de mortalidad de la enfermedad.

El confinamiento ha provocado descensos significativos de los niveles de dióxido de nitrógeno (un contaminante atmosférico muy común) en toda China. NASA

El virus se originó en la ciudad de Wuhan, muy densamente poblada, y posteriormente se fue expandiendo con gran rapidez por otras grandes ciudades del mundo. Tiene sentido: ciudades como Londres o Nueva York son grandes nodos de transporte globales, y su alta densidad de población favorece elevadas tasas de contagio de persona a persona. Estos lugares registraron un aumento inicial muy rápido de los contagios, y se convirtieron en el primer foco de atención de la crisis.

Pero más allá de su exposición a la contaminación del aire, la población de las áreas urbanas presenta otras características relevantes. En las ciudades existen sistemas de transporte público masivos, pueden presentar altas tasas de pobreza y ausencia de servicios y pueden albergar a un número relativamente alto de personas pertenecientes a minorías étnicas. Muchos de estos factores aumentan la incidencia de patologías subyacentes como la diabetes o enfermedades respiratorias y cardiacas.

Todos estos factores complementarios se acumulan en las áreas urbanas, lo que incrementa las posibilidades de que una persona sufra una patología previa que empeore el diagnóstico en caso de contraer COVID-19.

Cielos despejados en un Pekín que normalmente está brumoso (marzo de 2020). Wu Hong / EPA

El hecho de que en las ciudades sometidas a confinamiento los cielos estén más limpios puede llevar a algunos a hacerse ilusiones. Después de todo, la calidad del aire es algo que en teoría puede mejorar muy rápidamente, lo que es imposible si hablamos de una vida entera de tabaquismo o de mala alimentación. Analizar las interacciones entre contaminación y COVID-19 quizá suponga un rayo de esperanza en estos tiempos oscuros, pues ofrece la posibilidad de encontrar una forma de reducir los efectos del virus. Sin embargo, la eficacia de estas medidas es incierta, y su incidencia posiblemente insignificante.

Los datos sobre la contaminación del aire, víctima de su propio éxito

La oleada de artículos científicos sobre este tema podrían presentar cierto sesgo. Los datos sobre la contaminación del aire casi siempre se recogen para mostrar que se cumple con indicadores oficiales –por ejemplo, en la Unión Europea y Reino Unido, el límite anual mínimo de NO₂ es de 40 microgramos por metro cúbico de aire–. Se trata de unos valores fijados por ley, y su superación puede desencadenar acciones legales.

Estos datos están bien organizados, están muy localizables y fácilmente accesibles. Se trata obviamente de un primer lugar al que dirigir la mirada cuando se buscan conexiones con la COVID-19, dado que permite comparaciones inmediatas con cifras de mortalidad y contagios. Pero quizá los datos de la contaminación del aire son víctima de su propio éxito. El hecho de ser un dato tan accesible y fiable a escala global lo puede convertir en la variable del eje Y de demasiadas correlaciones.

Es relativamente fácil acceder a los datos de contaminación del aire (incluso en mitad de la pandemia). Gemphoto / Shutterstock

Conforme vaya pasando el tiempo, estos conjuntos de datos irán siendo más completos y la enfermedad se irá extendiendo de forma más uniforme por la geografía de cada país, más allá de los núcleos urbanos que fueron afectados en primer lugar. Para entonces es probable que estemos en condiciones de analizar más detalladamente los historiales médicos de los afectados para determinar los efectos de una exposición prolongada a la contaminación. Se podrán establecer relaciones entre estos factores ambientales con los datos de incidencia de la COVID-19 y se podrán tener en cuenta el resto de factores que influyen en la ecuación.

Sin embargo, en mitad de la pandemia, y cuando la enfermedad aún no ha terminado su expansión, las correlaciones con la contaminación del aire no son más que eso, correlaciones. Todavía no pueden probar si dicha contaminación posee algún tipo de efecto adicional (o no determinado) en la COVID-19, más allá de ser un elemento relevante que favorece la aparición de patologías previas entre la población.

A lo largo de los próximos meses surgirán una serie de preguntas a las que habrá que dar respuesta a corto plazo. ¿Reducir la contaminación del aire de las ciudades tendría algún efecto beneficioso en el pronóstico de los infectados o en su recuperación? Dado que ya sabemos dónde se encuentran los grupos vulnerables, ¿el efecto de la contaminación ha sido ya integrado en los planes de salud? ¿Tiene la contaminación atmosférica, y en especial las partículas más pequeñas, algún papel en la expansión del virus cuando este viaja por el aire? Algunas de estas cuestiones podrán ser abordadas a partir de datos científicos, pero otras necesitarán de trabajo de laboratorio, y las respuestas definitivas podrían tardar en llegar.

This article was originally published in English

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