Una de las últimas fotos conocidas de Federico García Lorca, con Manuela Arniches en la terraza del Café Chiki-Kutz, en el Paseo de Recoletos de Madrid, junio o julio de 1936. Wikimedia Commons

Lorca y Madrid: un idilio de 100 años

Federico García Lorca llega a Madrid, desde su Granada natal, en la primavera de 1919, con la intención de conseguir una plaza en la Residencia de Estudiantes. Lleva bajo el brazo varias cartas de recomendación nada desdeñables, firmadas por Fernando de los Ríos, que acabarán por abrirle las puertas de dicha institución, dirigida por Alberto Jiménez Fraud.

Entre tanto, comparte «discreta casa de huéspedes» , en la calle de San Marcos 36, con su querido amigo José Mora Guarnido, miembro del «Rinconcillo» granadino, que habrá de ser su primer cicerone en los diversos ambientes de la capital, y casa, algo después, en la calle del Espejo, con el guitarrista Ángel Barrios.

El ritmo de la capital

Lorca se adecua al ritmo de la capital con rapidez. Por un lado, sus ansias por aprender y por forjarse un camino en la literatura –apenas iniciado con Impresiones y paisajes– se colman de inmediato con la novedad de espacios y gentes.

Entre los primeros, la primorosa biblioteca del Ateneo Científico, Artístico y Literario, de la calle del Prado, 21, calificada por el propio poeta como «tentadora», pues «tiene (…) los libros más raros que quieras leer»; entre los segundos, Lorca teje, de inmediato, una red de relaciones que irá creciendo exponencialmente con el fluir de los meses.

Los primeros momentos en Madrid se llenan con la compañía –y la protección– de Eduardo Marquina, un dramaturgo ya consagrado a la altura de 1919. Con él Federico asiste, por vez primera, al teatro en la capital para ver La honra de los hombres, de Jacinto Benavente, en el Teatro Lara de Madrid, en función celebrada el 2 de mayo de 1919; y es también Marquina quien le presenta a Gregorio Martínez Sierra, figura fundamental en la trayectoria del granadino, puesto que, al frente del Teatro de Arte, no tardará en darle su primera oportunidad «profesional» para que estrene, en marzo de 1920, El maleficio de la mariposa en el Teatro Eslava de Madrid.

Lugares comunes

Por otro lado, el espíritu entusiasta de Federico no tarda en mimetizarse con un Madrid festivo y con ínfulas parisiennes que nace a la modernidad sin complejos. Conoce, primero, el café Gijón, sito, desde su apertura en 1888, en el Paseo de Recoletos 21. Allí pasa tardes enteras con su círculo granadino, al que no tardan en sumarse nombres como Ángel del Río, Amado Alonso, Guillermo de la Torre o Gerardo Diego. Si el tiempo lo permite, Lorca gusta de sentarse en la terraza del café, en especial con Dalí, cuando el pintor catalán llegue a su vida algunos años después, y es práctica común, según se cuenta, que el poeta de Granada guarde silencio y observe a los que llegan mientras Dalí juega a hacer bocetos que no comparte con nadie.

Benjamín Jarnés, Huberto Pérez de la Ossa, Luis Buñuel. Rafael Barradas y Federico García Lorca en Madrid, 1923. Wikimedia Commons

Al Gijón se suman pronto más locales, como la Cervecería de Correos, con otros miembros de la Generación del 27.

En Alcalá 59 se encuentra el Café Lyon, donde José Bergamín había fraguado la revista Cruz y Raya, y a cuya tertulia acude a menudo el propio Federico. En la parte inferior de este local se encontraba La Ballena Alegre, lugar de encuentro, años después, para los falangistas. Recibía su nombre del mural, obra de Hipólito de Hidalgo de Caviedes, que ocupaban una de sus paredes.

Federico también frecuenta el Café «Social» de Oriente, entre la calle Atocha y la del Doctor Drumen, sitio preferido para el pintor y escenógrafo uruguayo Rafael Barradas, y en cuyo interior el propio Dalí pergeña un famoso retrato de Lorca en 1924.

Sin embargo, si hay un espacio que une, de forma incontrovertible, la figura de García Lorca con Madrid, ese es sin duda la Residencia de Estudiante. No voy a insistir aquí, por enormemente conocidas, en las relaciones de amistad que forjó entre sus muros –Buñuel, Dalí, Bello…– y sí, sin embargo, en la condición medular de la Colina de los Chopos en la formación intelectual –piénsese, por ejemplo, en la enorme cantidad de conciertos a los que asistió (Wanda Landowska, Maurice Ravel, Adolfo Salazar y Andrés Segovia, Darius Milhaud, Gustavo Pittaluga y Rosa García Ascot, entre otros)– y emocional –tardes de complicidad alrededor del té, ejercicios literarios irrisorios en contra de la tradición establecida (recuérdese la parodia del Tenorio protagonizada por un grupo de residentes en noviembre de 1920)–.

‘Federico en los jardines de la Residencia’, 1919. Residencia de Estudiantes (CSIC).

Éxitos y fracasos

Madrid envenena a Lorca, granadino de nacimiento y andaluz de alma. Cuando las restricciones económicas impuestas por su padre le aparten, en diversos intervalos temporales, de las calles de Madrid, Lorca escribirá con desesperación a sus amigos para que le rescaten de Granada. Corría ya 1927 cuando confiesa sin ambages a Melchor Fernández Almagro que en «Granada (…) me ahogo».

Estatua en Madrid dedicada a Federico García Lorca (frente al Teatro Español). GFreihalter / Wikimedia Commons, CC BY-SA

En Madrid, Lorca conoce sus mayores fracasos (El maleficio de la mariposa) y decepciones profesionales (la prohibición del estreno de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín en 1929), pero también sus mayores triunfos (los estrenos de Mariana Pineda, en el Fontalba, 1927, de La zapatera prodigiosa, en el Español, 1930, o de Yerma, también en el Español, 1934, entre otros). Y desde Madrid proyecta los dos viajes que cambiaron su vida: a Nueva York (en 1929), para reencontrase con sus fantasmas personales, y a Buenos Aires (en 1933), para conocer el sabor del triunfo internacional.

100 años después de su llegada a la capital, el recuerdo de Lorca late en sus calles: en la Residencia de Estudiantes; en la placa que cuelga en la calle Alcalá, 102, donde instalaría, en 1932, su casa definitiva, y en la estatua que custodia la fachada del Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana.

Pero Lorca sigue vivo en la vigencia colectiva de sus versos y la presencia rotunda de sus dramas, que llenan, veces sin cuento, los teatros de entonces y de ahora.