Ciudadanos colocando flores y encendiendo velas para las víctimas de los ataques terroristas en Barcelona de agosto de 2017. Ivan Garcia / Shutterstock

Los enigmas de la radicalización violenta: el fenómeno yihadista

El radicalismo violento, en especial el yihadista, constituye un profundo enigma porque, a pesar de todos los análisis y estudios empíricos existentes, aún no se conoce bien cuál es el proceso que conduce a una persona a usar la violencia con fines políticos y religiosos.

Tanto el diseño de indicadores rigurosos de alarma temprana como de estrategias de prevención se tornan tareas extraordinarias. Lo mismo ocurre con el desarrollo de programas efectivos de desradicalización.

Las personas que optan por este tipo de violencia suelen estar afectadas por una suma de fuerzas que operan en tres niveles.

  1. El nivel micro. Se suele decir que las motivaciones que conducen a la persona hacia el Daesh o Al-Qaeda oscilan entre elementos racional-estratégicos –la lucha terrorista es la vía más efectiva por nuestra capacidad y tamaño–, emocionales –tanto sentimientos de agravio como deseo de reconocimiento o fascinación por lo exótico y la violencia–, identitarios –mi padre, mi hermano, mi amigo también se han unido– y normativos –hay que unirse a la lucha armada porque es un deber religioso– que se combinan.

  2. El nivel meso. La persona que se une al Daesh o a Al-Qaeda en Europa suele hacerlo después de entrar en contacto con una célula y un agente de radicalización, suele tener una red de personas que ya están implicadas y puede que viva en un contexto social donde se exacerba el sentimiento de agravio, la exclusión real o percibida y donde se socializa en unos valores alternativos conectados con el salafismo yihadista. La radicalización, al menos en España, se da de arriba abajo y no de abajo arriba, a pesar de que se ha difundido la idea de que las personas se radicalizan solas por internet. Internet y las redes son el soporte o material de apoyo.

  3. El nivel macro. Implica cuestiones que permiten dar cauce a la opción por la lucha armada y que azuzan la radicalización. En otras palabras, esta requiere de la existencia de organizaciones como el Daesh y Al-Qaeda, de la expansión de la ideología político-religiosa del salafismo-yihadista, de unos medios de comunicación que den publicidad, de conflictos armados o intervenciones unilaterales que faciliten la justificación de los terroristas.

Conviene, no obstante, diferenciar entre quienes han atentado o intentado atentar en su país de residencia y quienes han viajado a Siria o Irak para unirse al Daesh. Los datos varían entre los diferentes países de Europa y todavía lo hacen más si se toma como referencia Arabia Saudí, Marruecos, Pakistán o Argelia.

Quiénes son y por qué lo hacen

El Real Instituto Elcano elabora cada dos años un buen perfil para el caso de España. El retrato se refiere a hombres, jóvenes, nacionales pero procedentes de familias de origen de países árabes, clase media-baja, con familiares o amigos previamente radicalizados y disidentes de la religión de sus padres que adoptan el salafismo-yihadista de manera casi abrupta.

Pero las causas específicas que azuzan la acción violenta constituyen otro enigma. Existen varias teorías científicas explicativas, pero la mayoría han sido contradichas por la tozuda realidad.

Se podría decir que hay tres tipos de teorías: las secuenciales o de escaleras progresivas; las teorías piramidales; y la teoría de doble pirámide.

El primer tipo de teorías plantea que la persona asciende desde un pensamiento y comportamiento normal hacia un pensamiento radical, hasta que finalmente justifica la violencia y, finalmente, decide actuar.

Las teorías piramidales toman a grandes colectivos y plantean que en la base habría mucha gente que puede simpatizar con la lucha armada del movimiento de liberación islámico internacional. Un poco más arriba, figuran aquellos que justifican la violencia y, progresivamente, a medida que el número de personas se reduce, tendríamos a quienes actúan con violencia.

Finalmente, debido a que solamente un porcentaje muy pequeño de quienes justifican la violencia deciden pasar a la acción, ha surgido otro tipo de teorías que disocian la radicalización cognitiva del pensamiento y la radicalización conductual.

El sentimiento de agravio

En otras palabras, se cuestiona que el pensamiento radical, por sí solo, conduzca a la violencia y, por tanto, se intenta explicar la radicalización cognitiva, por un lado, y la radicalización violenta, conductual, por el otro. La radicalización conductual comenzaría con pequeñas acciones, tales como la difusión de panfletos o la contribución a la propaganda a través de internet, y seguiría con labores de captación hasta desembocar en la planificación y realización de atentados.

Ninguna de esas teorías es totalmente satisfactoria. Mi investigación plantea dos hipótesis.

La primera es que es útil diferenciar la radicalización cognitiva de la conductual. Se necesitan historias de vida y análisis exhaustivos de perfiles para encontrar elementos comunes y explicativos en aquellas personas que optaron por la opción violenta. Elementos tales como una historia previa de violencia, de pequeños actos ilegales que rompen paulatinamente las formas de control social, tienen una relevancia significativa.

La segunda hipótesis es que el pensamiento y la acción están conectados en algún punto. Lo que los psicólogos denominan las convicciones fuertes, la toma de conciencia, puede ser el eslabón que conecta el pensamiento y la acción, sobre todo en aquellos casos donde no hay un historial de violencia. Aquí se desprende un gran área de estudio empírico.

Más allá de las teorías explicativas, se sabe que todos aquellos que actuaron con violencia tenían fortísimos sentimientos de agravio, habían experimentado una gran crisis existencial propiciada por algún episodio personal duro, poseían una red de contactos vinculados a la violencia y, en la mayor parte de los casos, vivían en una especie de desarraigo triple: de su familia, de la sociedad y de su comunidad religiosa.

Nivel bajo de conocimiento religioso

El nivel de conocimiento religioso suele ser bajo, lo que hace que la segunda generación de inmigrantes procedentes de países musulmanes sea especialmente vulnerable. Esto es evidente en el caso francés, el país de la UE que más sufre este fenómeno.

Este tipo de jóvenes vive una crisis de identidad, ya que sienten que no pertenecen a la religión de sus padres ni a una sociedad francesa que no les da oportunidades, por lo que optan por versiones radicales, simplistas, que explican muchas cosas con una narrativa diluida pero atractiva.

Los agentes de radicalización ofrecen una respuesta que dota de sentido a sus vidas, facilitan un grupo que satisface el deseo de pertenecer a un colectivo, les victimiza, les crea un enemigo externo. Poco a poco se aíslan, son entrenados y desarrollan una especie de paranoia permanente de conspiración. Si además hay un pequeño historial de violencia y criminalidad, el proceso se acelera, ya que las dinámicas internalizadas de control social son débiles.

Indicadores de radicalización

Otra área de estudio fundamental son los indicadores de radicalización violenta. Se pueden diferenciar dos tipos de indicadores: individuales y territoriales. Los individuales pretenden alertar sobre cambios en el físico y el comportamiento de las personas relacionados con la radicalización. En cuanto a los territoriales, buscan generar sistemas de alarma temprana para prevenir atentados.

Es conocido el nivel de alerta 1, 2, 3, 4 y 5. España está en el nivel 4, aunque la Ertzaintza, por ejemplo, aboga por reducirlo al 2 o 3, ya que el nivel de alerta exige una serie de medidas legales, políticas y policiales.

En cuanto a los indicadores individuales, se suelen considerar el pensamiento rígido, el uso repentino de barba larga o la constante referencia a la lucha armada para salvar a los musulmanes del yugo occidental.

En cuanto a los indicadores territoriales, los colectivos excluidos, la existencia de guetos, la identificación de células existentes con capacidad de captación, el incremento de la islamofobia, la presencia de individuos previamente radicalizados o la cercanía a zonas en conflicto son algunos factores que incrementan el riesgo.

La prevención es lo que importa

La prevención es el arma más importante para combatir la radicalización violenta. Cuando se ha iniciado el proceso de radicalización, es difícil identificarlo y detenerlo. Y cuando la radicalización ha culminado con éxito, la desradicalización se torna en misión casi imposible

Algunos de los mecanismos de prevención más efectivos son:

  • El empoderamiento y la creación de resiliencia en individuos y colectivos vulnerables.

  • Dotar de recursos intelectuales y religiosos a los jóvenes.

  • Evitar zonas de exclusión en cualquiera de sus dimensiones (económica, social, lingüística, religiosa, normativa).

  • Una educación moral en valores de convivencia, tolerancia y respeto.

  • El fortalecimiento de comunidades musulmanas que conecten con los recién llegados y los jóvenes.

  • La promoción de contranarrativas lideradas por líderes religiosos que deslegitimen el uso de la violencia desde el islam.

  • La políticas mediáticas que eviten los prejuicios y culpabilización de colectivos.

  • La formación del personal de primer acceso: policía municipal, profesores, trabajadores sociales, familias y comunidades religiosas.

Conviene recordar a este respecto que las comunidades musulmanas son las más interesadas en la prevención porque son las primeras víctimas del radicalismo.

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