Los microplásticos también contaminan nuestros suelos: es hora de actuar

Foto aérea de los invernaderos de Aguadulce, Almeria (España), tomada en noviembre de 2017. Shutterstock / PMCARRENO

Los microplásticos también contaminan nuestros suelos: es hora de actuar

Desde hace un tiempo vemos por televisión “islas de plástico” a la deriva en los océanos. En los últimos meses también se ha advertido de la posibilidad de que existan microplásticos, cuyo diámetro no supera los 5 milímetros, en paquetes de sal y en latas de sardinas. Incluso se ha anunciado su hallazgo en el intestino y en heces humanas, aunque esto requeriría un análisis más mesurado.

Los primeros registros del impacto de los microplásticos en ecosistemas marinos datan de la década de 1970. A partir de 2013 se indica por primera vez su presencia en ecosistemas acuáticos continentales (ríos y lagos). Sin embargo, su efecto en suelos y ecosistemas terrestres ha sido ignorado, con apenas unas menciones en 2005. No fue hasta 2012 cuando el profesor Matthias Rillig, de la Universidad Libre de Berlín (Alemania), advirtió de la situación en un estudio.

Se estima que el 80% de los microplásticos presentes en océanos se originan en ecosistemas terrestres. Provienen de suelos agrícolas, actividades industriales, construcción, transporte y vertederos. Varios investigadores ya han advertido de que se trata de un problema más grave de lo que creemos.

El investigador Luca Nizzetto, del Instituto Noruego para la Investigación del Agua, estimó que entre 110 000 y 730 000 toneladas de microplásticos son transferidas a los suelos cada año en Europa y América del Norte. Su principal origen son los plásticos agrícolas y los residuos en vertederos. Más tarde Alice Horton, del Centro de Ecología e Hidrología de Reino Unido, indicó que la cantidad de plástico que llega a los suelos es entre 4 y 23 veces mayor que la que llega a los océanos.

A pesar de estas cifras aún no sabemos bien cómo los microplásticos interactúan con el suelo, debido a la complejidad de su estructura. Existen unos 1 000 artículos científicos sobre el impacto de estos plásticos en ecosistemas acuáticos, pero menos de 100 en terrestres, a pesar de ser la fuente que los transmite a los océanos.

Botellas de plástico en Mare aux Vacoas, la mayor reserva acuática de la República de Mauricio. Unsplash / Simson Petrol

De la revolución a la contaminación blanca

La mayoría de los plásticos que conocemos se desarrollaron a partir de la década de 1940. Su introducción en el transporte y en la agricultura supuso una revolución. Su utilización masiva permitió reducir costes, facilitó el transporte, las telecomunicaciones y el cultivo bajo condiciones adversas para obtener varias cosechas al año.

A pesar de su inestimable ayuda, también suponen un gran problema medioambiental. Su condición de usar y tirar; su lenta degradación, que alcanza los 400 años; y las dificultades para su reciclaje y reutilización son algunos ejemplos.

A diferencia del acero y el vidrio, que pueden ser reciclados casi de forma infinita, el plástico pierde sus propiedades poco a poco. Con cada reciclado se obtiene un material de peor calidad que necesita ser mezclado con plástico virgen.

Los embalajes y el transporte suponen el 40 % del plástico utilizado en el mundo. La gran mayoría de los plásticos utilizados en estos sectores acaban en vertederos o incinerados, ya que las tasas de reciclado son muy bajas.

Aunque apenas supone un 4% de la cuota de mercado, otro gran consumidor de plástico es el sector agrícola. En muchos casos no se recicla bien o acaba a la intemperie sobre los suelos agrícolas. Esta elevada cantidad de restos plásticos, que queda sobre los suelos o en vertederos después de su uso en agricultura, se denomina en China la “contaminación blanca”.

El plástico también puede llegar a los suelos agrícolas de forma inadvertida, tal y como ocurre con los lodos de depuradora. Estos pueden contener una elevada cantidad de estos materiales, ya que las técnicas de depuración apenas retienen un 10% de los microplásticos que llegan de nuestros hogares e industrias.

Un ejemplo son las prendas textiles, donde el plástico tiene cada día una mayor presencia a través del nailon, poliéster y elastano. El lavado de la ropa en lavadoras puede incrementar las probabilidades de que se desprendan estas fibras. El resultado es que llegan al medio ambiente, a los suelos agrícolas por lodos de depuradoras o directamente a las masas de agua.

Ya tenemos una legislación que limita la carga máxima de metales pesados en lodos de depuradoras, y acabaremos por regular también los microplásticos. Sin embargo, esto no es fácil porque los suelos y los lodos son muy complejos y aún no tenemos una buena técnica de extracción de microplásticos.

¿Cómo afecta el plástico a los suelos?

Aunque este campo todavía es joven, sabemos que los microplásticos pueden afectar negativamente al desarrollo de lombrices y microartrópodos. También repercuten sobre la actividad bacteriana en los suelos,e incluso pueden actuar como transportadores de contaminantes orgánicos, inorgánicos y representar un problema por los propios aditivos que llevan los plásticos, tal y como ocurre con las bolsas plásticas de la compra.

No solo eso, sino que también impactan en las propiedades fisicoquímicas de los suelos. Esto quiere decir que empeoran sus funciones y los servicios ecosistémicos que proporcionan.

El suelo es un recurso no renovable a escala humana y cada día está más amenazado a nivel global por culpa de la contaminación, la sobreexplotación de recursos, el cambio climático y la deforestación. Ahora recibe una nueva amenaza: los microplásticos. Su impacto empeorará la calidad del suelo, lo que supondrá una pérdida de productividad a medio y largo plazo.

A pesar de todo esto, el plástico todavía es muy necesario y, en muchos casos, carece de alternativas. Además, existen problemas medioambientales globales más importantes que los microplásticos, como el cambio climático.

Tenemos en nuestras manos la posibilidad de trabajar de inmediato en reducir su uso. También en aumentar las ridículas tasas de reciclado y prohibir su uso en aplicaciones donde existan alternativas. Sin olvidar seguir investigando en nuevos materiales y bioplásticos, cuya degradación sea más rápida o tenga efectos menos nocivos. Eso sí, tampoco son la panacea: conviene recordar que no todos los bioplásticos son realmente “bio”.

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