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Una persona descalza leyendo ante una puesta de sol. Las hojas del libro forman un corazón.

Poesía: en defensa del Espasa a Rafael Cabaliere

Cualquier buen aficionado a la poesía, el paseante y visitador habitual de librerías con la mirada abierta del lector curioso, que no limite sus preferencias al consagrado pedestal de las lecturas canónicas, encontrará en los mostradores un sinfín de libros como el recientemente premiado por Espasa Calpe.

Ocupan estos poemarios de jóvenes poetas, en las mesas de las novedades (jóvenes escritores, porque la palabra poeta solo la llevan con propiedad pocos a lo largo de los tiempos), más espacio en ocasiones que algunos consagrados sobre quienes el tiempo corre (repásese alguno de los nombres propuestos por Max Aub en 1957).

La conexión con lo propio

A ciertos sectores de jóvenes lectores, no demasiado exigentes, les queda lejos todo eso, viven el hoy. Poco les importa lo complejo en lenguas propias o ajenas, Blas de Otero o Gerard Manley Hopkins, por no hablar de lo accesible intemporal: los romances de Luis de Góngora. Desean lo síncrono, como es natural. Conectar con lo próximo sin demasiada exigencia literaria, pues prevalece la identidad con lo propio y el mundo que les ha tocado vivir, no fácil. La poesía también está para eso y es fundamental esa comunicación.

Deberíamos en este sentido felicitarnos de este encuentro con estas lecturas y galardonarlas más allá de su calidad. Son un primer peldaño, pues las otras ofertas, no siempre apetecibles, son muchas. La poesía se ha vuelto una religión para estos jóvenes lectores, en sentido etimológico del re-ligare, del reunir lo disperso, de orientar en el sentimiento y una ruta para encontrar posición ante el mundo.

El negocio y el mercado

Las editoriales y las empresas del ramo lo han sabido leer, entender, y trasladar su cuota de mercado al papel impreso, donde hay una parte de negocio con el que complementar el generado en las redes sociales. Recuerdo de mis tiempos como vocal de la Dirección General del Libro (2009) cómo la edición de libros en España rondaba los cuatro mil títulos.

Internet rompió y abrió el discurso, lo multiplicó, generó una sociología de la lectura del poema y, como no podía ser menos, la necesidad de crear cauces en premios para un determinado tipo de público marcado. Se trata de orientarlo hacia el mercado donde encontrar en letra impresa el prestigio que las redes no proporcionan.

El prestigio de lo impreso

Los ciberpoetas sueñan con el libro impreso. Espasa lo ha sabido entender y dar un espacio con este galardón a quienes gustan pasar a las letras de molde. Estamos ante nuevas sendas y se crean premios para ellas. Hay psicosociología de esta época y una poesía, traída por el viento de los tiempos y donde no se esconde en ningún momento el discurso de fondo.

El jurado que otorgó el premio Espasa destacaba en las virtudes de Rafael Cabaliere: “un tinte juvenil y motivador, fresco y urbano, con cientos de miles de seguidores”, y su “conexión y empatía con las nuevas generaciones”. En ningún momento habló de calidades, virtudes líricas, sorpresa, como las que generó Don de la ebriedad, del llorado Claudio Rodríguez (un libro escrito con 17 años, la mitad de los que tiene el ganador del Espasa, todo sea dicho).

Cada premio tiene su sesgo

Hay muchos premios, y este tiene su sesgo. El Planeta, de la misma editorial, el suyo. En el caso de Irene X, ganadora del galardón de 2018, se habló de “su capacidad de suscitar temas de actualidad, escribiendo desde la frontera de la denuncia y de reivindicación de los humillados y ofendidos de nuestro siglo. Todo ello expresado en un lenguaje directo, accesible y lleno de emoción”.

Actualidad, número de seguidores, accesibilidad, juventud. Ese es el criterio por el que se ha premiado a Rafael Cabaliere. Espasa no ha engañado a nadie sobre sus intenciones. Es probable que hayan votado los miembros del jurado más próximos a la editorial, o en su representación, pero la editorial se cubrió las espaldas.

Lo hizo bien. Supo conciliar en la balanza del jurado a Luis Alberto de Cuenca y a Marwan. El primero avisó de la ausencia de mayoría en la votación, sus sospechas sobre las calidades presentadas y dio a entender su voto negativo. El segundo se dolió de lo mismo, aunque no sabremos nunca si lamentándose por fallar la unanimidad.

Una polémica falsa

En el fondo se nos ha colocado ante una falsa polémica, entre quienes se rasgan las vestiduras, los puristas, las envidias, los ataques al ciber (se ha dudado de si era un bot), con los 20.000 euros al fondo. Todo esto, en unos tiempos en que la crisis ha logrado que media población lírica se esté presentando a premios y al borde de un ataque de nervios.

Solo conocemos lo escrito previamente por el autor y depositado en la red, pues el libro se conocerá en octubre. Pero muchos ya lo han juzgado, como a Pablo Iglesias y el caso de la tarjeta telefónica. Habrá que esperar, aunque la editorial ha logrado dar la difusión con este falso escándalo y asegurar ventas.

Sería un milagro que nos encontráramos ante un gran libro, visto los precedentes y opiniones del jurado, pero todo podría ser. El premiado ha desaparecido de algunos foros y ha comentado que lo aparecido hasta ahora no es poesía. Suena raro. Lo mostrado nos hablaba hasta ahora de una sentimentalidad herida y monoestrófica por lo general, aunque hay excepciones, propia de esta época de epigramas, aforismos, haikus y minirrelatos.

Una poesía de iniciación y terapia

Una especie de confidencias, pequeñas reflexiones presididas por la sencillez y univocidad, constituyen un dietario emocional y pensativo, sin fecha, donde los jóvenes lectores de poesía se reconocen y dialogan con Rafael Cabaliere. Enhorabuena por ello, pues peor sería que sus preocupaciones estuvieran en los juegos de las consolas.

Esta poesía cumple su función de iniciación a este arte, también la terapéutica, como las constelaciones familiares, frente al desarraigo urbano. Proporciona consejos como Elena Francis a las amas de casa deshabitadas del franquismo. Y nos habla de cómo hoy también estamos en tiempos de miseria, extrarradios y salarios basura reclamando atención, reivindicándose con esta poesía (necesitándola), situándose también en la vida.

La red nos muestra una falsa polémica de letraheridos de lo no leído, de a prioristas defensores de la pureza inmaculada de lo instalado, algo visceralmente. Si aquel paseante y atento lector se fija en los libros canónicos de poetas con nombre, no me atrevo a decir consagrados o de premios recientes, incluso de algunos de los que se han quejado, no verá tantas diferencias en el fondo. Más oficio, sin duda, y lenguaje, conocimiento del ornato, de la métrica, etc. Pero hay pocos poetas, de la misma manera que hay pocos filósofos. Incluso se deja de serlo, reconoció honradamente José Hierro en su día.

Vender es necesario

Un repaso a los premios de poesía nos informa de cómo se recompensa muchas veces carreras literarias previas. Aunque en otras, caso del Adonais o el Hiperión (por citar breves ejemplos), se postulen con sus perspectivas, como ahora aquí, por lo nuevo de los jóvenes.

Las editoriales tienen una parte de negocio grande, gracias a Dios. Todas. Sin ellas se acababa la poesía y volveríamos a los romances de ciego por las calles, trovadores y juglares. Espasa atiende ahora a un sector determinado desde la perspectiva explicada, de la misma manera que otras premian la poesía mística. Hay para todos y no debería haber tanto fariseísmo. La editorial desea ganar el público de 900.000 lectores de la atenta red que le sigue. No ha engañado a nadie.

No conocemos el libro. No lo juzguemos, aunque visto lo dicho y visto lo leído, se tratará de un libro ciber, pero no de un bot, ni de un botarate. Ojalá me equivoque. Bob Dylan ganó el Premio Nobel de literatura con unas estupendas letras. No sé si poemas, pero antes de que se lo concedieran tenía una personalísima manera de cantarlas, una voz y un ritmo peculiar, sabía tocar la armónica y tañer la guitarra.

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