Un nutrido grupo de personas trata de ver la Gioconda en el Museo del Louvre. Rafael Sarralde, CC BY-SA

¿Se puede disfrutar del arte en un museo masificado?

Museos como el Louvre de París reciben a diario más de veinte mil personas. Sería como si todos los habitantes de Zarautz, en el País Vasco, decidieran ir a visitar el museo el mismo día.

De hecho, el museo de Louvre logró superar en 2018 su record histórico al obtener 10,2 millones de visitas, un aumento del 25 % respecto al año anterior. En 2012 ya había recibido 9,7 millones de visitantes. Entre los factores que pueden haber contribuido a este aumento continuado de visitantes, se pueden incluir una mejora de señalización y de infraestructuras, el acceso a entradas e información por internet y una presencia significativa en las redes sociales.

Con esta positiva estadística, el Louvre también consiguió convertirse en el primer centro de arte del mundo que ha alcanzado un número tan alto de visitantes, de acuerdo con el informe anual que realiza la compañía AECOM, especializada en arquitectura, diseño y sostenibilidad, junto con la institución sin ánimo de lucro Themed Entertainment Association. Todo esto, pese a que lo habitual es conseguir estar solo un instante al lado de la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci.

El museo como experiencia

Aunque el caso del museo francés no es extensivo a todos los museos en general, nos permite plantear un tema relevante en nuestro tiempo: el valor de las experiencias. En España las visitas a los 16 museos estatales superaron por primera vez en 2019 los 3 millones de personas. Un incremento de 1,8 % respecto al año anterior. La cifra más alta desde que existen registros. ¿Qué nos dicen estos datos?

Los museos no son una frontera aislada sino el nudo de una vasta red abierta donde circulan, en permanente intercambio de información, creadores, obras, instituciones y consumidores. Todos ellos se encuentran ligados por una serie de relaciones con cargas semánticas muy variadas.

La apreciación de una pintura, una escultura o cualquier otra pieza artística expuesta en un museo nos moviliza y conecta con otros lugares, espacios y recursos. Los visitantes conectan con su propia interioridad y la de otras personas, los autores, por mediación de estas obras. ¿Qué ocurre en los casos de masificación? ¿Cambia la apreciación artística? Una experiencia caracterizada por la aglomeración de visitantes, ¿qué tipo de satisfacción genera?

Colas de visitante ante el Museo nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid). MNCARS

Visitas masivas vs. museos vacíos

El periodista especializado en arte Joaquín Guzmán señala que “la visita a un museo es una experiencia esencialmente íntima. Cuando acudimos con la mirada atenta y curiosa buscamos el aislamiento, y casi sin quererlo establecemos con las obras y artistas una relación estrecha, intentando, aunque no siempre lo consigamos, evadirnos del ruido existente en las abarrotadas salas”.

Por tanto, una experiencia agradable en un sitio como un museo podría ser incompatible con una marea humana abarrotando un espacio que debería estar sumamente protegido. El interés por el arte y la cultura, que ha llevado a la masificación de algunos museos, entra en conflicto con las necesidades de sostenimiento económico de estos lugares.

Hallar un equilibrio entre la masificación y la accesibilidad, con el propósito de que no se vea perjudicado el disfrute de la experiencia estética, no es fácil. Las visitas reducidas en grupos limitados, el acceso en horarios poco habituales o el incremento de precios de entrada para disuadir son algunas de las medidas alternativas que muchos espacios culturales están tomando para generar otras condiciones de relación entre espectadores y piezas de arte.

El turismo lento aplicado a los museos

“El éxito no es la audiencia desorbitada, sino la experiencia grata”, recordó Jorge García Gómez-Tejedor, jefe de restauración del Museo Reina Sofía, en una entrevista, mientras abogaba además por la organización y la previsión para evitar la masificación.

Eike Schmidt, director de la Galería Uffizi, el museo más visitado de Italia, y promotor de medidas para privilegiar el “turismo lento”, se plantea “crear un flujo de personas que aprenden a conocer el placer de una visita lenta, a lo mejor media hora un día solo para sentarse frente a un lienzo nunca visto”.

El turismo lento renació en la década de los 80 en Italia. Y en España esta filosofía de viaje ya se desarrolla desde hace algunos años. De hecho, son varias las localidades y regiones que lo fomentan e incluso existe una red que los agrupa, denominada Cittaslow, coordinada por el ayuntamiento de Pals, en Girona. Por otro lado, hay otras localidades de España que se han identificado como territorios slow de manera independiente, como es el caso de Menorca o de otros ubicados en el norte de Galicia.

Experiencias íntimas y museos virtuales

La digitalización del patrimonio cultural y las posibilidades de hacer que las colecciones resulten más accesibles transforman las íntimas relaciones que vinculan al visitante con las obras de arte. Además, crear conexiones digitales entre colecciones es algo novedoso interesante de explorar. Contenidos digitales de las colecciones de archivos, bibliotecas y museos en un medio interactivo rico permiten el acceso a nuevas formas de experiencia. Y, podríamos decir, cambia la idea misma de lo que debería ser la experiencia.

Quizás el reto es crear condiciones para que los visitantes disfruten de experiencias placenteras, que requieren otro tipo de percepción, participando en los legados artísticos que inspiran y se resguardan en los museos. El arte genera consciencia y, por tanto, conocimiento. Las obras de arte se producen, viven y se transforman cada vez que son percibidas y atendidas. Es posible reconocerlas en un espacio físico o virtual, donde podemos decir que son “orgánicas”, que “van siendo”.


Este artículo se ha elaborado con la colaboración de Gisella López Alvear, comunicadora social del Centro Henri Lenaerts.


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