¿Suena interesante cuando habla?

La necesidad primera del ser humano es comunicarse y cada uno lo hace con su estilo y forma característica. Sin embargo, en determinadas situaciones formales se pierde la naturalidad y no se consigue conectar con quien está enfrente.

Desde su origen

En el mundo actual, los avances son vertiginosos. La tecnología más puntera queda obsoleta en cuestión de meses. Cuando se empezó a hablar de programas informáticos y software 2.0, eran sinónimo de progreso. La comunicación 1.0 era aquella unidireccional de la empresa hacia su público objetivo. El salto a la versión 2.0 consistía en incluir en el esquema comunicacional la respuesta de esa audiencia al mensaje de las organizaciones.

Hoy en día ya se habla de comunicación 3.0: el paso definitivo, el proceso completo de interacción, en el que el público participa activamente de las decisiones empresariales para que se puedan ofrecer productos y servicios que se adapten con la mayor precisión posible a las necesidades de los clientes.

Hemos de reconsiderar este esquema por completo. Tenemos demasiada prisa por seguir construyendo pisos en un rascacielos cuya base no está bien reforzada. Hay que volver a redefinir el nivel más básico: la comunicación interpersonal. Tenemos que volver a prestar atención a la verdadera comunicación.

Los seres humanos aprendemos a comunicarnos desde que nacemos, a través del llanto, el balbuceo, la imitación de sonidos, la consiguiente repetición y aprendizaje de palabras sencillas. Aumentamos posteriormente el vocabulario a conceptos abstractos y, finalmente, conseguimos expresar ideas y sentimientos elaborados. Damos por sentado entonces que ya sabemos comunicarnos.

Cara a cara

A partir de este error, que no se corrige con el tiempo, de considerar como suficientes unas bases comunicativas que no están trabajadas en profundidad, se deriva la falta de calidad en la comunicación. Y no solo entre las empresas y los clientes, sino en la comunicación interna de las organizaciones, tanto entre departamentos como trabajadores.

Si no se cuida, estudia y mejora la comunicación interpersonal como la cuestión clave de la que depende el éxito para el funcionamiento interno de una corporación, será imposible dar el salto a niveles más elevados.

El primer software que hay que actualizar es la comunicación directa, sin intermediarios, cuidando cada detalle: voz, dicción, entonación, escucha, elección de léxico. Debemos adecuar nuestros recursos a cada situación, haciéndonos entender y comprendiendo a nuestros interlocutores.

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Solo si se domina la comunicación interpersonal se podrá dar un salto cualitativo a la comunicación interna entre departamentos, elaborar un plan efectivo de comunicación global a todos los niveles y lograr las mayores metas empresariales.

Trabajando estos cimientos comunicacionales se evitarán malentendidos y errores graves, mejorará considerablemente el rendimiento de cada trabajador, todos tendrán claras sus funciones y las ejecutarán con mayor eficacia. Solo así se podrá construir hacia arriba y ser más accesibles a nuestro público.

Una voz expresiva

El buen comunicador es aquel que sabe cómo transmitir sus mensajes. Comunicar de forma efectiva requiere entrenamiento, pues la destreza para expresar una idea es tan importante como la idea misma. La voz es la herramienta más importante de comunicación del ser humano.

Paradójicamente, la gran mayoría de las personas no saben cómo utilizarla. Cuando llega el momento de afrontar una exposición, no son capaces de comunicar y conectar con el receptor del mensaje. Por falta de técnica en la utilización de la voz, el emisor que no ha entrenado se muestra rígido, incómodo y poco natural. Uno de los objetivos de la conexión con el receptor debe ser desarrollar una voz agradable, natural, dinámica y expresiva.

Existen dos elementos determinantes para una comunicación efectiva que no siempre se tienen en cuenta. En primer lugar, debemos definir claramente el objetivo que se persigue al trasmitir un mensaje. En segundo lugar, se ha de tener clara la idea que se va a exponer.

No todas las personas perciben los mensajes de la misma manera, por lo que es necesario adecuarse a la situación y a los interlocutores que se tienen delante.

Transmitir la idea

Richard Strauss decía que la voz humana es el instrumento más hermoso de todos pero, a la vez, el más difícil de tocar. La voz es la carta de presentación al mundo y la huella que se deja en el receptor. Es la marca personal de cada uno, el instrumento diferenciador y el que más conecta, ya que las palabras son capaces de evocar nuestras emociones.

Por eso, ninguna herramienta digital hoy por hoy puede suplirla. Hasta la fecha, las máquinas no han conseguido aún voces armónicas, no varían su vibración y, por tanto, acaban por resultar monótonas.

La mayoría de las voces no enseñan lo mejor de cada persona, ni todo su potencial. Puede ser la persona más inteligente, pero si está usando un mismo tono y ritmo, suena débil y triste y no tiene suficiente volumen, la imagen que va a mostrar es de poca implicación. Su interlocutor no va a pensar que es suficientemente creativo y válido para resolver los problemas que puedan surgir en esa reunión o negociación. Va a pensar que no es suficientemente creíble.

Si no se es eficiente a la hora de comunicar, la idea no prospera y, en este sentido, cabe destacar la pérdida de naturalidad que muchas veces se produce al priorizar la exactitud del mensaje sobre el objetivo de resultar interesante. Está demostrado que quien tiene una voz entrenada tiene más ventajas para poder llevar el mensaje exactamente donde quiere.

Mucho más importante es la habilidad de transmitir tanto lo que se quiere expresar como lo que se siente sobre lo expresado. No hay ninguna parte del cuerpo que pueda llevar a cabo esa tarea de forma tan flexible y poderosa como la voz.

La herramienta con más poder

En cualquier situación de comunicación, en público o en privado, el buen uso y el dominio de la voz son habilidades imprescindibles para que un líder pueda transmitir mensajes de una forma coherente y persuasiva.

Se ha demostrado, al analizar los impactos de la conducta comunicativa, que el 55 % de ese impacto está relacionado con la expresión del rostro, los gestos y el uso del cuerpo y el 38 % restante, a la voz del comunicante.

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Se dedica mucho esfuerzo a escribir lo que se va a decir, a estructurarlo correctamente para captar la atención de los demás y a ensayar gestos con las manos y expresiones faciales pero, ¿sabemos que nuestra voz es la herramienta que más poder tiene a la hora de conectar con los demás?

Los líderes tienen que encontrar una manera de transmitir lo que representan. Esto se hace entrenando de manera conjunta todos los recursos vocales en una dimensión física, emocional y escénica, ya que la voz es la herramienta diferenciadora y el canal estrella de nuestra comunicación, la que provoca emociones en el público y hace que nos recuerden.

La importancia de la oratoria

Es de vital importancia que cualquier persona que comunique domine las técnicas de la oratoria (prosodia) porque ganará en credibilidad, autoconfianza, y ayudará a convencer a la audiencia.

El entrenamiento en la prosodia del habla implica mejorar el tono, la resonancia, la expresividad, el volumen, el ritmo, las pausas, la cadencia y la claridad de la propia voz. Políticos, ejecutivos y notables oradores públicos hacen uso de la modulación de voz y tienen sus propios entrenadores.

Cuando un representante político hace un discurso en voz alta, no basta con que aprenda el texto de memoria y posteriormente lo recite. Debe ponerle sentido, emoción y significado a lo que comunica a su público. Sin una entonación adecuada y una acentuación óptima, su mensaje no tendrá el mismo calado y terminará por diluirse, siendo la percepción ciudadana final la de un representante incapaz de hacerse entender.

Por tanto, la voz debe tener un peso mucho mayor a la hora de aprender a comunicar, ya que, dependiendo de cómo se utilicen las palabras que se quieren transmitir, tendrán un sentido u otro.


La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.