¿Tenemos hoy una formación universitaria ‘light’?

El 8 de mayo de 1996, el profesor de la Universidad de Harvard Henry Rosovsky pronunció una conferencia en la Universidad Complutense de Madrid que llevaba por título La universidad del siglo XXI: problemas actuales, misión cambiante y posibles soluciones. En ella se refirió al acto de graduación que, año tras año, se celebra en la emblemática universidad de la ciudad de Cambridge. «Es una ocasión impresionante», afirmaba Rosovsky, «el rector de la universidad se pone en pie y les dice a los recién graduados: ‘os doy la bienvenida al grupo de los hombres y mujeres educados’».

Ya estamos otra vez con Harvard, pensarán algunos, con una universidad que para nada representa al resto de universidades. Y tienen razón. Aquella universidad es de unas dimensiones XXL, se mire por donde se mire. Sin embargo, no hace falta haber estudiado en la Universidad de Harvard para que cualquier recién graduado se sienta aludido por la emblemática frase que el rector de turno de aquella prestigiosa universidad pronuncia en los actos de graduación.

Eso mismo podría decirse en la Universidad Estatal de Moscú o la de Lérida, podría dirigirse a los recién graduados en Biología o Arquitectura, y sería válido para las promociones de 1650 y 2019.

Significado de una frase ya histórica

«Os doy la bienvenida al grupo de los hombres y mujeres educados en la universidad». La sencillez del mensaje no debería despistarnos. El propio profesor Rosovsky afirmaba que «durante muchos años, yo he sido la persona encargada de decir esa frase, y todavía sigo preguntándome el significado real de la misma».

Podría pensarse que sus inquietudes giran en torno a si la universidad, la suya y todas, hace uso de las metodologías pedagógicas más innovadoras, a si las nuevas hornadas de graduados están realmente preparadas para ejercer determinadas profesiones, a si se llevan consigo las competencias que se les ha tratado de enseñar o cuestiones por el estilo.

Educación o título

Sin embargo, la cosa no parece ir por allí. De lo que se trata más bien, me atrevo a aventurar con el permiso del profesor Rosovsky, es de saber si el hecho de obtener un título universitario es garantía de haber sido educado en la universidad. Dicho de otra manera, se trata de vislumbrar una posible respuesta a la que Ortega y Gasset, a quien por cierto Rosovsky cita apasionadamente en su conferencia, llamó la cuestión fundamental, a saber: «¿Para qué existe, está ahí y tiene que estar la universidad?».

La historia de la formación universitaria es la crónica de las respuestas que se han dado a la cuestión señalada antes, y parece ser la biografía de una incertidumbre permanente. La educación universitaria vive entre la adaptación y la orientación, entre la educación para algo y la educación hacia algo.

El filósofo inglés Michael Oakeshott representó esta cuestión de una manera muy clara. La educación universitaria recibe dos mensajes al mismo tiempo, por un lado se le dice que «allá fuera en las calles se está gestando algo nuevo, algo que va a acabar con los silogismos y las fórmulas de las escuelas; adáptense o quítense del camino», y por otro lado, se le anuncia que «allá afuera en las calles todo es un caos. Por favor, ayúdenme a distinguir entre lo bueno y lo malo".

Adaptación y orientación

Este asunto no debería ser planteado de una manera maniquea, no estamos ante una dicotomía ante la que haya que posicionarse. La educación universitaria puede ser al mismo tiempo una cuestión de adaptación y de orientación. Ahora bien, los vientos universitarios que soplan hoy en día propician que se dediquen gran parte de los esfuerzos a la adaptación y nos desentendamos de la orientación.

Sí, la educación universitaria contemporánea es valorada según sea su eficacia, utilidad, empleabilidad de los estudiantes, etc. Para qué sirve este contenido o qué utilidad tiene esta actividad que hay que realizar en clase son afirmaciones demasiado conocidas, y están tomando las riendas de la educación universitaria de los últimos años.

Cultivar determinadas virtudes

Sin embargo, la educación universitaria en tanto que orientación es un asunto de vital importancia. La utilidad también se encuentra en lo aparentemente inútil. El tema de la orientación tiene que ver con el cultivo de determinadas virtudes que redundan en la vida personal, social y profesional de quienes las atesoran.

La universidad no es un lugar al que acudir para obtener un título académico, no es solo ni principalmente eso. Dicho logro, importante donde los haya, puede querer decir mucho y puede no querer decir demasiado. Aseguraba el filósofo Michael Levine que tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista. Algo así puede aplicarse al asunto que estamos tratando.

Aprender a vivir

No se trata de disponer de personas con títulos universitarios, sino de disponer de personas que piensen, se muevan y vivan como universitarios. La educación universitaria no es tan solo la acumulación de créditos para adquirir un buen piano, también es el proceso mediante el cual uno aprende a ser y vivir como un pianista.

Pero ¿de qué virtudes estamos hablando? No sería de recibo presentar una lista de las virtudes propias de una persona universitaria. Las dudas del profesor Rosovsky son las de la gran mayoría de personas que encaran seriamente este asunto. La pregunta de Ortega está hoy más abierta que nunca.

Ahora bien, basta con una lectura atenta de los trabajos que se han dedicado a la filosofía de la educación universitaria o, algo más fácil, detenerse a pensar ante las palabras que engalanan la gran mayoría de los escudos de nuestras universidades (verdad, sabiduría, luz, libertad, persona, comunidad, etc.) para poder sospechar algunas de esas virtudes que pueden cultivarse en el transcurso de la aventura universitaria.

En definitiva, deberíamos estar atentos y no acabar fomentando una formación universitaria light, una formación que no se hace cargo de todo lo que debería atender.