Localidad de Schengen, en Luxemburgo, donde se firmó el Acuerdo de Schengen por el que varios países de Europa suprimieron los controles en sus fronteras y trasladaron esos controles a las fronteras exteriores. Oleksii Liebiediev / Shutterstock

La Europa sin fronteras, en peligro

El mundo de ayer (1942) es una obra importante en la carrera del escritor austríaco de origen judío Stefan Zweig. Este libro es muchas cosas, pero es, sobre todo, un alegato contra las fronteras. No es que el autor no afirme su patriotismo, lo hace, pero el suyo es el patriotismo de un estado que, en el momento de escribir la obra, entre 1939 y 1941, ya no existe.

El Imperio Austro-Húngaro, en cuya capital nació Zweig, fue pluriconfesional, plurilingüístico y plurinacional. Un país de límites difusos que le había permitido sentirse ciudadano del mundo. La desaparición de este imperio de más de quinientos años es una catástrofe para Zweig, por la forma en que se produjo, después de una guerra devastadora, y por lo que vino más tarde: la anexión de Austria al Reich alemán.

Stefan Zweig, escritor austríaco (1881–1942) fotografiado en 1931 por Trude Fleischmann. Wikimedia Commons

En este libro, el autor vienés explica la porosidad de las fronteras antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). En sus páginas describe sus viajes por Europa sin pasaporte alguno y la perplejidad que le producía ver como los habitantes de las zonas fronterizas tenían nociones muy vagas de dónde acababa su país y dónde empezaba el país vecino, entre otras cosas porque los habitantes de poblaciones situadas a un lado y otro de los límites nacionales solían hablar el mismo idioma y tenían costumbres similares.

El estallido de la Gran Guerra en 1914 cambió las cosas completamente. Las fronteras se volvieron muros infranqueables que le alejaban de sus amigos franceses e ingleses. Hasta para trasladarse a Suiza, un viaje que realizaba cotidianamente, debía acreditar su identidad con un documento expedido por el gobierno austriaco, una circunstancia que él juzgaba humillante.

Las nuevas fronteras tras la guerra

Al acabar la guerra, que destruyó por completo el antiguo Imperio Austro-Húngaro y llenó el centro de Europa de nuevas fronteras, su mundo había desaparecido completamente. Era imposible desplazarse de un país a otro sin pasaporte, un formalismo burocrático que antes de la conflagración sólo se exigía en el Imperio Ruso y en el Imperio Otomano.

Además, los nacionalistas que proliferaron por toda Europa después de 1918 empezaron a identificar como enemigos nacionales a aquellos pueblos, tan europeos como ellos mismos, que históricamente se habían establecido sin atender límites nacionales, lingüísticos o religiosos, como los gitanos o los judíos, comunidad esta última a la que pertenecía el escritor austríaco.

Finalmente, Zweig acabó sus días suicidándose en Petrópolis (1942), una ciudad brasileña situada cerca de Río de Janeiro en la que se había refugiado huyendo del nazismo.

El escritor austriaco, que había realizado un largo periplo desde Europa hasta llegar a Sudamérica, se quitó la vida porque no pudo soportar el desarraigo ni la pérdida de su vida anterior a la gran catástrofe europea. Sin duda alguna, fue una de las muchas víctimas del terrible siglo XX.

Al acabar el largo período de guerras mundiales, la Primera (1914-1918) y la Segunda (1939-1945), la Europa de posguerra es una Europa de fronteras, en muchos casos límites estrictos que separaban comunidades que antiguamente habían convivido durante siglos sin prestar demasiada atención a las divisorias. La población judía de Europa había sido severamente diezmada, hasta el punto que ciudades como Cracovia, Praga, Lviv, Budapest o Bratislava, habían visto desaparecer a su ancestral y numeroso vecindario hebreo.

El telón de acero

Europa dividida por el «Telón de acero». Los países de la OTAN en azul, los miembros del Pacto de Varsovia en rojo, los no alineados en verde y países neutrales en gris. Sémhur / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Se produjeron grandes movimientos de población, los alemanes fueron expulsados de los territorios del este y muchos de los judíos sobrevivientes emigraron a América o a Israel.

La guerra fría extendió un denso “telón de acero” que separaba la Europa occidental, bajo influencia norteamericana, de la Europa oriental, supervisada por la Unión Soviética. La propia Alemania fue troceada en zonas de influencia pertenecientes a las potencias aliadas que derrotaron al nazismo, la futura República Federal de Alemania, y su capital histórica, Berlín, dividida en dos sectores separados por un muro que el gobierno de la República Democrática de Alemania construyó bajo el epígrafe de “defensa antifascista”.

Desplazarse libremente por Europa ya no sería posible. Para los alemanes no sería posible hacerlo ni por su propio país. Las fronteras europeas se convertirán en murallas difíciles de franquear, muy a menudo marcadas con vallas electrificadas o tapias que delimitan físicamente los límites de los estados.

Espacio Schengen. En azul los países miembros del espacio. En verde, los países obligados a adherirse. Wikimedia Commons, CC BY-SA

La creación de la Comunidad Económica Europea en los años cincuenta del siglo pasado empezará a revertir esta situación, que se verá condicionada por el Acuerdo de Schengen, firmado en 1985 y en vigor desde 1995, cuando cuatro estados de la Unión Europea (Luxemburgo, Países Bajos, Francia, Bélgica y la República Federal de Alemania) deciden suprimir los controles en las fronteras interiores de lo que se llamará el espacio Schengen, que garantizará la libre circulación por Europa de cualquier ciudadano que se mueva por este territorio de manera legal.

La nueva Europa

Más tarde se incorporarán otros estados al tratado hasta un total de veintiséis, cuatro de los cuales (Suiza, Lichtenstein, Islandia y Noruega) no forman parte de la Unión Europea.

El final de la guerra fría, la desaparición de la URSS, aún con el corolario de nuevas independencias y por lo tanto de nuevas fronteras, y la unificación alemana serán algunas de las etapas previas que facilitarán la materialización de este gran acuerdo internacional.

Acuerdo que ahora está amenazado por el resurgimiento de movimientos ultranacionalistas europeos que abogan por volver a endurecer las fronteras, las interiores y las exteriores, con el ánimo de dificultar la circulación de personas entre estados y, sobre todo, para impedir el acceso a ciudadanos provenientes de otros lugares del planeta, expulsados de sus países de origen por causa de guerras, crisis económicas o persecuciones políticas.

El viejo sueño de Zweig vuelve a estar en peligro.