El escritor sin lector está perdido. Donald Tong / Pexels

Rompiendo la cuarta pared

Empecemos por una simple pregunta. ¿Es usted un lector ávido o un lector “twittero”? O, mejor, ¿lee usted?

No me atrevo a responder. Aún estoy en pañales con la teoría parediana, pero desde aquí quiero dilucidar que la literatura –independientemente del medio en el que se haga notar– cada día tiene menos followers.

Actualmente, la gente está absorta en su vida y no se detiene, a veces, en leer ni tres líneas. Las siguientes preguntas que me planteo son: ¿Qué pasa? ¿Por qué la gente se aburre leyendo y prefiere ver imágenes y memes? Son preguntas retóricas, lo sé. Sin embargo, viene al pelo lo de retórica, porque precisamente, si aún sigue leyendo, de ella voy a hablar. Intentaré ser breve para que usted no se aburra y, por ende, cierre la pestaña.

Para empezar, voy a tutearte. Voy a acercarme más a ti. A tu mirada a través de estas líneas. Y ya vemos qué ocurre al final.

Origen de la cuarta pared

La cuarta pared, o bien la teoría parediana, es la razón de ser de estas líneas. Yo no inventé el término. Lo he cogido prestado de su padre, Denis Diderot (1713-1784). Este hombre de letras asumió que existía una pared ficticia entre el escenario y el público. Hizo partícipe a los intérpretes de esa pared imaginaria justo enfrente de ellos. A priori, este término no se aplica en literatura. Pero tiene sentido si quieres hablar de la relación entre tú, como lector, y yo, como escritora.

Desafortunadamente, cuanto más pasa el tiempo, la proximidad comunicativa entre nosotros se aleja más, hasta límites insospechados. Y eso es, como poco, peligroso.

Esta teoría parediana y transgresora aboga por la supervivencia e implementación de este concepto teatral también en la literatura. Descartes consideraba que un orador no puede ser uno mismo si no hay existencia externa a él. O lo que es lo mismo, si tú no me lees, o, peor, si nadie me lee, esto no tiene ningún sentido. Por eso, considero esencial nuestra relación, ya que sin tu existencia yo desaparecería.

Teoría parediana

La literatura, hija del arte y de las humanidades, está en constante movimiento. La lingüística, como ciencia que estudia los mecanismos del lenguaje, su origen, evolución y estructura, tiene una función imperativa e inapelable dentro y fuera de ella. Por eso, no puede existir una sin la otra. La comunicación es el elemento clave entre ambas.

Por su parte, la retórica es la observadora y jueza de todo estímulo comunicativo. Es aquella que analiza al dedillo lo que se esconde detrás de las palabras. No dudes en consultar a uno de los grandes escritores y filósofos que escribieron sobre ella, al “cavernero” Aristóteles y su Retórica.

Las personas que utilizan estas herramientas para acercarse al público provocan el crecimiento de un engranaje retórico cada vez más fuerte. Los elementos comunicativos clave que unen la literatura y la lingüística son el mensaje, el contexto, el canal y, por supuesto, la intención, amén de otros posibles. En otras palabras, quiero que veas la retórica de mis intervenciones a través de la fricción que provoco en ese muro etéreo.

Según Wolfgang Iser, la “clave en la lectura de toda obra literaria es la interacción entre la estructura de la obra y su receptor”. Con esta afirmación, deducimos que esa interacción, aunque no sea palpable y sólo se encuentre en nuestras mentes, es significativa. Es más, Iser afirma que en una obra literaria se debe estudiar no sólo su texto sino también las respuestas que puedan desarrollarse en el receptor, en ti. En una obra literaria, el mensaje se transmite en dos direcciones, por cuanto tú lo “recibes” construyéndolo. No existe un código común.

Como afirma Iser, es importante reconocer las dificultades que conlleva la descripción de la interacción de ambos protagonistas (narrador y lector). Para fundamentar esto, Laing (1966, 1968), reforzado luego en palabras de Iser, escribe lo siguiente: “La experiencia que el otro tiene de mí es invisible para mí y mi experiencia del otro le es invisible a él. Yo no puedo tener experiencia de su experiencia. Él no puede tener experiencia de mi experiencia. Ambos somos invisibles. Todos los hombres son invisibles el uno para el otro. La experiencia consiste en esta invisibilidad de un hombre a otro (1968:16)”.

El abismo eterno

Gracias a Iser y Laing, podemos comprender que la relación entre nosotros es inexistente pero existente a la vez. Grosso modo, nunca sabré cómo reaccionas al leerme, a pesar de que yo tenga una intención concisa, determinada, que no es otra que hacerte “reflexionar”. Te manipulo a propósito.

Y tú, como receptor, eres libre de pensar como quieras. Sin importar lo que yo diga, tú has reaccionado de alguna manera. Aunque sea con un rictus inmóvil, inerte. Eso también es una reacción. La no reacción es una reacción.

Por eso es tan mágico e inexorable el abismo perpetuo entre nuestros mundos. La interacción entre ambos hace que lo humanístico rompa las paredes de nuestro cerebro y se genere una situación real a través de una situación ficticia.

Como colofón, te planteo algunas preguntas, y ya tú, si quieres, las respondes ¿Seremos capaces de preservar el lenguaje en los próximos años? O, en cambio, ¿nos volveremos como los habitantes de Eurasia (país inventado por George Orwell en su obra 1984) utilizando la neolengua y sin tener apenas vocabulario para comunicarnos? ¿Seremos meros muñecos sin discursos reales y pareceremos patos, como también menciona Orwell en 1984? ¿Se nos acabará el pensamiento porque se borrarán nuestras palabras?

En realidad, no tenemos conclusiones, sólo especulaciones. No sabemos qué pasará con este poder que nos une. No sabemos si persistirá o si llegaremos a carecer de pensamiento y, por alusión, de razonamiento. Desde aquí, quiero reivindicar que debemos hacer que perdure. Tanto tú como yo. Que no se pierdan las palabras ni nuestras intenciones. Somos capaces de crear historias, mundos, fantasías. El lenguaje es el vehículo conductor que nos hace únicos. Valoremos ese arma tan valiosa, ese tesoro tan vilipendiado en la era de la tecnología, las redes sociales y las fakenews.