¿Son compatibles las religiones y la democracia?

Las bodas de Caná, Paolo Veronese, 1563. Museo del Louvre. Wikimedia

¿Son compatibles las religiones y la democracia?

Cuando los políticos buscan el apoyo de una iglesia a costa de otra, o cuando las autoridades religiosas dicen hablar en nombre del pueblo, toca preguntarse si el funcionamiento adecuado de una democracia no requiere apartar totalmente la religión de la esfera pública. En este sentido, a raíz de nuestro trabajo para el Panel Internacional sobre el Progreso Social, llegamos a la conclusión de que la religión no era ni esencialmente prodemocracia ni antidemocracia.

Para vivir juntos en libertad y responsabilidad, debemos observar detalladamente el funcionamiento de las religiones y sociedades en concreto. Y, lo que es más importante, debemos examinar la actividad y las organizaciones religiosas sobre el terreno, no sólo sus asuntos teológicos y sus autoridades.

El legado de la Ilustración

En muchas tradiciones religiosas se pueden encontrar ejemplos de manifestaciones antidemocráticas. Además de los regímenes autoritarios apoyados por las religiones monoteístas de todo el mundo, son muestra de ello el nacionalismo hindú en la India y la represión de las minorías musulmanas por parte de las autoridades budistas en Myanmar.

Desde la Ilustración, los vínculos entre las religiones y los regímenes antidemocráticos han llevado a algunos pensadores a considerar que todos los credos defienden la intolerancia hacia los que tienen otra visión del mundo e inculcan en sus seguidores preceptos de obediencia y respeto a sus autoridades que son incompatibles con la democracia y las libertades individuales.

Separar radicalmente todas las formas de religión de la vida pública parece ser la mejor solución. Los franceses establecieron primero el principio del laicismo y otros países siguieron después su ejemplo.

Caricatura del periódico satírico francés Le Rire burlándose de la ley ‘quirúrgica’ de 1905 que separaba las iglesias del Estado. Charles Léandre /Wikimedia

El peligro de las generalizaciones

Por supuesto, no todos los países democráticos funcionan así. Otras teorías han cuestionado si ciertas tradiciones religiosas son más o menos compatibles con el sistema democrático.

Según el momento y el lugar, la misma religión puede ser vista como el fermento de la democracia o, por el contrario, como una traba para su funcionamiento.

Alexis de Tocqueville, por ejemplo, escribe que los católicos “forman la clase más republicana y democrática de Estados Unidos”. Según él, la razón de esto es la importancia de la igualdad en esta religión:

“El catolicismo pone en el mismo nivel a todas las inteligencias; obliga a creer hasta el último detalle lo mismo al sabio y al ignorante, al genio y al hombre vulgar; impone las mismas prácticas al rico como al pobre, inflige las mismas austeridades en el poderoso como en el débil; no hace componendas con ningún mortal y aplica a todos los humanos la misma medida, le gusta mezclar a todas las clases sociales al pie del mismo altar”.

Más de un siglo después, el sociólogo Seymour Martin Lipset llegó a la conclusión contraria: para él, el sistema democrático implica aceptar todo tipo de ideas, mientras que la Iglesia Católica afirma que es la única que tiene la verdad.

El Papa Francisco de espaldas durante una audiencia privada el 22 de junio de 2018 en el Vaticano. Alberto Pizzoli/AFP

Los países católicos, argumenta, son particularmente inestables e incapaces de cultivar el sentido de compromiso y pluralismo que son esenciales en el concepto mismo de democracia.

Más recientemente, y más concretamente, la “Teología de la liberación” desarrollada por la Iglesia católica ha llevado a la aparición de “comunidades cristianas de base” en las que los ciudadanos han definido sus preocupaciones cotidianas y se han organizado democráticamente para hacer evolucionar las cosas.

El caso de América Latina muestra claramente que la implicación de la religión en la esfera política puede tener múltiples facetas. David Smilde, coautor de este artículo en nuestro informe, examinó los múltiples papeles que han desempeñado los grupos religiosos en la historia reciente de Venezuela. El clero católico se opuso activamente al chavismo socialista, pero varias comunidades católicas se unieron, creyendo que el clero no tenía en cuenta la opinión de los fieles. Es interesante destacar que los protestantes neopentecostales también apoyaron al movimiento chavista, a diferencia de las corrientes más tradicionales del protestantismo.

Alexis de Tocqueville y Seymour Martin se equivocaron al considerar que la fe católica (o protestante) era inherentemente democrática o antidemocrática. La participación popular de cristianos de ambos credos en la vida pública en Venezuela demuestra que no se puede generalizar.

El candidato presidencial de la oposición venezolana y pastor evangélico Javier Bertucci saluda a sus seguidores en la ceremonia de clausura de su campaña en Valencia el 16 de mayo de 2018. Luis Robayo/AFP

¿Y el Islam?

Sin embargo, estas generalizaciones son comunes en otras religiones, en particular el Islam. Generaciones de pensadores han sostenido que la religión musulmana es incompatible con el sistema democrático.

El filósofo de la Ilustración Charles de Montesquieu declara así que “el gobierno moderado se adapta mejor a la religión cristiana y el gobierno despótico al mahometano” debido a la “mansedumbre tan recomendada en el Evangelio”, que contrasta con la “cólera despótica” que caracteriza el comportamiento de los “príncipes mahometanos”.

En el siglo XX, el historiador especialista en Oriente Medio Élie Kerdourie escribió:

“La idea de la laicidad del Estado, de una sociedad compuesta por una multitud de grupos y asociaciones autónomas generadas espontáneamente, es profundamente ajena a la tradición política musulmana”.

De manera similar, Samuel P. Huntington utiliza la naturaleza del Islam para explicar por qué tan pocos países musulmanes se convirtieron en democracias durante la “Tercera Ola” de democratización que comenzó en la década de 1970. Él escribe:

“En la medida en que la legitimidad y la política del Gobierno se derivan de la doctrina y los conocimientos religiosos, la concepción islámica de la política difiere de los principios democráticos y los contradice”.

Sin embargo, las cosas no son tan obvias en la realidad. Varios países de mayoría musulmana, entre ellos Indonesia, Senegal, Turquía y, más recientemente, Túnez, han logrado establecer y mantener gobiernos democráticos. No obstante, según estadísticas recientes, cuanto más numerosa es la población musulmana de un país, más probable es que esté sometido por un régimen autoritario.

En Indonesia, donde la mayoría de la población es musulmana, algunos partidos defienden un enfoque conservador, pero el país sigue siendo una democracia. m.timur/Flickr, CC BY-SA

La investigación de Tarek Massoud, otro de nuestros coautores, sugiere que estos gobiernos autocráticos pueden no ser los que los ciudadanos musulmanes habrían elegido.

De hecho, en un estudio sobre la actitud de los ciudadanos hacia la religión y la democracia en Argelia, Egipto, Marruecos y los territorios palestinos en los años 1980-1990, el politólogo Marc Tessler concluye que “contrariamente a lo que algunos investigadores occidentales afirman, el Islam no es un obstáculo para la democratización”.

Estas son también las conclusiones de Pippa Norris y Ronald Inglehart que, en su exhaustivo análisis de los datos multinacionales proporcionados por la World Values Survey, demuestran que “Occidente y el mundo musulmán tienen actitudes sorprendentemente similares hacia la democracia”.

Tarek Masoud, profesor asociado de la Kennedy School of Government de Harvard, habla sobre el Islam político (conferencia pronunciada en la Foreign Policy Association en Nueva York en 2013).

De manera similar, Amaney Jamal, un profesor de ciencias políticas que analizó un subconjunto de los mismos datos de Egipto y Jordania, sostiene que “la dicotomía entre el Islam y la democracia es una idea equivocada”, ya que “la gran mayoría de los encuestados jordanos y egipcios defienden tanto el Islam como la democracia”.

Más recientemente, un estudio sobre las actitudes hacia la democracia realizado por Sabri Cifti en diez países musulmanes también mostró que el respeto de los principios del Islam no era en absoluto incompatible con la defensa de la democracia, que goza de “un apoyo muy importante e independiente de las tradiciones "sectarias” o teológicas presentes en el mundo musulmán".

Desde principios de la década de 2000, se han presentado muchos casos similares. Por lo tanto, el apoyo individual a la democracia está muy extendido entre los musulmanes.

Tunecinos se manifiestan sobre el papel del Islam en su nueva sociedad en octubre de 2011. Magharebia/Flickr, CC BY-SA

La realidad terrenal

Para evaluar el impacto de la religión en la participación democrática, es esencial ver cómo las religiones son “experimentadas” por los ciudadanos comunes y cómo se organizan a nivel local. Cada corriente se basa en ideas, ritos y formas de vida que pueden promover -o impedir- el funcionamiento de la democracia.

Los politólogos Pazit Ben-Nun Bloom y Gizem Arikan examinaron datos de 54 países proporcionados por la Encuesta Mundial de Valores para destacar los diferentes efectos de las creencias y prácticas religiosas. Según este estudio, las personas que pertenecen a una organización religiosa muestran un mayor interés por la política, tienen más confianza en las instituciones y son más favorables a la democracia. La forma en que las personas practican su religión puede conducir al “desarrollo de habilidades cívicas y normas positivas para la democracia”.

De manera similar, los politólogos norteamericanos Sidney Verba, Key Lehman Schlozman y Henry Brady han demostrado que la práctica religiosa es un indicador de la participación cívica, especialmente entre los ciudadanos menos privilegiados. Dentro de los grupos religiosos, las oportunidades de expresión, organización y liderazgo ayudan a desarrollar habilidades para la participación democrática.

El Reverendo Martin Luther King Jr. es, sin duda, el ejemplo más conocido de religiosos comprometidos con la política. Aquí, en el Lincoln Memorial, donde pronunció su famoso discurso, ‘Tengo un sueño’, el 28 de agosto de 1963. US government/Wikimedia

Integrar la religión

En un libro publicado en 2011, Rethinking Religion and World Affairs (Repensando la Religión y los Asuntos Mundiales), estos autores sostienen que es más probable que la democracia emerja y se sostenga cuando las religiones se integran en el proceso de transición que si son vistas como fuerzas hostiles.

Integrar la religión significa prestar atención a la forma en que las personas actúan y se organizan, no sólo a sus ideas o doctrinas, o incluso a los discursos de las autoridades religiosas. Debe tenerse en cuenta el hecho de que los grupos religiosos pueden promover u obstaculizar el surgimiento de un orden político democrático. Cuando las organizaciones religiosas están presentes y activas, es probable que desempeñen un papel importante en cualquier intento de democratización.

En las manifestaciones democráticas de Hong Kong en 2014, por ejemplo, los representantes de las comunidades cristianas ocuparon un lugar central, tal y como lo habían hecho un siglo antes en el continente, siguiendo a Sun Zhongshan (Sun Yat-sen), Presidente de la República fundada en 1912 y cristiano convertido.

Sentados, de izquierda a derecha: Yang Heling, Sun Yat-sen, Chen Shaobai y You Lie. Levántate, Guan Jingliang, 1892. Sun Yat-sen fue un intelectual y revolucionario chino, padre fundador de la República de China. Wikimedia

Los grupos religiosos y sus líderes siempre deben ser estudiados en su contexto, pues cada caso es único y complejo.

Cuando los musulmanes crean partidos islámicos, tienden a funcionar como cualquier otro partido político, en la medida en que están condicionados por la realidad del día a día. Los reveses de la Hermandad Musulmana en Egipto demuestran lo difícil que es establecer generalidades sobre el papel de la religión en la democracia.

Así, a la vista de los casos mencionados, podemos concluir que las religiones (o la religión en general) no son ni fundamentalmente pro-democráticas ni fundamentalmente antidemocráticas, ni de derechas ni de izquierdas, ni siquiera a favor ni en contra de la libertad de culto. Cada situación debe ser examinada a su propia manera.


Este artículo pertenece a una serie de contribuciones procedentes del International Panel on Social Progress, una iniciativa académica global de más de 300 académicos de ciencias sociales y humanidades que han elaborado un informe sobre las perspectivas de progreso social en el siglo XXI. En colaboración con The Conversation, los artículos ofrecen una panorámica del contenido del informe y de la investigación de los autores.

This article was originally published in English