¿Tiene usted cara de candidato político?

¿Tiene usted cara de candidato político?

Fíjese en el rostro que ilustra este artículo. ¿Qué le parece? ¿Se fiaría de esta persona? Continúe mirándolo. ¿Es un hombre o una mujer? ¿Cree que es una buena persona? ¿Cree que podría ser el rostro de un asesino o asesina? ¿Cree que es competente? Si se fija bien, es posible que observe algún rasgo que le proporcione la pista definitiva. Ese detalle en los ojos, la intención que denota. O puede que sea la forma en la que frunce el ceño. ¿Qué rasgo será el que aporte la información definitiva para determinar si puede o no confiar en esta persona? Ese rasgo que, en realidad, determina a la persona que lo observa y no a la que es observada.

Son diversas las investigaciones que han estudiado cómo el cerebro procesa la información que obtiene del rostro de una persona. Un precipitado juicio que el cerebro resuelve en un breve período de tiempo. Un fugaz instante en el que es capaz, por ejemplo, de dictar sentencia acerca de a qué etnia pertenece un rostro y conferir todo tipo de atributos, tanto positivos como negativos. Una serie de investigaciones que pueden aplicarse a la comunicación política: diseñar el candidato con la apariencia ganadora.

El juicio tras ver un rostro

Siempre puede pensar, qué duda cabe, que nadie juzga a otra persona en tan poco tiempo, menos si nos referimos a juicios políticos. Por muy amigos que seamos de las primeras impresiones, incluso de los flechazos, nos tenemos en más alta estima. Creemos que somos seres más racionales que procesan todo tipo de variables a la hora de determinar el grado de confianza que depositamos en una persona. No se preocupe, la intención de ésta y otras investigaciones no es que dude de su ecuanimidad y sentido de la justicia. Lo más relevante es analizar qué tipo de inferencias somos capaces de realizar, con esas primeras impresiones, sobre las personas. ¿Qué juicios podemos efectuar con la simple visión de un rostro?

Nadie espera que vaya usted por la calle pestañeando a toda velocidad para no perder detalle. No, nadie lo espera del todo. Tenga en cuenta que, por mucha atención que pueda prestar, por muy imparcial que desee ser, esas construcciones que su cerebro atesora condicionan su perspicaz percepción. Estereotipos, prejuicios, construcciones cognitivas… toda una batería de pistas que descifran todo aquello que percibimos.

Combinación ganadora

¿Cuáles son las claves para descifrar un rostro? ¿Qué rasgos son los más determinantes para conseguir nuestro apoyo político? Son diversos los estudios que tratan de averiguar la combinación de rasgos más propicios. Mujer caucásica, competente, atractiva, hombre no caucásico, honesto, unos ojos como los nuestros, nariz achatada, mirada cálida, nunca con barba, los calvos no ganan elecciones… Figuras de las ruedas de una máquina tragaperras que giran fruto del azar genético y cuya combinación ganadora se parece más a una extravagancia estadística que a una deliberada estrategia de unos progenitores empeñados en ofrecer a la política el rostro del candidato perfecto. Suerte que casi cualquier consultor, casi cualquier partido, cuenta con algún aplicado fotógrafo y/o especialista en Photoshop con los suficientes conocimientos para corregir el pobre material genético que aporta el candidato.

Unos trabajos que tratan de conseguir la imagen más óptima, la más adecuada, para obtener el mejor resultado electoral posible. Sin embargo, tanto esfuerzo podría resultar en vano. Si estos consultores pudieran elegir preferirían mostrar poco a sus candidatos. No podemos pasar por alto que, cuanto menos se ve, más se percibe. Cuando menos se piensa, más eficaz es esa percepción. Tenga en cuenta que esa compleja evaluación que realiza sobre las imágenes, sobre un rostro, algunos investigadores como Todorov y Olivola, entre otros, la reducen a tiempos récord cercanos a los 100 milisegundos. Un instante más que fugaz que garantiza la eficacia de los estereotipos. Puede que usted no los vea, pero seguro que su cerebro sí percibe todos esos elementos.

Pese a todo, lo más interesante de este tipo de investigaciones no está en la combinación de rasgos que nos posicionan favorablemente respecto al resto de candidatos. Si algo advierten estos estudios es la dependencia que estas variables, aquellas que se emplean para realizar estas evaluaciones, muestran de las dinámicas sociales, la experiencia, etc. Por este motivo, aunque un rostro pueda presentar la combinación ganadora: unos rasgos que indican madurez, atractivo (que no belleza), rudeza, la suficiente agresividad sin resultar amenazante, honestidad… pese a que esta acertada mezcla pueda mostrar su solvencia como factor predictivo del voto, no tiene por qué reproducirse en cada escenario electoral.

No en todos los países y contextos se identifican los rasgos del mismo modo y la demanda de un tipo de candidato no tiene por qué ser constante a lo largo del tiempo. Aunque puedan identificarse cuáles son los rasgos de la honestidad, aquellos que despiertan nuestra confianza y nos animan a votar por ese candidato, éstos no tienen por qué autorreproducirse en todos los candidatos del mismo modo. Al fin y al cabo, los códigos, el marco de referencia, varía en función de múltiples variables.

Atrapados en un concurso de belleza política

Además, la capacidad predictiva, ésa que nos dice si votarán o no por la apariencia del candidato, depende en gran medida de los patrones de consumo de información del elector. Aquellos con un menor interés por la política y un menor consumo de información tendrán más probabilidad de resultar víctimas de las imágenes y artificios que crea la mercadotecnia.

Si, además, esas reducidas dosis de información las recibe a través de la televisión, de medios audiovisuales, probablemente se encuentre atrapado en una especie de concurso de belleza política. Una extraña suerte que confía la decisión de voto a factores menos racionales de lo que cabría esperar.

¿Sabe ya a qué género corresponde el rostro de la cabecera? Es posible que no lo sepa aún. Incluso es posible que, leído lo escasamente racional que resulta imputar estereotipos a los rostros, se haya negado a ello. En realidad, acertar no es importante. O sí. Tenga en cuenta que en el momento que empieza a pensar en ello, el juego pierde eficacia. Pero no se preocupe, cuando menos se lo espere, a lo largo de su día a día, su cerebro le chivará toda la información.