¿Cuándo dejamos de ser jóvenes?

Definir la juventud se ha vuelto cada vez más problemático en nuestras sociedades contemporáneas. La perspectiva tradicional marcaba tres hitos que diferenciaban la etapa de la juventud de la etapa adulta: acabar los estudios, encontrar un trabajo y abandonar el hogar paterno. Pero estos tres hitos ya no marcan las fronteras nítidas que podían tener las generaciones anteriores.

Los estudios se han alargado. Prácticamente la mitad de cada cohorte llega a la universidad, pero la llamada formación continua hace que el estudio ya no sea una característica exclusivamente juvenil. El acceso al trabajo se ha hecho más problemático, y mucho más consolidar una posición laboral consistente. También se ha desdibujado la frontera entre estudios y trabajo: cada vez más jóvenes empiezan a trabajar antes de acabar los estudios.

Se posterga la creación de una familia

La emancipación familiar se ha postergado, y con ello la maternidad o paternidad y la creación de nuevas familias. Todo ello ha dado lugar al fenómeno conocido desde los años 80 del pasado siglo como el alargamiento de la juventud. Este alargamiento ha suscitado numerosos debates que han llegado a cuestionar el concepto de transición como propio de la juventud, dado que las fronteras entre ser joven y ser adulto se han vuelto borrosas y reversibles.

Este alargamiento ha dado pie a relacionar lo joven con aspectos culturales, de ocio y de consumo, mucho más que con las dimensiones estructurales de la vida colectiva (formación, empleo, familia). Pero, por otro lado, la pérdida de valor de los títulos educativos, la precarización del empleo y las dificultades en el acceso a la vivienda han sido la base de reivindicaciones para que se implementen políticas públicas que favorezcan la emancipación de los jóvenes.

En definitiva, la transición continúa siendo un objetivo de la mayoría de las personas jóvenes, aunque se postergue en el tiempo y tenga más dificultades que en el pasado.

Estas dificultades, sin embargo, varían mucho en función de los recursos familiares. Por ejemplo, para los jóvenes con padres sin estudios las probabilidades de llegar a la universidad son muy bajas, y el acceso temprano al mercado de trabajo son muy elevadas. Los jóvenes, y sobre todo las jóvenes que alargan sus estudios y tienen expectativas de realizar carreras profesionales, postergan la maternidad hasta pasados los 30 años.

Las dificultades también pueden mitigarse en función de las políticas públicas de apoyo a los jóvenes. De hecho, esta es una de las diferencias con otros países europeos. En Noruega, paradigma del estado del bienestar construido a partir de los años 50 del pasado siglo, la edad media de emancipación es de 22 años. En España y en otros países del sur de Europa con estados del bienestar mucho más débiles, esta edad media sube a los 30 años.

Esta debilidad de las políticas públicas se compensa con el papel protector de las familias, lo que a la vez refuerza las desigualdades sociales que se han comentado anteriormente. También hay que tener en cuenta que las relaciones entre padres e hijos se han transformado notablemente en las últimas décadas, ha bajado notablemente el conflicto generacional, y los hijos tienen menos incentivos para abandonar el hogar paterno.

Los ecos de la última crisis

Otra cuestión que ha sido relevante en los últimos años ha sido el efecto de la gran recesión que empezó en el año 2007.

Aunque todavía es pronto para hacer un balance del impacto, hay tres aspectos a destacar:

  • El primero es que ha aumentado el retorno a la educación, en particular a la formación profesional, tan denostada en nuestro país.

  • El segundo es el aumento de la precariedad del empleo, aunque ya se partía de elevados niveles. Esto lleva a dos efectos: el alargamiento de la construcción de una posición laboral sólida y la normalización de la precariedad como modus vivendi de muchos jóvenes.

  • El tercer impacto, quizá el más sorprendente, es que prácticamente no ha modificado la edad de emancipación familiar, porque ya era muy elevada antes de la crisis.

El conocimiento sobre las transiciones de los jóvenes es un imperativo para desarrollar políticas y estrategias de orientación y acompañamiento de los jóvenes para que puedan, si quieren y cuando quieran, dejar de ser jóvenes.

En este sentido, hay que evitar dos errores comunes:

  • El primero es la generalización. Etiquetas como generación ni-ni o generación perdida son hipérboles que no describen, más bien estigmatizan, y ocultan las profundas desigualdades entre los jóvenes.

  • El segundo es la nostalgia, pensar en un pasado no problemático donde las transiciones eran lineales y suaves. Ni antes eran tan fáciles, ni ahora todos los jóvenes son adolescentes mimados y sin expectativas de futuro.