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Teclas de Control C (copiar) y Control V (pegar)

El síndrome de inmovilidad ante el plagio

La aparición de trabajos de fin de máster duplicados, la compra de trabajos de fin de máster y la dudosa autoría de tesis doctorales en el mundo de la política llenó en septiembre del 2018 los titulares de los medios de comunicación.

De pronto, estaba en boca de todos un problema que lleva décadas ocupando los descansos para el café del profesorado universitario: el plagio. La prensa daba cuenta de un rompecabezas que se había ido cocinando lentamente entre las paredes de la universidad.

Los programas antiplagio (TurnitIn, CopyLeaks y Viper, entre otros) cobraron protagonismo y desde la academia española volvió a plantearse la necesidad de adoptar medidas que ya se habían empezado a tomar en otros países occidentales: apertura de expediente, suspenso automático o, incluso, expulsión.

Parecía que había llegado el momento esperado. Era la oportunidad para que sindicatos de estudiantes y órganos directivos de las universidades se juntasen para tomar decisiones y regular las sanciones ante estos casos. Sin embargo, dos años después, el debate ha quedado en el limbo.

La COVID-19 parece haber robado protagonismo a largo plazo a una práctica que, lejos de desaparecer, la docencia virtual ha venido a acentuar. A pesar de no tener presencia en los medios de comunicación, el plagio sigue campando a sus anchas.

Ese gran desconocido

Pero, ¿qué es realmente plagiar? Tradicionalmente se ha entendido el plagio como la reproducción de ideas o palabras ajenas como propias. Sin embargo, el plagio es un fenómeno de naturaleza compleja que se pone en evidencia especialmente en el nivel universitario.

El motivo de la eclosión en esta etapa es claro. Tras numerosos años de escolarización en los que los estudiantes se limitan a repetir ideas, resumir planteamientos y reproducir un discurso previamente memorizado, llegan al mundo de la universidad en el que los objetivos cambian. El fin ya no es “decir el conocimiento”, sino “transformar el conocimiento”.

Bereiter & Scardamalia ya daban cuenta de ello en 1987. Ambos autores apuntaban a que es necesario educar a escritores que sean capaces de hacer un uso estratégico de la información preexistente y crear nuevas ideas.

La alfabetización académica

Pero gestar ideas no es fácil y menos si no se ha recibido instrucción concreta al respecto. Así, se habla de que al llegar a las puertas de la universidad los estudiantes se adentran en un nuevo proceso de alfabetización, la alfabetización académica. En ella, la finalidad es interiorizar los modos de interacción propios de una nueva comunidad discursiva: los nuevos géneros discursivos (reseñas, informes, abstracts…), el estilo formal, etc.

Además, el plagio es un fenómeno multicausal. Las inseguridades, la pereza o la baja autoestima pueden ser motivos que impulsen a los estudiantes a plagiar. Hablamos, en estos casos, de factores internos. De la misma manera, parecen factores determinantes otros de naturaleza externa y que pueden venir determinados por la propia universidad.

Entre esos factores se encuentra que el profesorado solicite año tras año la misma tarea (fácil de conseguir con una llamada a los estudiantes de un curso superior) o la solicitud de tareas con respuestas cerradas y que no dan lugar a la creación de nuevas ideas. También se incluyen la falta de acompañamiento durante el desarrollo de las tareas y, sobre todo, el denominado fast food académico: “quiero diez páginas para mañana” (Linne, 2014).

¿Hay alternativa?

La complejidad detrás de esta práctica lleva a cuestionar si existe alguna alternativa. También surge la duda de si la universidad está en condiciones de tomar medidas para evitar este dilema. El primer paso parece ser cambiar el planteamiento cultural y reforzar la idea de que la universidad tiene que ser un nido de ideas, una fábrica de conocimiento.

Así, parece necesario que las facultades proporcionen herramientas para que los estudiantes puedan divulgar ese conocimiento por escrito. Alfabetizar (tanto a nivel oral como escrito) supondría una de las primeras metas desde que el alumnado se adentra en la academia. Para ello, una de las opciones sería incluir en la oferta educativa asignaturas que pongan el foco en el desarrollo de la competencia comunicativa del alumnado, independientemente del área de conocimiento en el que estén cursando sus estudios. Esto afectaría tanto a la etapa de grado como a la de posgrado.

La segunda meta pasa por conocer qué hace que los estudiantes plagien incluso a sabiendas de que puede ser penalizado su trabajo si hay plagio. En este sentido, el reto es analizar cuáles son las dificultades que tienen los estudiantes y ofrecerles recursos para que sepan cómo evitar el plagio.

Por último, es momento de poner sobre la mesa si programas como TurnitIn deben utilizarse para prácticas punitivas o si, por el contrario, pueden ser empleadas en el aula como herramientas pedagógicas. Sin embargo, en todos estos casos, será necesario que profesorado, alumnado y órganos directivos remen en la misma dirección.

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