La importancia de la mirada en la protección del patrimonio

La Gran Esfinge de Giza, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Mavila2 / WikimediaCommons

La importancia de la mirada en la protección del patrimonio

Los fuertes vientos del desierto líbico habían dejado a la gran esfinge de Giza oculta entre la arena. El futuro faraón Tutmosis IV, cansado tras una jornada de caza, decidió descansar a la sombra de la arruinada figura y en sus sueños se le apareció el dios solar, prometiéndole su protección y las coronas del Alto y Bajo Egipto si lo liberaba de las arenas del desierto.

Así se narra en la estela conmemorativa que aún hoy custodia entre sus patas la esfinge que Tutmosis IV restauró, accediendo años después al trono de Egipto. Este relato refleja las múltiples implicaciones y lecturas que encierran los monumentos del pasado.

Y es que la toma de conciencia sobre la existencia de un patrimonio digno de ser conservado guarda no pocas similitudes con el instante del despertar. Mientras dormimos, nuestra conciencia se libera del sentido del tiempo y del espacio. Sin embargo, al abandonar el sueño examinamos el lugar en que nos hallamos y establecemos la naturaleza e identidad de las cosas. En el momento del despertar se da, en palabras de Walter Benjamin, el “ahora del reconocer”. Con todo, para iniciar este ejercicio de reconocimiento necesitamos de un estímulo exterior, un impulso que nos invite a mirar.

Mirar donde otros miraron

En la formación de una sensibilidad hacia el patrimonio es esencial la aparición de individuos que eduquen nuestra mirada. Mirar es una acción compleja que guarda múltiples significados: observar, registrar, cuidar, proteger, inquirir. No es un acto ni inocente ni pasivo.

En primer lugar, implica dirigir la vista a un objeto realizando una selección sobre la realidad circundante y, en segundo lugar, una vez fijada nuestra atención, pensar y juzgar lo contemplado. La palabras de agradecimiento del pintor Claude Monet a su primer maestro Eugène Boudin, “no he olvidado que fue usted el primero que me enseñó a ver y a comprender”, reflejan la correspondencia entre mirar y reflexionar.

¿Por qué se han conservado hasta nuestros días unos monumentos y otros no? ¿Qué diferenció una vieja casa, una vieja iglesia o un viejo palacio de otro? Como ya reflexionase Antoni González Moreno-Navarro, lo que hace perdurar un monumento, o su recuerdo, en el tiempo no es su excepcionalidad arquitectónica, belleza o antigüedad. Son los sentimientos que un individuo o una colectividad vuelcan sobre él.

Las sociedades examinan su realidad y seleccionan aquellos bienes en los que ven reflejados valores y cualidades de diverso tipo: históricos, artísticos, culturales, políticos, arqueológicos, técnicos, de antigüedad. Pero por encima de todo, los bienes materiales e inmateriales poseen una significación colectiva. El patrimonio posee un valor testimonial, nos habla tanto de nuestra existencia pasada como de nuestra historia reciente, da fe de que hemos sido. Así, el patrimonio juega un papel esencial en la configuración de la identidad colectiva.

Gran contenedor de memoria, “podemos vivir sin ella, pero no podemos sin ella recordar”, sostenía sobre la arquitectura el teórico y crítico del arte inglés John Ruskin. El patrimonio es un elemento de cohesión de las comunidades, en el que nos reconocemos como grupo.

Conocer para proteger, proteger para transmitir

A día de hoy consideramos natural la existencia de una legislación para la protección del patrimonio, así como una obligación de las administraciones públicas su gestión, tutela y conservación. Sin embargo, el recorrido hasta la situación actual ha sido largo.

Podemos situar su arranque en la Francia de 1794, cuando la Convención Nacional promulgó un decreto para intentar proteger el patrimonio de los actos de vandalismo ocurridos tras la Revolución. Por primera vez, el Estado interviene para intentar salvar un patrimonio entendido como bien común.

En la actualidad, la defensa del patrimonio recae principalmente en organismos e instituciones internacionales, como la UNESCO, ICOMOS o el Consejo de Europa, quienes por medio de convenios, recomendaciones y declaraciones, buscan crear instrumentos normativos para su protección. También se ocupan de ello los gobiernos estatales e instituciones de carácter autonómico con la creación de un corpus legislativo para la gestión del patrimonio.

El patrimonio hoy es entendido como una herencia, un conjunto de bienes que han llegado hasta nuestros días, de los que sólo somos depositarios y estamos obligados a transmitir a las generaciones futuras. Sin embargo, la defensa del patrimonio no pasa sólo por conservar su materialidad, por perpetuar en el presente y transferir a aquellos que nos seguirán una vieja casa. Requiere, además, que la sociedad pose una vez más su mirada sobre él, que vuelva a examinar su naturaleza y establezca nuevos lazos: identitarios, culturales, afectivos. Se debe producir una constante valorización social del patrimonio.

Así, la UNESCO señala la necesidad de promover acciones para sensibilizar al público sobre “el valor y el sentido del patrimonio, así como sus amenazas potenciales”. De nada vale proteger si la sociedad no se reconoce en el patrimonio, si todos nosotros no volvemos la mirada hacia el mismo. Su defensa, en definitiva, no sólo pasa por la creación de instrumentos normativos y legislativos, sino que requiere de una constante sensibilización.

Y es que el patrimonio siempre se verá en peligro si no aprendemos a mirar.