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Una adolescente observa la pantalla de su móvil en una habitación a oscuras.

La selección: entre el porno y los dinosaurios de juguete

No es una sorpresa para nadie eso de que los menores empiezan cada vez antes a interactuar con las pantallas. Lo realmente sorprendente es que a los 8 años muchos de ellos ya estén consumiendo porno. Sí, 8 años. Al tiempo que a esa edad todavía juegan con dinosaurios de goma porque los de plástico pueden rasparles la piel, abren sus ordenadores y, sin supervisión de un adulto, ven porno a sus anchas.

Hay familias que creen que sus pequeños están a salvo. “Mi hijo aún no usa móvil”, argumentan, como si la pantalla de una tablet o del portátil que tienen en su habitación para ver películas de Pixar les impidieran acceder a contenidos pornográficos violentos, inapropiados para un menor o, a fin de cuentas, irreales.

Sexo explícito, con acceso fácil, distribución mediante internet masivamente gratuita, alta calidad y orientadas a generar excitación sexual. Esas son las características de la nueva pornografía, esa a la que acceden cada vez más niños porque no existen medidas eficaces de control y que tiene causas preocupantes, pero consecuencias gravísimas.

Muchos adolescentes consumidores frecuentes de porno no distinguen entre la ficción de la pornografía y sus propias experiencias sexuales. Por eso acaban considerando algo normal el sexo con menores, vídeos fruto del abuso o la explotación sexual de mujeres. Y por eso las chicas son, al final, las más perjudicadas de todo este asunto.

A través de nuestros artículos en The Conversation hemos evidenciado la estrecha relación entre pornografía, desigualdad de género, sexismo y violencia sexual. Y también la relación que existe entre consumo precoz de porno y violaciones. Si usted necesita entender con detalle qué hay detrás de este problema que está sobresaltando a la sociedad entera, aquí tiene seis preguntas sobre la pornografía actual (entre ellas, cómo se están enfrentando a este asunto algunos países de nuestro entorno).

Además, la exposición temprana a contenido sexual explícito puede distorsionar las percepciones sobre la intimidad, contribuyendo a expectativas poco realistas y conductas de riesgo, como no usar protección en las relaciones sexuales. También se ha observado que el consumo compulsivo de pornografía afecta a la salud del cerebro, alterando la plasticidad neuronal y aumentando la propensión a la adicción.

Estas son las consecuencias, pero ¿cuáles son las causas? ¿Qué predispone a un menor a consumir porno compulsivamente? Entre otras, una mayor impulsividad, el uso de alcohol y otras sustancias en el año previo, una menor vinculación emocional con los progenitores, alteraciones en el funcionamiento familiar y la violencia familiar.

Las alarmas han saltado y el Gobierno de España parece haberlas escuchado. La próxima semana aprobará en el Consejo de Ministros la creación de un comité de expertos para generar un entorno digital seguro para los niños y adolescentes. Esto es absolutamente necesario, pero también lo es una educación sexual adecuada, que haga ver el sexo a los menores de una manera madura y real, que pueda satisfacer parte de su curiosidad a la vez que les lleve a tener un pensamiento crítico.

Pronto podremos ver si las medidas en las que está pensando el Gobierno surten de verdad efecto y se frena esta “nueva pandemia”, como la llaman algunos. Nuestros jóvenes lo merecen.

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