Más allá de Génova y Vigo: la crisis de las infraestructuras es un problema global

Más allá de Génova y Vigo: la crisis de las infraestructuras es un problema global

Preservar las infraestructuras en un estado adecuado de conservación y mantenimiento es una necesidad de primer orden en cualquier sociedad. Sin embargo, los responsables de esta tarea no prestan la atención y los recursos necesarios a este cometido.

La inversión en conservación ha sido insuficiente incluso en países desarrollados. Es algo que estos días hemos comprobado una vez más, tras la caída del puente Morandi en Génova (Italia) y el derrumbe de una pasarela en Vigo.

En la última parte del siglo XX, el desarrollo económico en países como el nuestro se centró, en el caso de las carreteras, en ampliar la red para apoyar dicho crecimiento. Estas nuevas infraestructuras nacieron con un periodo de vida relativamente largo, pero una parte nada desdeñable empieza a notar el paso del tiempo.

El resultado es que podemos ver, en un futuro no tan lejano, un verdadero colapso en los niveles de servicio prestados por estas construcciones. Lo peor de todo es que se financiaron a largo plazo. La siguiente generación se va a encontrar con la sorpresa de tener que pagar por unas construcciones con pésimos niveles de servicio.

Todo ello nos lleva a la cuestión central del problema: la urgente necesidad de tener un plan racional con recursos suficientes para mantener las infraestructuras básicas de nuestro país.

El caso de EE UU

Este problema no es exclusivo de España e Italia. Un informe de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles de 2005 muestra el preocupante estado de sus infraestructuras básicas. El informe evaluó el estado medio de las infraestructuras como malo. La inversión necesaria para mantenerlas en estado aceptable se estimó 1,6 billones de dólares en 5 años. Es decir, 1,15 veces el PIB nominal de España.

Salvando las distancias, puede ser interesante saber lo que pasa en EE UU.

En el caso de las carreteras, el informe indica que esa falta de mantenimiento comienza a afectar gravemente la seguridad de los usuarios y la salud de la economía.

Estos son algunos datos significativos que podemos extraer:

  • Las carreteras en mal estado cuestan a los contribuyentes americanos 54.000 millones de dólares al año en reparaciones y costes. Esto equivale a 275 dólares al año por usuario.

  • Los atascos de tráfico suponen 3.500 millones de horas de viaje perdidas, con un coste de 63.200 millones de dólares al año. Aparte quedan las pérdidas de productividad en la economía y consumos innecesarios de combustible y emisiones contaminantes.

  • El defectuoso estado de las carreteras es un factor determinante en el 30 % de los 43.000 accidentes anuales, con un coste de 230 000 millones de dólares al año. O lo que es lo mismo, 819 dólares anuales por persona.

  • En 2003, el 27,1 % de los 590.750 puentes carreteros de EE UU estaban clasificados como estructuralmente deficientes o funcionalmente obsoletos. Este número ha descendido desde el 34,6% de 1992 gracias a políticas contundentes de conservación realizadas por las administraciones.

  • Entre 1970 y 2002 la demanda de tráfico se ha visto duplicada. Se estima que se incremente en dos tercios en los siguientes 20 años.

  • El coste de mantener las carreteras en el estado actual se estima en 92.000 millones de dólares al año, lo que supondría aumentar la inversión en un 42 %. Mejorar el nivel ascendería a 125.600 millones de dólares, lo que implicaría un incremento del 94 %.

  • El coste de eliminar las deficiencias en los puentes se estima en 9.400 millones de dólares al año durante 20 años.

El caso de España

En España no se ha llegado, de momento, a este estado tan extremo de deficiencias, quizás porque nuestras carreteras presentan una vida media inferior. Esta diferencia se acorta a pasos agigantados.

Un informe de la Asociación Española de Carreteras de 2012 avisa claramente de este creciente deterioro, con un déficit acumulado de inversión de 5.500 millones de euros (un 30 % más que en 2005). Se estima que el deterioro del patrimonio viario en los últimos seis años crece a un ritmo del 5 % anual.

Las cifras son importantes pero no parecen escandalizar a nadie, sobre todo cuando las prioridades del país son las de reducir a toda costa el déficit público. Sin entrar en este debate, un indicador del Estado de bienestar es la calidad de servicio de nuestras carreteras.

Debe tomarse una decisión estratégica de gran calado para evitar una crisis en nuestras infraestructuras casi irreversible. Nuestra bola de cristal puede ser EE UU. No sería justo que las generaciones futuras tuviesen que pagar la deuda de unas infraestructuras que disfrutaron sus padres y que ellos se vean obligados a reparar.


Este artículo fue publicado originalmente en el blog de la UPV y ha sido adaptado con el permiso de su autor.