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¿Y si la realidad no existiese y fuera una creación de la mente?

¿Nos hemos inventado la realidad? ¿Es solo fruto del cerebro humano?

Hay una corriente, basada en la física cuántica, que insiste en quitarle realidad a la realidad. La propuesta es esta: si muere un árbol, por poner un ejemplo, estará muerto lo observe quien lo observe, y podemos tener pruebas empíricas de que lo está. Sin embargo, cuando entramos en el territorio de la física cuántica, la realidad no es tan sólida. Una antigua prueba mental llamada “Amigo de Wigner”, del físico y premio Nobel Eugene Wigner, describió un experimento mental según el cual dos observadores pueden experimentar realidades diferentes. Sin embargo, ni siquiera la física cuántica es tan extraña como se vende.

Un libro reciente, no traducido al castellano, The Rigor of Angels (El rigor de los ángeles), del académico y crítico literario estadounidense William Egginton, explora la naturaleza de la realidad, o más bien, la irrealidad que han construido filósofos, físicos y literatos. Más concretamente, un filósofo (Kant), un físico (Heisenberg) y un autor de ficción (Borges).

Crear

El ser humano puede hablar, diseñar, construir, pintar, hacer música, porque en su cerebro puede combinar imágenes grabadas en los circuitos neuronales con imágenes nuevas. A esto lo llamamos crear.

Todos podemos imaginar hombres volando mediante el aleteo de sus brazos. O, como hacían los griegos, minotauros, pegasos, centauros y demás alucinaciones mentales que en un tiempo los humanos creyeron reales.

Pero ¿hay acaso algún modo de discernir entre lo real y lo que el cerebro construye? ¿Hay algún modo de demostrar que no vivimos en un mundo que hemos creado nosotros mismos en nuestra mente?

El vuelo de Lindbergh y la física cuántica

The Rigor of Angels comienza relatando la aventura de Lindbergh, el primer vuelo en solitario sin escalas entre Nueva York y París, en 1927. Y lo compara con el salto de un electrón de un nivel energético a otro cuando el electrón está formando parte de un átomo.

Lindbergh también realizó vuelos a Bélgica y Gran Bretaña en el Spirit antes de regresar a los Estados Unidos. Una multitud le recibió al sur de Londres el 29 de mayo de 1927. Wikimedia commons, CC BY

El libro recoge la propuesta del físico teórico alemán Werner Karl Heisenberg en la que describe cómo el electrón está en un nivel, recibe una cantidad de energía, y aparece en otro nivel, pero, en el intervalo del salto, ha dejado de existir. Incluso, afirma Heisenberg, el electrón no existe hasta que es detectado. Como si el piloto Charles Lindbergh hubiese dejado de existir al salir de Nueva York y hubiese vuelto a la vida al ser observado ya en el suelo en Francia.

Relata Heisenberg, en una carta al físico austriaco Wolfgang Ernst Pauli:

“La trayectoria de una partícula surge hacia la existencia solo cuando nosotros la observamos”.

Pero el autor de The Rigor of Angels olvida mencionar, como muchos de los que entonces trabajaban en física de partículas, que el observador no es solo el que está en destino: quien detecta u observa los entes, los objetos, no está solo en el destino.

Los electrones son entes con carga eléctrica, de manera que cualquier otra carga eléctrica en el universo los está detectando, los está observando constantemente, los está “sintiendo” en todo momento, incluso en el momento del salto.

En cuanto al piloto Lindbergh, lo detectaban las olas, las corrientes de aire, las aves marinas, en fin, toda clase de otros entes del universo, observadores en el momento del tránsito.

Los centauros de Kant

Para el filósofo David Hume la cuestión de saber si la realidad objetiva existe o no es insoluble. Hume afirma que no sólo no sabemos cómo son las cosas, sino que no sabemos ni siquiera si existen, y que lo que el cerebro asume como real es otra alucinación como la de los centauros.

Immanuel Kant lo intentó resolver recurriendo a la arquitectura del cerebro humano. A Kant se le ocurre pensar que el espacio y el tiempo son construcciones mentales similares a los centauros y pegasos, irreales.

Esta similitud es altamente dudosa. Si una vez que abrimos los ojos vemos un cuadro en la pared, y lo vemos cuantas veces abramos los ojos, y lo ve una multitud de otras personas con las cuales no comunicamos durante la visión, la única posibilidad es que en la pared haya un cierto cuadro.

Traducimos las corrientes nerviosas, las unidades de impulsos, los “bits” en representaciones de algo real. La realidad no se crea en el cerebro, existe independientemente de los seres humanos y deriva de las interacciones constantes entre los entes, los objetos de la naturaleza.

Dar forma a un universo

El problema de que el cerebro humano invente un mundo completo, con billones de estrellas y un número aún más elevado de bacterias, es que en él hay otros ocho mil millones de seres humanos que comprenden lo que ese ser humano ha inventado. Aunque para el neurocientífico británico Anil Seth la realidad sea una alucinación controlada.

Hace ya casi un siglo que Poincaré, Heisenberg y Gödel vislumbraron que la ciencia no puede explicarlo todo. Pero si utilizamos el principio de la navaja de Ockham, es decir, la solución más sencilla es la correcta, lo más sencillo es aceptar que la realidad existe al margen de nosotros, y que cada uno de los ocho mil millones de humanos recibimos sensaciones en nuestros sentidos y procesamos en nuestros cerebros más o menos lo mismo, y ese “mismo” tiene todos los visos de ser real.

Kant, Heisenberg, e incluso Borges, se centraban en la individualidad, de la sensación de una persona, de un único átomo, de una biblioteca gigantesca que no recibía más que a una persona. Pero la realidad está en la interacción constante entre múltiples individualidades.

El error común es idealizar al ser humano, y creer que algo tan pequeño como él es capaz de crear un universo tan gigantesco como este en que vivimos… ¿o soñamos?

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