¿Es sexista la lengua española?

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¿Es sexista la lengua española?

Las reivindicaciones feministas llenan cada año en estas fechas los titulares de todos los medios de comunicación. Algunas de ellas se centran en la búsqueda de un uso de la lengua más inclusivo, que visibilice a la mujer. Como en todas estas causas, esos giros o cambios en la lengua generan controversia y dan lugar a enzarzadas discusiones acerca de cuán sexista es o no nuestra lengua.

El propósito de este artículo no es apoyar uno u otro punto de vista, sino explicar por qué ciertos argumentos son falaces o, simplemente, absurdos.

Argumentos sin fundamento en torno a este debate

Merece la pena revisar algunos de los argumentos que suelen hacerse con respecto al sexismo lingüístico (de uno y otro lado) y que no se sostienen en cuanto se profundiza un poco:

  1. Mientras los atributos masculinos se utilizan para las cosas buenas, los femeninos sirven para lo contrario. Quien utiliza este argumento piensa, probablemente, en expresiones como “¡Qué cojones tiene el tío!” o “¡Esto es un coñazo!” Si el argumento tuviera al menos un poco de peso, podríamos discutir si el uso de una palabra u otra es una cuestión lingüística o simplemente social, pero lo cierto es que no se sostiene en cuanto buscamos expresiones similares: “¡Qué ovarios tiene la tía!” es bastante parecida a la anterior; del mismo modo, es muy sencillo construir oraciones en las que la palabra “cojones” tenga significado negativo: “¡Tengo un dolor de cabeza de cojones!”.

    Lo que sucede es que la palabra “cojones” se utiliza en nuestra lengua como un cuantificador y no es muy razonable afirmar que los cuantificadores (mucho, poco, demasiado…) puedan ser sexistas o no.

  2. Un caso parecido es el argumento que propone que una prueba del machismo es que los nombres de los utensilios y electrodomésticos utilizados en el hogar (donde la mujer “tiene su sitio” en un mundo muy muy machista) son siempre femeninos: la escoba, la fregona, la bayeta…

    De nuevo, lingüísticamente hablando, sería muy sencillo argumentar que el género de los sustantivos no animados es arbitrario (esto es, no es ni masculino ni femenino, sino una marca de sustantivo) pero, además, el argumento no es ni siquiera descriptivamente adecuado, dado que tenemos el cepillo, el cubo, el trapo…

  3. Otra reivindicación que se hace en ocasiones desde las filas feministas es la petición de que se eliminen del diccionario acepciones que menosprecian a la mujer. El ejemplo clásico es “zorra”, que en su séptima acepción en el diccionario de la RAE se define como “femenino despectivo malsonante, prostituta”.

    No vamos a negar que la RAE debería, quizás, reflexionar sobre las acepciones de ciertos vocablos (por ejemplo, la tercera acepción para médico/ca es “femenino, coloquial, en desuso, Mujer del médico”), pero no parece razonable pedirle que deje de recoger usos que, de hecho, siguen existiendo, muy a nuestro pesar.

    Precisamente, eliminar esa acepción podría suponer un agravio a las mujeres en una situación como la siguiente: en un juicio por un caso de violencia de género, la mujer argumenta que su marido la maltrataba psicológicamente con insultos como “zorra” o “perra”. Si esa acepción no estuviera en el diccionario, el maltratador podría argumentar que estaba llamando a su mujer “persona muy taimada, astuta y solapada”, segunda acepción que aparece en el diccionario de la RAE.

  4. Relacionado con el punto anterior, pero en el sentido contrario, hay quien argumenta que el masculino genérico incluye tanto a hombres como mujeres. En este caso estamos ante un argumento falso si prestamos atención a aquellos casos en los que un aparente masculino genérico es en realidad un masculino. Son los casos que García Messeguer denomina salto semántico, fenómeno que consiste en iniciar un discurso utilizando el masculino genérico y pasar después al masculino, lo que supone un claro caso de invisibilización de la mujer.

    Este fenómeno se da, sobre todo, en los libros de Historia. Supongamos que estamos hablando de la cultura griega y hacemos las siguientes afirmaciones: “La característica fundamental de la cultura griega es el concepto de la libertad del hombre”. “Los ciudadanos eran los dueños de las tierras y todos tenían los mismos derechos, sin diferencias de pobres y ricos”. “La democracia partía de la base de que los ciudadanos de Atenas debían gobernarse a sí mismos y, por tanto, tenían todos derecho al voto y a ser elegidos para los cargos del gobierno”.

    Estas citas, extraídas de un libro de Historia, pueden hacernos pensar que no ha habido sociedad más igualitaria que la griega; obvia, sin embargo, el hecho de que las mujeres no eran consideradas siquiera ciudadanas, que no podían votar y mucho menos ocupar un cargo de gobierno.

Diferencias entre competencia y actuación

Como todo el que haya reflexionado un poco sobre esto sabe, son tantos los argumentos que afirman que nuestra lengua es sexista como los que defienden que no. ¿A qué se debe que ambas posturas puedan defenderse y que los lingüistas estemos divididos al respecto?

Noam Chomsky distingue, desde sus primeros trabajos, entre competencia y actuación.

La competencia es el conocimiento inconsciente y operativo que tiene cada hablante sobre las reglas gramaticales y las unidades lingüísticas que componen su idioma. La actuación, el uso que cada hablante hace de su lengua.

Podemos, por tanto, afirmar que la competencia es una cuestión de conocimiento y la actuación un asunto relacionado con la conducta (pueden leerse los trabajos de Juan Carlos Moreno Cabrera para entender por qué esta dicotomía es relevante para la discusión sobre el sexismo en el lenguaje).

Esta diferencia es fundamental porque, como el lector quizás habrá deducido, la competencia, en tanto que conocimiento inconsciente, no puede ser o no ser feminista. El orden de las palabras, las reglas de concordancia y otros asuntos no tienen, en principio, una vertiente social, sino biológica.

Otro asunto es la actuación, que es un concepto social sujeto a condicionamientos situacionales. En este contexto, sí cabe pensar que el uso del lenguaje puede y debe ser “alterado” para dar mayor visibilidad a la mujer.

Así pues, podemos afirmar que el lenguaje no es sexista (como competencia) pero que sí lo es, o lo puede ser, el uso que hacemos de él (o, en cualquier caso, podemos hacer un uso del lenguaje que contribuya a visibilizar a la mujer en el discurso, lo que posiblemente contribuya a conseguir patrones de igualdad más justos para todos).

Los “famosos” desdobles

Quisiera referirme, para cerrar este artículo, a la inquietud que parece surgir entre ciertos grupos de lingüistas y filólogos cuando se proponen ciertos desdobles: decir en una clase “niños y niñas” o en un discurso político “ciudadanos y ciudadanas”, etc. Son muchas las voces cualificadas que se muestran en contra de este desdoble, argumentando que no es necesario y que va en contra del principio de economía del lenguaje.

Estos mismos individuos suelen mofarse de este lenguaje “artificioso” con ejemplos absurdos, del tipo: “Todos y todas los y las niños y niñas altos y altas de esta clase acudirán a las pruebas del equipo de baloncesto que están realizando los y las profesores y profesoras de Educación Física”.

Es evidente que oraciones de este tipo no son adecuadas ni, posiblemente, puedan entenderse sin dificultad. El asunto es que no es una reivindicación de ningún manual de lenguaje no sexista ni de ninguna feminista que se precie eliminar por completo el uso del masculino genérico; la petición que se hace, a mi entender, es simplemente visibilizar a las mujeres en el discurso y para eso sería tan sencillo como decir: “Los niños y niñas altos acudirán a las pruebas de baloncesto realizadas por el profesorado de Educación Física”, oración que no suena tan terrible a oídos de nadie.

Y, en cualquier caso, aunque estos cambios condujeran a la eliminación de este género no marcado, tampoco pasaría nada.

Las lenguas cambian continuamente; el español ha eliminado las declinaciones y el género neutro del latín, ha cambiado el orden de las palabras de una frase (que en latín era Sujeto-Objeto-Verbo y en español Sujeto-Verbo-Objeto), ha añadido un verbo copulativo más y absolutamente nada de esto ha hecho que dejemos de entendernos o que nuestro órgano del lenguaje colapse.