La universidad del tercer milenio

Son tiempos en que los revolucionarios procesos de digitalización están cambiando las relaciones personales y profesionales como pocas veces antes ha ocurrido en la historia. Por eso conviene reflexionar, quizá con la entereza y serenidad necesarias, cuál es el futuro de las instituciones de enseñanza superior que conocemos como universidades.

Precisamente porque es la revolución digital la que nos obliga a cuestionar el futuro de una institución milenaria, es fundamental diferenciar claramente entre la universidad como institución y su función en la sociedad.

Si hay alguna lección que podemos obtener del estudio de la historia de las universidades es que no siempre fueron ni el lugar preferido de aprendizaje ni siquiera el más efectivo. Pero las universidades consiguieron convertirse en un centro de innovación educativa y cultural al tiempo que se postulaban como bastiones de defensa de algunos de los valores que defendemos como irrenunciables: la independencia de poderes eclesiásticos y terrenales, la originalidad de pensamiento científico, la invención de la investigación aplicada. A todo eso, y mucho más, han contribuido las universidades a la sociedad.

Pero lejos de idealizar la universidad como culminación de las aspiraciones más nobles del espíritu humano, es conveniente también señalar algunas de sus sombras y, sobre todo, analizar en qué aspectos su tiempo puede haber pasado.

Luces y sombras

Si bien es cierto que surgieron como instrumento de presión social de una burguesía emergente frente al dominio infinito de la Iglesia sobre las formas de pensamiento, no lo es menos que sirvieron al poder político sin disimulo para ganar sus favores y atraer sus fondos.

Quizá el ejemplo más famoso de este hecho sea la obligación a la que sometió Enrique VIII a todos los Masters de todos los colleges de Cambridge y Oxford de aceptar su matrimonio con Ana Bolena y contribuir a la creación de la Iglesia anglicana. Quien se negó a hacerlo, como John Fisher, el famoso Master de St. John’s College de la Universidad de Cambridge, de la que llegó a ser Rector, simplemente fue decapitado. La censura no desaparecía, simplemente cambiaba de manos.

No es menos cierto que la universidad nació, frente a las escuelas monásticas y catedralicias, como una forma de educación sólo accesible a las clases pudientes. Enviar a un hijo a estudiar a Bolonia, Salamanca, París u Oxford era algo que sólo la nobleza y la altísima burguesía se podía permitir, a diferencia de la posibilidad que tenían los hijos de clases bajas de hacer una carrera intelectual y eclesiástica si ingresaban en cualquier seminario de cualquier provincia eclesiástica de occidente.

Y precisamente ésta es otra de las grandes diferencias: mientras las mujeres podían estudiar en conventos, llegar a ser escritoras, como Santa Teresa, y tener un espacio propio lejos del acoso cotidiano de los hombres, la universidad sólo admitió a las mujeres en sus aulas a finales del siglo XIX, y en muchos casos se negó a otorgarles títulos homologables hasta bien entrado el siglo XX.

¿Qué es exactamente lo que vamos a echar de menos? ¿Una forma de pensar? Eso no va a cambiar: si en algo se basa el progreso humano, a pesar de las distopías alarmantes que llenan las pantallas de televisión, es que tendemos a acostumbrarnos a ciertos conceptos que defendemos como especie pese a los trompicones del avance dialéctico de la Historia.

Lo que echaremos de menos

Quizá echemos de menos un foro de discusión de ideas, pero las redes sociales y el mundo digital ya han sustituido esos foros, a pesar del riesgo evidente de la tribalización del que habla Cass R. Sunstein en #Republic. Las protestas estudiantiles, por ejemplo, aspecto clave de la contribución de la universidad a la lucha por los derechos sociales en el siglo XX, se organizan ahora por whatsapp, y no en los campus.

Es más fácil que echemos de menos la investigación aplicada que nació en las universidades alemanas sobre todo en el siglo XIX: una investigación altruista, no financiada directamente –-aunque financiada e interesada la ha habido también siempre–, que ha logrado altísimas cotas de saber, sobre todo en el siglo XIX, particularmente en el campo de las ciencias empíricas.

Echaremos también de menos un lugar donde los jóvenes estimulen su deseo de conocimiento, aunque todavía está por ver si esa batalla frente a la estimulación digital no está ya perdida, lo cual es sí mismo no es malo: los manuscritos perdieron la batalla de ser el medio privilegiado de comunicación frente a los libros, y los libros y la prensa escrita la están perdiendo sin remedio frente al avance digital. Cambian los medios, el mensaje perdura.

Tampoco funciona ya la fórmula, al menos en España, de acudir a la universidad en busca de un título que garantice un mejor puesto de trabajo. Los índices de empleabilidad de las carreras universitarias deberían ser simplemente un oxímoron, además de que no funcionan. Si hace años bastaba una diplomatura, ahora no se hace nada sin un máster. Hemos alargado la estancia y hemos subido los costes, pero una universidad, si quiere ser fiel a los ideales que le atribuimos, que no son necesariamente aquellos con los que nació, no debe ser una agencia de empleo.

Si el fin de la universidad, a la postre, es agrandar el espíritu humano bajo la dirección de un maestro que modela el pensamiento de las generaciones venideras, el problema entonces no es la digitalización, ni la deslocalización, ni los costes, el problema es la confianza que los jóvenes puedan tener en sus maestros. Mi experiencia de 30 años de docencia me dice que esa confianza, hoy, es casi nula: da igual que cambiemos la metodología, acortemos los textos, cambiemos los exámenes. No es la batalla de la enseñanza la que hemos perdido, es la batalla de la confianza.