Niños acogidos: cuando la ciencia les ayuda a integrarse

Diversos estudios académicos han revelado la especial vulnerabilidad del colectivo de niños y niñas en situación de acogimiento. Son menores con mayor probabilidad de sufrir fracaso escolar, precariedad laboral, desempleo e incluso problemas de salud mental. Por ello, la Universidad Nebrija y la asociación Nuevo Futuro han emprendido un proyecto conjunto para analizar su situación y proponer un plan de refuerzo que mejore su adaptación escolar.

La Convención de los Derechos del Niño (CDN) que, por cierto, es el tratado más ratificado de la historia, recoge el derecho de niños y niñas a la educación y alude a las responsabilidades que, como sociedad, tienen profesionales, profesorado, investigadores y otros agentes en el cumplimiento del mismo.

Por encima de la media europea en abandono escolar temprano

Hoy día en España seguimos estando lejos de garantizar el éxito escolar para toda la infancia y la juventud. Atendiendo a los últimos datos del MECD (2019), estamos 4 puntos por encima de la media europea en abandono temprano, con un 18 % de jóvenes de 18 a 24 años que no ha completado la Educación Secundaria y no sigue ningún tipo de estudio o formación.

Este dato se agrava si nos fijamos en un colectivo específico: los menores a cargo de las administraciones públicas en acogimiento residencial en el ámbito de la protección (a cuya situación la CDN dedica un apartado específico).

En este colectivo queda aún más comprometida la exclusión educativa, si entendemos por tal el “proceso acumulativo a través del cual se impide la satisfacción del derecho a la educación plena y con sentido, que debería garantizarse a todas las personas” Escudero y Domínguez, 2011.

Modelos familiares inadecuados

Los menores que ingresan en el sistema de acogida suelen provenir de modelos familiares inadecuados, marcados por aspectos como la conflictividad e inestabilidad de los progenitores (provocadas a veces por problemas de adicción), las dificultades económicas o laborales severas, la insalubridad y el hacinamiento en la vivienda o los problemas con la ley. Las enfermedades e incluso el fallecimiento de los padres también pueden ser factores que desemboquen en su acogimiento.

Hay que tener en cuenta que, en muchas ocasiones, la escuela es el primer medio social estructurado al que los menores en acogimiento tienen acceso, lo que puede explicar el surgimiento de dificultades de adaptación al grupo-clase, la escasa o nula orientación escolar, el rechazo a la autoridad escolar o el abandono prematuro.

Altos niveles de ansiedad y depresión

Los menores en situación de acogida parecen presentar más problemas emocionales y afectivos, como altos niveles de ansiedad, inhibición y depresión (McDermott et al., 2013; Simsek, Erol, Öztop; Münir, 2007; Verza, Bratu; Folostina, 2012) y muestran peores competencias sociales, en general, que los niños que no han estado en acogimiento (Palacios, Moreno y Román, 2013).

Más fracaso escolar, peor futuro

El fracaso en las acciones educativas con estos menores suele conducir a un crecimiento de las conductas antisociales, actitudes de enfrentamiento y ruptura con las normas legales y morales. López, Santos, Bravo y Del Valle (2013) han puesto de manifiesto que los egresados del sistema de protección tienen más riesgo de sufrir fracaso escolar, problemas de salud mental, precariedad laboral, desempleo y bajos ingresos, paternidad precoz y conductas delictivas.

Estos datos se agravan si se contempla la variable de género: un mayor número de chicas está en situación marginal debido, entre otros factores, al menor acceso al mercado laboral. Sin embargo, la situación de los niños y niñas que, privados temporal o permanentemente de su medio familiar, reciben la protección y asistencia especiales del Estado, no suele recogerse habitualmente en los medios, ni tampoco se reconoce a este colectivo como un grupo con necesidades educativas especiales (Martín, 2015; UNICEF, 2017a y 2017b).

Además, los estudios que se centran en la investigación y puesta en práctica de planes educativos específicos en los sectores de población de menores en acogimiento son escasos.

En el proyecto de la Universidad Nebrija y la Asociación Nuevo Futuro para mejorar la situación escolar de estos niños y niñas nos hemos interesado, en un primer momento, por determinar el perfil cognitivo y emocional de este alumnado, evaluando a escolares de entre 8 y 17 años de 8 hogares de acogida de Madrid, Cádiz, Burgos y Alicante.

Problemas en varios niveles: funcional, emocional y conductual

Los resultados han mostrado que las y los participantes tienen dificultades a distintos niveles. En lo relativo a las funciones ejecutivas (aquellas relacionadas con las capacidades cognitivas que sirven para organizar información, planear la acción, resolver problemas o inhibir intencionalmente un comportamiento), las puntuaciones en tareas de inhibición, supervisión de uno mismo, memoria operativa, planificación y organización, supervisión de la tarea y organización de materiales está en la zona de precaución.

Esto significa que los menores tienen problemas para resistir o no reaccionar a un impulso o detener su conducta en el momento oportuno, regular adecuadamente sus respuestas emocionales, comenzar tareas o actividades de forma autónoma e independiente o generar nuevas ideas, respuestas o estrategias de resolución de problemas.

Por lo que respecta al perfil emocional y conductual, los menores refirieron tener problemas conductuales (comportamientos disruptivos que provocan fricciones en su ambiente), problemas de agresión y problemas emocionales.

Ellos mismos informaron tener un amplio abanico de problemas y un nivel de afectación y malestar importantes. Concretamente, mostraron puntuaciones más bajas en los ítems relacionados con la puesta en marcha de recursos personales, la competencia social, la conciencia de los problemas, la conducta desafiante y la autoestima.

Reforzar la educación para mejorar la vida

Toda esta información se ha traducido en la puesta en marcha de un programa de refuerzo educativo. Está enfocado a trabajar aquellos aspectos sobre los que los menores necesitan ayuda, desde actividades específicas para entrenar las funciones ejecutivas hasta otras relacionadas con la regulación y gestión emocional. El programa proporciona formación, herramientas, apoyos a los menores y a los equipos educativos de los hogares.

Por medio de una metodología participativa, pretende generar un impacto positivo sobre el rendimiento académico y la integración de los menores, así como sobre la sensibilización de los profesionales.

El próximo objetivo del estudio será evaluar si la intervención ha conseguido mejorar las puntuaciones de los aspectos cognitivos, conductuales y emocionales en los que la evaluación demostró que los menores tenían dificultades. También analizaremos si el entrenamiento repercute de forma positiva en los resultados escolares.

A pesar de este tipo de iniciativas, es necesario que organismos e instituciones públicas desarrollen medidas que se centren en la investigación y puesta en práctica de planes educativos específicos para los y las menores en acogimiento.

Todos nosotros, como señalábamos al comienzo del artículo, legisladores, investigadores, agentes educativos y sociedad en general, somos responsables de garantizar el éxito escolar y la inclusión social de los niños y niñas que sufren adversidades. Pero no caigamos en la victimización: también es importante subrayar las potencialidades de las y los alumnos en situación de acogida. Como señalan Palacios, Jiménez, Espert y Fuchs (2014), su capacidad de adaptación y resistencia, su deseo de salir adelante e integrarse son factores que pueden rescatarse de cara a la intervención educativa.

Sin medidas integrales, formación y sensibilización del profesorado y planes sistémicos e integrales que profundicen en la colaboración de los distintos agentes de cuidado y protección, esta será otra de las asignaturas pendientes que, como sistema educativo y sociedad, no podemos seguir pasando por alto.


Este artículo ha sido elaborado en colaboración con: Nuria Camuñas Sánchez-Paulete (Directora del Área de Educación, Universidad Antonio de Nebrija); María Brígido Mero (Directora de los Grados en Educación Infantil y Educación Primaria, Universidad Antonio de Nebrija); Miriam Poole (Directora de Nuevo Futuro); Raquel Martínez Martínez (Psicóloga de Nuevo Futuro) y Maribel Miñaca (Psicóloga de Nuevo Futuro).