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Científicas y brecha de género: el cambio debe empezar en la propia universidad

En estos tiempos en los que acudimos a más seminarios formativos tal vez hayan observado que los hombres están infrarrepresentados en los eventos sobre género. “La ciencia profesional femenina”, se titulaba un curso reciente en la Universidad de Sevilla con dos asistentes masculinos por 30 femeninos. Esto es algo habitual que se resiste a cambiar, pero que podría ayudar a mitigar el actual protagonismo comunicativo de científicos como Fernando Simón y Margarita del Val, bendito ejemplo de paridad que deja el coronavirus.

La brecha de desigualdad en la ciencia es antigua, y se pronuncia cada vez que hay una crisis. Habrá que observar ahora si mantiene su regularidad. Un análisis publicado en Nature en mayo ya señalaba que las publicaciones de investigadoras habían disminuido durante la pandemia, y que estas habían empezado menos proyectos que sus homólogos masculinos. De hecho, algunos editores han señalado que las mujeres enviaron menos artículos a revistas científicas en los primeros meses de la pandemia. Esto contrasta con que las científicas lideran más de la mitad de los proyectos del CSIC sobre la covid-19. ¿Brotes violetas?

La historia se escribe a partir de muchas científicas con aportaciones relevantes sin reconocimiento. Elizabeth Boody Schumpeter es un ejemplo. A la sistemática invisibilización de sus investigaciones le sucede la consiguiente falta de referentes femeninos. Se une el cuestionamiento social de su dedicación y la segregación sexual, vertical y horizontal. Las científicas se enfrentan así a múltiples barreras para su progreso, a obstáculos arraigados como el techo de cristal, los sesgos en la selección, las relaciones de poder, los estereotipos sobre su validez para generar conocimiento, u otros sexistas y educacionales. Sesgo de la cuerda floja, síndrome de la impostora, sesgo de la maternidad… La suma provoca que las científicas arrastren un hándicap por ser mujeres.

El programa L'Oréal-UNESCO For Women in Science recoge que “las mujeres todavía representan solo el 29 % de las personas investigadoras en todo el mundo”. La infrarrepresentación de las científicas en la universidad es un hecho en todas las etapas de la carrera investigadora, pues hay datos que evidencian la aguda diferencia de género en la tasa de abandono en los estudios de doctorado, de la carrera profesional y de la academia tras el nacimiento del primogénito.

En el CSIC, la proporción femenina desciende según se asciende en la carrera investigadora. Así, según datos de la propia institución, se registra un declive mayor en la etapa predoctoral y en la postdoctoral en el periodo 2010-2020. Pese a defender más tesis doctorales, la presencia de las científicas es menor en todas las categorías profesionales.

También existe un sesgo de género en la actividad científica en los equipos de investigación, la producción (personas líderes o responsables de financiación, remuneradas de comités editoriales de revistas, menor número de citas, etc.) y en la actividad de los Organismos Públicos de Investigación.

Ellas prefieren el acceso abierto

En contraposición, las mujeres publican con mayor frecuencia en acceso abierto y están más representadas en los grandes equipos investigadores. El camino hacia la inclusión en la ciencia se dilata. Por consiguiente, podríamos afirmar que las científicas sufren el sexismo en forma de prejuicios que lastran su éxito. El menosprecio profesional, el abuso de poder, los agravios en la financiación y el limitado reconocimiento profesional lo certifican.

Nuestra propia universidad, la de Sevilla, también tiene que avanzar en una mejora de la representación de las científicas. Tal y como evidencia esta tabla, las mujeres son minoría en todas las áreas. Suenan poco comunes nombres reconocidos como los de Montserrat Vilà Planella, Carmen Ortiz Mellet, Catalina Alarcón de la Lastra Romero y Amparo Mármol Conde. Es necesario darles visibilidad para contrarrestar la desigualdad latente en la ciencia.

Los estudios de género han demostrado que un requisito indispensable para modificar la perspectiva depende de las instituciones. Puede que venga de ahí la vigente tendencia de iniciativas universitarias con científicas en un bottom-up approach, tal como señala el siguiente cuadro. Llegados a este punto, ¿las iniciativas femeninas son colectivas?

Este año será el primero en la historia de España que dos mujeres presenten las campanadas en una televisión pública. Puede, y ojalá sea verdad, que los acontecimientos sociales estén marcando una ruptura paulatina hacia que las científicas asistan al desvanecimiento del sesgo de género en el ámbito académico. Que ocupen los espacios que les pertenecen y también, tal vez, del resto de los ámbitos sociales y profesionales.

La investigadora Lorena Fernández lanzó una propuesta en The Conversation para que las científicas sumaran sus voces. Aquí, con este artículo, recogemos el guante. Por lo pronto, este texto tiene voz exclusivamente femenina en autoría y referencias. Los cambios hay que abordarlos desde la raíz.

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