Cómo educar de cine

Fotograma de ‘Qué verde era mi valle’. Imdb.com

Cómo educar de cine

No decimos con esto nada nuevo, y, sin embargo, no siempre resulta evidente por qué el cine constituye un valioso recurso pedagógico. Lo que sí parece claro es que un profesorado que no entienda en qué radica esa condición casi naturalmente pedagógica del cine no será probablemente capaz de sacarle el máximo partido.

Se afirma muchas veces que debe emplearse el cine en el aula para adaptarse a los “nuevos tiempos” de predominio de la imagen. En definitiva, que con él podemos llegar mejor a jóvenes y adolescentes, cada vez menos habituados a la cultura escrita. Pero ni el buen cine es solo imagen ni tiene por qué resultar más accesible que otros medios. Y tampoco parece justo infravalorar a nuestros alumnos.

Desde luego, el uso didáctico del cine no es sencillo. Es obvio que existe buen cine pero también de mala calidad. No siempre su perspectiva es suficientemente fiable, exacta u objetiva. Puede distraer en exceso de nuestro objetivo principal con una historia particular. Y desde luego no puede ser empleado con exclusividad.

Un enorme potencial

Pero posee grandes virtudes. En primer lugar, no se tiene por qué ceder, con su empleo en la educación, a la llamada “cultura de la imagen”, entendiendo por ella la exaltación de lo convencional o la banalización y estandarización de contenidos. Tampoco tiene por qué dar lugar a la sustitución de la reflexión rigurosa por el recurso fácil, apoyándose en lo que de particular o concreto tiene toda narración. Naturalmente en buena medida va a depender de la propia formación del profesor, de su motivación, sus valores y sus habilidades comunicativas.

Pero tal vez la mayor virtud que posee el cine es que, con él, el conocimiento pierde abstracción y se humaniza. O sea: podemos percibir muy directamente su vínculo con todo aquello que nos concierne. A través de una buena película podemos llegar a percibir que detrás de lo que se estudia (sean ciencias, filosofía, historia, derecho…) hay personas. Personas con sentimientos, inteligencia y sensibilidad.

Aunque esto parezca evidente, lo cierto es que no pocas veces debemos esperar a que se nos encienda una “lucecita” para verlo. Y esto es vital para activar la motivación del estudiante. Hablamos, naturalmente, de la verdadera motivación: la guiada por un interés “desinteresado”. O, dicho de forma más clara: por el interés por el conocimiento por sí mismo. ¿Y no es eso lo que debemos esperar de una educación auténticamente humanizadora?

Un medio válido casi para cualquier materia

Son ya numerosísimos los estudios existentes sobre la aplicación del cine a la educación. De esta amplia bibliografía podemos extraer la conclusión de que el séptimo arte puede ser válido para enseñar –o para apoyar la enseñanza– de casi cualquier materia. Pero parece venir como anillo al dedo a disciplinas humanísticas o de las ciencias sociales, como filosofía, historia, educación y derecho. En ello incide un trabajo publicado no hace mucho, en este caso para explorar las posibilidades didácticas del cine también en la enseñanza virtualizada.

En derecho, por ejemplo, abre campos extensos a la reflexión sobre numerosos temas. Por citar uno, el de las consecuencias humanas derivadas de la aplicación de las normas. U otros como la naturaleza y origen social concreto de las instituciones de las que emana la ley y de las que la aplican. En otras palabras, el recurso a un cine de calidad puede permitir contextualizar las normas, desplegar posibilidades para comprenderlas y, por tanto, también cuestionarlas o contribuir a humanizarlas.

Son muchos los ejemplos que pudieran referirse, pero cómo olvidar, por ejemplo, Infierno en la ciudad (Renato Castellani, 1959), con la que el director nos muestra la ceguera y hasta el absurdo de la ley frente a las problemáticas sociales. Por citar cine más reciente, podrían mencionarse algunas cintas de los hermanos Dardenne o del británico Ken Loach, como Yo, Daniel Blake (2016).

Trailer de la película británica Yo, Daniel Blake, de Ken Loach.

La didáctica de la historia puede ser tal vez de las más beneficiadas con el empleo del cine. Una ya larga tradición de estudios sobre cine e historia parece avalarlo, aunque esas relaciones hayan estado sujetas a no pocas polémicas. En todo caso, parece fuera de duda que el cine puede constituir un medio idóneo para el cultivo de lo que se ha dado en llamar empatía histórica.

Esta última podría resumirse como la capacidad de “ponerse en la piel” del actor histórico, sea el que sea. Es decir, comprender sus actuaciones desde sus propias circunstancias y referentes. La gran virtud de esta vía es que se dirige a la superación del extrañamiento: nada humano nos sería indiferente (ni ajeno), por parafrasear la conocida alocución latina. Y no es otra, al fin y al cabo, la pretensión de la Historia.

Tal vez nada más difícil, a este respecto, que situarse en el ambiente que constituyó el caldo de cultivo del nazismo, como hace el gran director sueco Ingmar Bergman. Con El huevo de la serpiente (1977), podemos “masticar” la atmósfera de humillación, angustia y vacío en que se precipitó la República de Weimar. Algo fundamental si aspiramos a tratar de comprender lo que parece, a primera vista, incomprensible: un fenómeno de catástrofe social y humana como el nazismo.

En cuanto a la educación, por poner un último ejemplo, la riqueza de perspectivas y matices que puede aportar el cine al docente o educador resulta muy considerable. Como hemos dicho, el cine, como todo buen arte, en tanto que promotor del autoconocimiento, puede contribuir a la mejora pedagógica. Recuérdese solo, a este respecto, el impacto causado por la película Los cuatrocientos golpes, de Truffaut. No se puede evitar un escalofrío al pensar que el pequeño protagonista del filme pudiera ser considerado “malo” o “rebelde” en el contexto del momento. Truffaut, al descorrer el velo de esas circunstancias sociales y familiares, nos abre los ojos y nos permite ver al niño por sí mismo.

Fotograma de Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959).

El “olvido” relativo que experimentan en general las ciencias humanas, como la psicología o la propia pedagogía, respecto a tales circunstancias, tal vez hiciera recomendable revisitar cintas como esta.

El cine: hermanamiento de palabra e imagen

En definitiva, parece un error contemplar la introducción del cine como recurso didáctico como una lucha entre palabra e imagen; esto es, entre dos universos de significantes culturales casi irreconciliables. En toda buena narración cinematográfica, palabra e imagen se hermanan, de la misma manera que lo han hecho en la pintura durante siglos a través del símbolo. Toda obra de arte, de hecho, se convierte en expresión sensible de la palabra-pensamiento: es esa síntesis suprema, justamente, lo que nos maravilla en el arte. Y por esto es no solo compatible con la transmisión del conocimiento, sino tan atractivo para el mismo.

Así pues, como ocurre con todo arte, a través de una película podemos ofrecer a nuestros alumnos una síntesis, que puede llegar a ser magistral en algunos casos, entre lo universal y lo concreto. Porque todo buen artista es capaz de ver en lo particular la expresión de lo universal, y tal vez justamente por ello, sin que lo particular pierda un ápice de la singularidad que lo hace único.

Por esto podemos decir que el cine no solo puede ayudarnos a introducir contenidos de manera atractiva, sino también a educar estéticamente y en valores, campos en los que al parecer venimos cosechando estrepitosos fracasos.