Cómo puede esquivar su muerte la Filosofía

En su libro El gran diseño, escrito junto a Leonard Mlodinov, Stephen Hawking sentenciaba: “La Filosofía está muerta”. ¿Es cierto? ¿Tenía razón el eminente físico británico? ¿Cabe decir que la Filosofía ha sido completamente superada por el desarrollo de las ciencias empíricas, cuyos incuestionables progresos le habrían arrebatado el monopolio de la reflexión sobre las cuestiones más profundas del pensamiento humano?

De ser así, ¿en qué condiciones podríamos esperar un renacimiento futuro de la Filosofía, si es que la defunción de esta disciplina no ha de considerarse un fenómeno irreversible, sin visos de resurrección venidera?

Es difícil desprenderse de la sensación de fatiga e irrelevancia que envuelve en ocasiones la labor filosófica. A día de hoy, a muchos se les antojará imposible que la Filosofía siga el ritmo de las Ciencias Naturales y aporte algo valioso al universo del conocimiento humano, donde solo mediante la especialización parece factible obtener logros reales, avances robustos en la senda del saber.

Por mucho que la Filosofía ame el saber, el progreso de la Ciencia le habría tomado el relevo en la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas de la mente humana. La Filosofía solo podría observar, impotente, el fabuloso despliegue de las disciplinas científicas que nacieron históricamente en su seno, pero que llevan casi dos siglos emancipadas de su tutela, sin que sientan deuda alguna hacia su progenitora.

En busca del prestigio pasado

El prestigio pasado de la Filosofía contrasta, no obstante, con su situación presente. El asombroso crecimiento de las Ciencias Naturales ha colonizado parcelas que antes pertenecían exclusivamente al pensamiento filosófico.

La Filosofía, en especial la metafísica –entronizada como “Ciencia primera” por Aristóteles–, sembró el terreno, pero parece que solo la Ciencia disponía del método adecuado para recoger los frutos. Solo la Ciencia podía responder fecundamente a los grandes interrogantes metafísicos y epistemológicos, cuya complejidad exigía una eficiente división del trabajo, un proceso de especialización intelectual y de conjugación de lo teórico y de lo empírico que acabó por alumbrar las diferentes ramas de la Ciencia, ya independizadas de la matriz filosófica.

En tiempos más recientes, misterios como la naturaleza de la conciencia humana, que habían constituido un territorio reservado a la reflexión filosófica, han sido atacados paulatinamente por el método científico. Por su parte, en el ámbito de la lógica y de las matemáticas el progreso ha sido también extraordinario.

Desde el siglo XIX, y sobre todo a lo largo del XX, las ciencias formales han avanzado lo suficiente como para alcanzar resultados capitales en torno a problemas como el de los fundamentos de la matemática y el de los límites del conocimiento humano, que con anterioridad habían sido copados por los filósofos.

En lugar de conformarse con especulaciones metafísicas y con opiniones inciertas, las ciencias conquistan gradualmente conocimientos sólidos, lógica y empíricamente validados.

¿Dónde está la Filosofía?

Frente a un horizonte tan prometedor y luminoso, ¿dónde está la Filosofía? ¿Qué progreso igualmente notable ha protagonizado en las últimas décadas?

Ante un pasado tan ilustre como el suyo, ¿por qué un presente tan sombrío? ¿Puede aún ser un interlocutor solvente para la Ciencia, o la fatalidad de un destino manifiesto la abocaría a diluirse inexorablemente, como si ya hubiera cumplido con creces su papel histórico: el de allanar el camino al surgimiento de las modernas ciencias empíricas?

Suele decirse que la Filosofía resiste como baluarte del espíritu crítico. El elemento crítico representaría así lo más distintivo de la Filosofía, su esencia irreductible. Ciertamente, la Filosofía busca criticar los fundamentos de nuestras ideas, los presupuestos de nuestras formas de pensar y de las categorías que las sustentan. Sin embargo, es injusto que la Filosofía se arrogue el espíritu crítico como si fuese patrimonio suyo.

Todo ejercicio de la razón implica asumir un espíritu crítico. Es imposible razonar bien si no se es crítico, porque razonar es justificar, es encontrar una lógica, es identificar los principios y las leyes subyacentes a nuestras ideas y a nuestros juicios. De hecho, la Ciencia ha exhibido con frecuencia un espíritu crítico tanto o más profundo que el de la Filosofía.

Ana Galvañ / Telos

La ciencia no nos proporciona una ética

¿Qué puede entonces hacer la Filosofía? ¿Contemplar pasivamente el progreso científico, y quizás resignarse a su disolución definitiva, absorbida por las distintas ciencias?

Para muchos, el único territorio auténticamente virgen, el último reducto de la Filosofía, no sería otro que la ética. La Ciencia no nos proporciona una ética. La Ciencia nos permite comprender la estructura y el funcionamiento del universo, pero nos dice poco o nada sobre el sentido de nuestra existencia en ese universo.

La aplicación de los conocimientos científicos en forma de técnica nos brinda multitud de medios para navegar en ese universo, pero no nos revela cuáles deben ser los fines hacia los que hemos de orientar esos medios. En el plano de la reflexión sobre los fines se percibe así el valor de la Filosofía y, más aún, de las Humanidades, pues solo si nos atrevemos a formular la pregunta por el sentido, por el significado de lo humano, podemos plantearnos qué hacer con el conocimiento para mejorar el mundo.

Alianzas con la investigación científica

No obstante, además de la ética existe un horizonte fértil para el pensamiento filosófico: el de la integración del conocimiento. La multiplicación de campos y de subcampos dentro de la investigación científica puede hacernos perder de vista la profunda continuidad que existe entre todas las ramas del saber.

En el fondo, por complejas que se nos antojen determinadas esferas de la investigación científica, los conocimientos que de ellas poseemos no hacen sino remitir a unos pocos principios fundamentales, compartidos por las distintas ciencias y en cuyas bases se alzan, en último término, las leyes de la física. Es el vasto sistema lógico que, en virtud de unos conceptos fundamentales y de unas reglas de inferencia, conecta las grandes ramas científicas.

Explorar cuáles son esas categorías y esos principios dotados de inmenso poder explicativo, reflexionar sobre los nexos conceptuales entre las diversas ciencias y mostrar el gran hilo racional que vincula todos los campos del saber entre sí, representa una tarea sumamente valiosa.

No solo porque ayuda a discernir, frente a la dispersión aparente, los lazos conceptuales más profundos, sino también porque puede contribuir a poner de relieve las deficiencias de nuestras explicaciones científicas en su estado actual, los flecos teóricos que aún persisten.

Así será posible sugerir nuevas y osadas preguntas que inspiren a la propia investigación científica, como por ejemplo ocurre en el ámbito de la Filosofía de la mente, muchos de cuyos interrogantes han sido y son un estímulo provechoso para el desarrollo de la Neurociencia.

Especialización

La integración del conocimiento puede entonces interpretarse como la tentativa de reflexionar sobre las estructuras conceptuales básicas de las distintas ciencias, sobre el sistema de sus categorías, para poner de manifiesto la continuidad entre todos los dominios del saber.

En una época de especialización generalizada, ¿quién nos ayudará a ver el bosque más allá de los árboles? Esta panorámica global, susceptible de destilar los resultados más significativos del análisis científico, ha de conducirnos a una síntesis de los conocimientos que permita distinguir cuáles son las categorías más relevantes, más universales y profundas, de las que se derivaría natural y armoniosamente el resto.

No sería exagerado afirmar que el imperativo de sobreponerse a esta saturación de datos, a través de la identificación de los principios y de las categorías más importantes, es uno de los mayores retos de nuestra época.

La Filosofía no tiene por qué autoerigirse en tutora de la Ciencia, ni competir con ella a la hora de proponer explicaciones sobre la naturaleza de la realidad. La Ciencia no necesita tutelas filosóficas. Posee un método lo suficientemente poderoso como para revisar continuamente sus presupuestos y abrirse a nuevas posibilidades teóricas. Además, la grandeza de la Ciencia no se circunscribe a sus potenciales aplicaciones tecnológicas.

El poder de la ciencia

Es en su capacidad de revelarnos la lógica y los mecanismos del universo donde brilla con mayor intensidad el poder de la Ciencia. Es en la comprensión más que en la utilidad práctica donde resplandece la empresa científica de la humanidad.

La Ciencia nos ha permitido contemplar lo humano desde la perspectiva más universal y profunda: la de las leyes de la naturaleza. Materia, vida y conciencia se han insertado así en un mismo proceso gobernado por unas mismas leyes. Una cura de humildad para el ser humano, una ocasión inestimable para relativizarnos y para mirar más allá de nosotros mismos.

Sin embargo, la Filosofía, que a lo largo de los siglos ha demostrado tanta y tan fructífera originalidad en el manejo de las ideas y en el análisis de los conceptos, puede servir a la Ciencia mediante una integración de los conocimientos acumulados.

Este intento de relacionar los contenidos de las distintas ciencias es clave para tender puentes con las Artes y las Humanidades. Se trata entonces de fomentar un espíritu de cooperación intelectual entre las diversas disciplinas, indispensable ante la envergadura de los retos a los que se enfrenta la humanidad. Pues, ciertamente, pensar el futuro y anticiparse a él en la medida de lo posible es el desafío de toda generación.

La Filosofía, a medio camino entre la Ciencia y el Arte, entre la explicación objetiva de lo que existe y la imaginación audaz de lo que aún no existe, no puede renunciar a proponer vínculos creativos entre las ramas del saber y de la acción. La Filosofía, en suma, no puede renunciar a pensar en grande: a pensar la Ciencia, a pensar el conocimiento, a pensar el mundo, a pensar lo humano, a pensar el futuro…


La versión original de este artículo ha sido publicada en el número 112 de la Revista Telos, de Fundación Telefónica.


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