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Quique González durante un concierto en Palencia en 2017. Wikimedia Commons / Montgomery, CC BY-SA

‘Daikiri Blues’: un documental que capta el proceso creativo de Quique González

Un, dos, tres, y… (susurrando) Un, dos, tres, y… (llamando a la calma) Un, dos, tres, y… (alargando las sílabas) Un, dos, tres, y… (apelando al sosiego) Un, dos, tres, y…

Con esta marca tan habitual en la música en directo, pero que no se suele escuchar en los discos, comienza Daikiri Blues (Sony, 2009). Es el tema que dio nombre al octavo disco del músico madrileño Quique González. Artista que ya anteriormente había huido del “rugido” y la electricidad habitual del rock and roll para acercar a sus oyentes su poesía envuelta en música. Música íntima cargada de matices.

Sin embargo, para la grabación de este disco, González se desplazó hasta Nashville (EEUU) para trabajar allí junto a Brad Jones. De esta fusión entre el músico y el productor surgió una música en la que el silencio tomaba un papel protagonista. Los espacios sonoros insinuaban y emocionaban.

Letras pulcras e intimistas adornadas con instrumentos e instrumentistas habituales en el folk estadounidense pero no tanto en España. Un disco con un sonido tan cercano que en ocasiones parece que se puede sentir al cantante murmurando ese “un, dos, tres, y” al oído. 43 minutos con letras que llaman a la reflexión, como por ejemplo: “Tengo que luchar con la cabeza y pensarlo con el corazón” o “Te vi mezclar a partes iguales las comas y los puntos aparte”.

El documental

Junto a este disco apareció un documental que se puede encontrar en diversas plataformas. Grabado y producido por Fernando Macaya, músico y amigo de Quique González, que viajó junto a él a Nashville. No se trata de una superproducción ni de un despliegue de recursos audiovisuales. De hecho, el firmante de este artículo se ha planteado en numerosas ocasiones si las imágenes que grabó Macaya estaban pensadas para ver la luz.

Y ahí está la magia de este documental. Casi una hora de confesiones, diálogos entre amigos, comentarios subjetivos, planos robados y, en definitiva, 55 minutos sumergidos en el proceso creador de un disco. Esta es la valía de este documental: reflejar a modo de diario esos momentos en los que no pasa nada, impera el silencio, la reflexión, la introspección característica del músico, hasta que… ¡ahí está!

Ese destello en los ojos de Quique González en el momento que Brad le sugiere incluir unos vientos desafinados al “estilo New Orleans”. Ese instante en el que todo tiene sentido. Ese segundo en el que el compositor encuentra el vehículo para expresar sus sentimientos.

Primera parte del documental `Daiquiri Blues´ (Fernando Macaya, 2009).

Lo importante es el mensaje, no el medio

El documental empieza apelando a lo más profundo del espectador. En este caso cambia ese “un, dos, tres” descrito anteriormente por un violín “crudo”, sin casi reverberación, sobre un fondo negro. Este cambia a un plano ralentizado desde un coche pasando por un puente figurando el viaje emprendido.

En voz en off, con subtítulos y una calidad sonora que nos avisa que lo importante será el mensaje y no el medio transmisor, Brad Jones explica como empezó este proyecto musical.

Los mejores momentos

Resulta difícil destacar momentos de este indispensable documental, pero me quedaré con tres de ellos. Uno, es la escena en la que González, de noche, está trabajando con uno de los temas en el piano, probando acordes y cambiando melodías. Mientras, se superponen imágenes de su mesilla de noche llena de libros de Juan Marsé y Rainer Maria Rilke. Instante íntimo en el que la inspiración traspasa la pantalla.

El segundo de esos momentos “mágicos”, es el protagonizado por Quique González y Chris Carmichael después de que este grabase los violines en uno de los temas. A la espera de la escucha y aprobación por parte del productor, compositor y violinista empiezan una conversación sobre la música y sus referentes. En esta escena se nos muestra lo que pasa en un estudio de grabación, las interacciones personales, las conversaciones y los intercambios de impresiones “mundanas” en medio de ese proceso creador al que ya hemos aludido.

Pero sin duda, la escena más estremecedora está protagonizada por Al Perkins. Se trata de uno de los músicos de rock & roll y folk que figura en todos los libros de Historia de la Música sobre dichos géneros. Un artista que, en palabras de Brad Jones, productor del disco, “puede romperte el corazón con dos simples notas”. En el documental se le ve escuchando la canción en la que pondrá la parte de Steel guitar, sin moverse, impasible con los ojos cerrados, hasta que llega su momento y el sonido subjetivo se centra únicamente en su intervención y en la que será la grabación final. El corazón del espectador se acompasa con el tempo del tema. Sin duda, un momento indescriptible.

En definitiva, un documental igual de íntimo que el disco que acompaña. Momentos para disfrutar con todos los sentidos y dejarse llevar por la magia de la música y la sinceridad de los músicos. Un documental que busca reflejar lo intangible de la música y que, a mi parecer, lo consigue.

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