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El polémico Nutri-Score: sensatez epidemiológica y defensa de la salud pública

En algunas redes sociales han surgido polémicas, a menudo polarizantes, sobre el etiquetado frontal de alimentos Nutri-Score. Por un lado, tienen razón quienes abogan por perfeccionarlo para que defienda y favorezca el consumo de alimentos de acuerdo a la evidencia científica, como el aceite de oliva, y de otros que no necesitan etiqueta porque no están procesados.

Pero tampoco se puede obviar el respaldo científico que múltiples estudios epidemiológicos a largo plazo y rigurosamente diseñados otorgan al sistema de puntuación en el que se basa Nutri-Score.

¿Cómo funciona este semáforo nutricional?

Nutri-Score asigna puntos según la composición química nutricional (por 100 g o 100 ml de producto) y contabiliza tanto los elementos desfavorables (calorías, azúcar, grasas saturadas y sodio) como los saludables (fibra, proteínas, frutas, verduras, legumbres, frutos secos y aceite de oliva). La puntuación final corresponde a 5 colores y 5 letras, desde la A, que es la mejor (verde oscuro) a la E, que es la peor (rojo intenso).

Con este “semáforo” consigue complementar los datos obligatorios de los envases actuales. Y lo hace aportando información simplificada y comprensible para facilitar decisiones libres y saludables en la compra.

Más allá de los desacuerdos técnicos sobre sus cálculos –que deben mejorarse, y se está en ello– la evidencia científica apoya el sistema Nutri-Score, al observarse una relación con la prevención de enfermedades crónicas y la reducción de mortalidad prematura. Pero esto no significa que sea perfecto, ni mucho menos.

¿Qué tiene que ver la epidemiología con Nutri-Score?

La epidemiología –-hoy de moda-– no es el mero estudio de las epidemias. Es la ciencia de los porqués en salud y enfermedad a nivel poblacional. Se ha erigido como la mejor herramienta de la salud pública y el mejor antídoto contra la pseudociencia, tan abundante en nutrición.

La finalidad de la salud pública es curar sociedades enfermas. Y eso parte de identificar, con buena epidemiología, los determinantes de la salud. Un determinante principal es el patrón alimentario, que, además, es modificable.

La epidemiología nutricional constituye la principal base de los conocimientos actuales sobre alimentación y salud. Se trata de identificar los elementos de la dieta que se asocian a largo plazo con un mayor o menor riesgo de enfermedad. Y suele basarse en los llamados “estudios observacionales de cohortes”, que son los más fiables porque llevan a cabo un seguimiento prolongado de muchos miles de participantes.

Al respecto, hay que tener en cuenta que la calidad de estas cohortes depende de la fidelización de sus voluntarios, para que no haya excesivas pérdidas de participantes durante el seguimiento. La opción que mejor funciona es escoger personas con alto grado de motivación y compromiso para permanecer en la cohorte. Por ejemplo, cohortes de médicos varones o de enfermeras.

Esta particularidad no convierte estos estudios en investigaciones ‘elitistas’. De hecho, son las fuentes científicas que más conocimientos han aportado a la medicina preventiva. Al restringir la participación, se incrementa la claridad y la validez de sus aportaciones, y se previenen distorsiones matemáticamente intratables por diferencias de nivel educativo u otros factores.

Con este tipo de cohortes se extrajo la evidencia científica que estableció la relación causal del tabaco en el cáncer de pulmón, de suma importancia.

Huelga decir que las cohortes serían inviables si los gobiernos negasen a los epidemiólogos el acceso a fuentes de información como el índice nacional de defunciones, que informa con máxima confidencialidad sobre el estado vital de participantes a los que no se pudo localizar.

Pues bien, volviendo a NutriScore, el proyecto SUN (Seguimiento Universidad de Navarra), que reúne 23 000 voluntarias y voluntarios de toda España con título universitario, observó que quienes consumían alimentos con peores puntuaciones tenían más riesgo de mortalidad prematura. Estos resultados han sido elegantemente replicados recientemente por otra cohorte española independiente.

Los “malos” son los ultraprocesados

Más allá del Nutri-Score, el peligro sanitario actualmente más grave en el ámbito alimentario son los productos ultraprocesados. Según la clasificación NOVA, múltiples cohortes han mostrado que el consumo de ultraprocesados eleva el riesgo de enfermedades crónicas y la mortalidad prematura. Están cargados de aditivos, siempre llevan etiqueta, y no se reconoce en ellos el alimento original.

Desgraciadamente, llenan cada vez más nuestros supermercados. De estos ultraprocesados (“los más malos de los malos”) se habla ampliamente en el libro ¿QUÉ COMES? (Planeta, 2020). Lo más crucial es priorizar los alimentos naturales, no procesados o mínimamente procesados, que son la base de la dieta mediterránea tradicional.

Este concepto debería integrarse mucho mejor en el Nutri-Score. Y muy especialmente, Nutri-Score debería dar al aceite de oliva la prioridad sobradamente reconocida por la mejor ciencia epidemiológica, incluyendo los resultados del mayor ensayo disponible (PREDIMED) y los de la cohorte SUN sobre el propio Nutri-Score.

Nadie es tan crítico ante una investigación epidemiológica como un epidemiólogo. Solo tras ver que los resultados iniciales se acaban replicando una y otra vez en estudios independientes se difumina el escepticismo. Resulta importante explicar –-divulgar–- cómo funciona Nutri-Score y cuáles son sus limitaciones, sin necesidad de desacreditar ni descalificar destructivamente el sistema.

Es patente que hay que mejorarlo aprovechando la unión de fuerzas entre investigadores, profesionales sanitarios, medios de comunicación y colectivos civiles. Sería bueno arrimar todos el hombro, sin posturas atrincheradas, y llegar a un acuerdo basado en la mejor epidemiología y en defensa de la salud pública. Al fin y al cabo, reforzar las políticas alimentarias está en el interés de todos.

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