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Un hombre con manchas piel blanca y de color, como si padeciera vitíligo.

El racismo es absurdo porque todos somos emigrantes afrodescendientes

Agosto de 2020 en Kenosha (Wisconsin). Un policía blanco le pega siete tiros por la espalda y a quemarropa a Jacob Blake, un joven afroamericano de 29 años, con tres de sus hijos como testigos. Han pasado solo tres meses desde que otro afroamericano, George Floyd, falleciera intentando respirar mientras un policía de Mineápolis le ponía su rodilla en el cuello. Dos casos de fuerza injustificada que no dejan indiferente a muchos estadounidenses, cansados de la impunidad con la que actúan las fuerzas del orden. Incluso los jugadores de la NBA plantearon cancelar la temporada.

Evolutivamente, todos somos africanos y emigrantes

Frente al racismo, el mejor arma es la biología. Porque siendo rigurosos, podemos decir que, evolutivamente, todos somos africanos y emigrantes de la especie Homo sapiens. Quedamos así clasificados, algo que nos encanta. Como seres sociales, nos sentimos bien si formamos parte de un grupo en el que encajamos, sea cual fuere. Veneramos a nuestros ancestros y, de modo general, heredamos, buscamos o creamos un cierto arraigo familiar, social, cultural, político o geográfico con el que nos identificamos. Incluso nos identifica el no querer sentirnos identificados.

La categoría biológica básica es el taxón especie. Si recurrimos a esta clasificación unitaria como grupo al que pertenecemos, los análisis genómicos indican que nuestra especie, tan moderna y compleja como ella sola, se originó en África hace unos 200 000 años.

Más aún, se apunta a la primera aparición de nuestros ancestros en una zona muy concreta del continente, al sur del río Zambeze, desde la que sus descendientes comenzaron a emigrar hacia Europa y Asia hace unos 70 000 años. O sea, que todos los humanos modernos procedemos de África y de antepasados emigrantes.

Menos diferencias entre personas de distintas “razas” que individuos de la misma

La noción de raza depende de diferencias culturales, generalmente asociadas a ámbitos geográficos concretos y, sí, es un constructo social. Los humanos, sea donde fuere que nos desplacemos e instalemos, nos relacionamos y mostramos una alta actividad sexual, lo cual hace que se pueda detectar menos variabilidad genética entre individuos de las diferentes, y clásicamente denominadas, “razas” que entre individuos que puedan asociarse a una de ellas en concreto.

La genética también nos indica que los humanos estamos mucho más estrechamente relacionados entre nosotros de lo que lo están los chimpancés entre ellos. Y eso pese a que la población de humanos supera con creces a la de chimpancés y abarca un ámbito geográfico mucho más amplio.

Cabe destacar el hecho de que puede encontrarse más variabilidad genética entre dos tribus cercanas en África que entre individuos europeos, asiáticos y maorís, por indicar un ejemplo. Es decir, que la variación encontrada en África excede con creces la detectada entre personas de los demás continentes.

En definitiva, podemos decir que la biología molecular nos indica que las poblaciones humanas no han evolucionado independientemente, sino que han mantenido una conexión muy estrecha a través de un extenso flujo genético. Además, las evidencias actuales están en contra de que el desarrollo del comportamiento humano, en los últimos 50 000 años, se base en una mutación o en unas pocas mutaciones.

La genética y el aspecto externo

Tal y como los especialistas indican, las categorías raciales que históricamente se tratan como naturales, con las nociones de superioridad o inferioridad que conllevan, no tienen cabida en biología.

La siguiente figura muestra una interesante comparación entre el genoma de tres destacados científicos, los europeos Craig Venter y James Watson, y el coreano Seong-Jin Kim. Como puede observarse, cada científico de origen europeo comparte más SNPs (similitudes en su secuencia de ADN) con el coreano que entre ellos cuando, por su aspecto físico externo, se podría esperar que fuese al contrario.

Diagrama de las coincidencias genéticas entre James Watson, Craig Venter y Seong-Jin Kim. ArtifexMayhem / Wikimedia commons, CC BY

Cuando se analizaron con más detalle los genomas de Venter y Watson, se detectó que el Dr. Venter es portador de dos copias funcionales (alelos) de un gen encargado de metabolizar determinados fármacos, lo que se denomina ser un metabolizador extensivo (normal). Sin embargo, el Dr. Watson presenta una variedad alélica en este gen que hace que su organismo metabolice más lentamente las mismos fármacos, variedad común en individuos del este asiático y no tanto en europeos.

Las implicaciones y conclusiones de esos estudios son directas: tampoco en medicina se pueden tomar decisiones teniendo en cuenta el aspecto físico del paciente. Para llevar a cabo una medicina personalizada, la comunidad científica debe dejar atrás procedimientos simplistas basados en la raza, y centrarse en los factores genéticos y ambientales que puedan realmente afectar al metabolismo de los fármacos en cada paciente.

La genética del color de la piel

Cuando hablamos de razas, solemos pensar en el color de la piel y el aspecto externo. No tenemos en cuenta que, en realidad, esas diferencias visibles son fruto de adaptaciones al medio, como la exposición al sol, equivalentes a quienes se han adaptado a vivir en altitud (con menor cantidad de oxígeno en el aire).

Por lo tanto, es un error garrafal asociar el comportamiento con el color de la piel. Como también lo es asociar el color de la piel con la raza, ya que solo en poblaciones africanas se han detectado ocho variantes genéticas que influyen poderosamente en la pigmentación de la piel, algunas haciendo que sea más oscura y otras más clara, con una enorme variación dentro de la propia población africana.

Estos genes están ampliamente compartidos por el mundo y uno de ellos es responsable de la piel clara. No sólo en los europeos, sino también en tribus cazadoras-recolectoras de Bostwana, variante genética que ya estaba presente en nuestros ancestros más lejanos, incluso antes de la aparición de Homo sapiens.

Al final, como dice la profesora Audrey Smedley, parece que la raza no es más “que una forma sistemática culturalmente estructurada de mirar, percibir e interpretar la realidad”.

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