Emotongue: una aplicación para discriminar nuestras emociones

Si alguien nos pregunta cómo nos sentimos, la respuesta habitual que solemos dar es “bien” o “mal”. Por el contrario, si lo que nos preguntan es qué sentimos en un momento preciso, probablemente la experiencia que tengamos a la hora de responder sea sutilmente diferente.

Más allá de evaluar nuestro estado personal con un lacónico “bien” o “mal”, buscaremos algún tipo de evidencia subjetiva para responder a la pregunta. En cierta manera, podríamos decir que la pregunta crea la respuesta. La pregunta construye un estado, o al menos puede contribuir a crear un estado mental determinado.

¿Qué sentido tiene preguntarse por lo que sentimos?

Responder a la pregunta de qué es lo que sentimos no es tan sencillo como pueda parecer inicialmente. Probablemente, lo más importante de esta pregunta es dejar un tiempo en el que nuestra atención se dirija a nosotros mismos. En función de lo que nos ocurra en ese momento concreto, o la situación vital más amplia en la que nos encontremos, resulta bastante habitual responder que “nada”, porque a lo mejor simplemente estamos tranquilos, relajados o serenos. Y eso es tan neutro que lo denominamos “nada” porque no le damos valor.

Probablemente tengamos tendencia a notar aquello que marca una diferencia más grande, aquello que disrumpe lo que no se ajusta a nuestras expectativas.

Toda emoción va ligada al contexto y, por tanto, a los significados que construimos en ese momento en función de lo que se permite o resulta adecuado en dicha situación. Por ejemplo, habrá matices en lo que siento en función de la situación objetiva (una discusión con un compañero de trabajo), subjetiva (el compañero es buen amigo o una persona a la que apenas conocemos), el contexto más amplio (es la primera discusión del día, es la quinta discusión sobre el mismo tema, etc…), el momento personal (al comienzo de mi carrera profesional, tratando de dar una buena impresión; estoy a punto de jubilarme y ya estoy de vuelta de todo) e incluso la cultura en la que nos encontramos (en esta organización o sociedad evitamos cualquier discusión, en esta organización o sociedad entendemos que no podemos avanzar de verdad sin discutir).

El contexto de los sentimientos

Normalmente, somos conscientes de lo que sentimos, incluso de los matices de lo que sentimos, pero no siempre somos conscientes del contexto en el que nos encontramos y de cómo este ha influido en cómo hemos interpretado una situación determinada. Es más, tampoco estamos acostumbrados a conectar sensaciones fisiológicas con nuestra experiencia emocional.

Pensemos, por ejemplo, en la situación en la que una persona siente un hormigueo en el estómago. Según sea consciente o no del contexto en el que se encuentra y según cuál sea dicho contexto, la persona podrá distinguir si ese hormigueo significa hambre (imagínense que es mediodía y esa persona todavía no ha comido), significa “tener mariposas en el estómago” porque alguien cercano le atrae, significa malestar porque está incubando una gripe o significa ansiedad porque tiene que recibir los resultados de una prueba de embarazo.

En todo momento, su mente estará construyendo posibles respuestas a lo que le ocurre, las cuales podrán ser acertadas o no, dependiendo de cómo la persona haya interpretado la situación y haya sido capaz de notar y diferenciar adecuadamente las señales y la información a su alcance.

En definitiva, lo más importante es que lo que sentimos nos proporciona información acerca de cómo estamos interpretando lo que nos ocurre. Más allá, lo que sentimos es el producto de procesos normalmente inconscientes que nos informan de qué significa para nosotros algo como miembros de una cultura determinada. Al fin y al cabo, es el producto de algo que nosotros mismos hemos construido, normalmente sin darnos cuenta.

Las emociones no son innatas

A pesar de lo que pueda parecernos, y al contrario de lo que afirma gran parte de la investigación clásica sobre inteligencia emocional, no existen correlatos físicos, cerebrales, ni de nuestra conducta no verbal que estén inherentemente conectados a ciertos estados emocionales discretos, tales como la tristeza, la alegría, el miedo, etc.

En este sentido, las emociones no son innatas ni universales. Autoras como Lisa Feldman Barrett o Kristen Lindquist han demostrado que el cerebro construye experiencias emocionales a partir de predicciones interoceptivas que le permiten dar significados distintos a las experiencias sensoriales por medio de experiencias similares ocurridas en el pasado en contextos parecidos, por medio del lenguaje y de conceptos emocionales aprendidos en nuestras familias y en la cultura en la que la persona se desarrolla.

Las emociones no son reacciones al mundo, sino una creación de nuestra mente para dar sentido e intentar explicar la causa de nuestras sensaciones y acciones.

Según Feldman Barrett, si una persona viviera aislada de la sociedad, teniendo a su alcance solo los recursos necesarios para su supervivencia, no podría sentir emociones, sino únicamente experimentar afecto, un sentir más primordial y ambiguo, como las sensaciones de placer o disgusto que suelen sentir los bebés en los primeros meses de vida. Las personas necesitan de un entorno social para dar etiquetas compartidas a lo que sienten y transformar ese afecto en emociones.

La importancia del lenguaje

Teniendo en cuenta estas nociones construccionistas de investigación sobre la experiencia emocional, en colaboración con Kristen Lindquist, de la Universidad de North Carolina (EEUU), y en el contexto de una tesis doctoral centrada en facilitar una mejor gestión emocional en varios grupos de profesionales asistenciales, hemos desarrollado una aplicación llamada Emotongue, que tiene en cuenta la importancia del lenguaje en la expresión y percepción de las emociones con el propósito de verificar su intensidad y variabilidad.

Para el diseño de la aplicación, nos basamos en el “modelo circumplejo” de James Russell, el cual permite averiguar si, al describir lo que una persona siente, esta es más sensible a sensaciones de placer o disgusto o a su nivel de activación fisiológica y mental.

Aprobada y registrada en PlayStore, Emotongue está ahora disponible de forma totalmente gratuita para smartphones que funcionen con un sistema operativo Android, cuya versión sea equivalente o superior a la 4.0.

Emotongue genera cinco notificaciones diarias, que la persona puede contestar en un plazo de dos horas, en las que se pregunta qué siente el usuario, qué ha ocurrido para que se sienta de esa manera y si hay cambios en su estado de ánimo y emocional después de haber contestado a dichas preguntas.

17 emociones diferentes

Los usuarios pueden elegir, en una ruleta dinámica de 17 distinciones emocionales, cuál se ajusta a lo que siente en ese momento. Una vez seleccionada una emoción, enfado por ejemplo, aparece a su vez otra ruleta que discrimina dentro del enfado distintos matices.

Ejemplos de pantalla de la aplicación Emotongue.

Por ejemplo, si la persona ha seleccionado “enfado”, se despliegan las siguientes opciones: molesto, decepcionado, enfadado, tenso, agitado, irritable e iracundo, pudiendo elegir una de ellas. Si seleccionara la emoción “alegría” podría elegir entre si se siente aliviado, distendido, si está a gusto, contento, alegre, gozoso u optimista.

Fieles al propósito de facilitar una mejor gestión de nuestras emociones, esta aplicación pretende cambiar nuestra actitud ante nuestra experiencia emocional. La visión clásica de las emociones suele plantear un escenario que refuerza una actitud pasiva ante las mismas.

Cuando sentimos algo como, por ejemplo, tristeza, entusiasmo, miedo o rabia, es fácil ver dichas emociones como una reacción a algún evento que acaba de suceder. Por ejemplo, conocer la noticia del fallecimiento de un ser querido, la notificación de la aceptación de una propuesta de negocio, la noticia de un embargo o ser interrumpidos de manera inesperada de una lectura que nos tenía absorbidos.

Más que una reacción, la emoción concreta que sintamos, o la emoción que seamos capaces de identificar o nombrar, supone una invitación a pensar proactivamente qué significa esa situación y desde dónde estamos construyendo ese significado.

Podemos generar un espacio para atender, notar y diferenciar mejor lo que está ocurriendo. Además, es posible atender al contexto en el que nos encontramos y ver si es la única opción posible. Por ejemplo, la rabia sentida ante una interrupción como la mencionada antes será más comprensible si tengo urgencia por terminar esa lectura que si dispongo de todo el tiempo para llevarla a cabo. La experiencia es un evento interno subjetivo, y eso facilita que se viva como algo ante lo que reaccionamos, en vez de algo que podemos también objetivar y reconstruir, aportando nuevos significados.

El fenómeno de la consciencia

El conocimiento que tenemos de nuestras experiencias subjetivas, conocer qué es lo que sentimos en función de cómo interpretamos una situación, depende mucho de un fenómeno bastante escurridizo: la consciencia.

De manera similar a la pregunta con la que iniciábamos este artículo, si nos preguntan si somos conscientes, lo normal es contestar que sí. Pero ¿lo éramos antes de que nos formularan la pregunta? De nuevo, la pregunta genera una experiencia atencional, incluso la propia conciencia de ese momento presente.

Antes de ello, probablemente solo exista el flujo continuo de nuestra actividad mental. Autores como Susan Blackmore utilizan la metáfora de la luz de la nevera para explicar este tipo de paradojas atencionales. ¿Está la luz de nevera encendida o apagada? Si lo queremos comprobar y abrimos la puerta de la nevera, efectivamente observamos que está encendida. Pero evidentemente hemos sido nosotros quienes la hemos encendido, abriendo la puerta. Y no podemos saber si está encendida o no con certeza si no la abrimos.

Conocer cómo nos sentimos tiene muchas conexiones con nuestros procesos atencionales, de nuestra consciencia y, en definitiva, de la construcción de esto que denominamos mente. A partir de ahora, si quiere saber cómo se siente alguien, lo mejor es preguntar directamente por ello y poder tener un buen número de opciones que discriminar.