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Niños asomados a la escalera de un grupo escolar de Barcelona en 1937. BNE -Biblioteca Digital Hispánica

En Educación, cualquier tiempo pasado no fue mejor

La idea de que la educación se ha deteriorado y que avanza irremediablemente a la mediocridad parece haberse colado en el imaginario colectivo y en determinados círculos académicos. En este debate se critican las recientes reformas, en consonancia con las tendencias supranacionales, acusándolas de alejarse del ideal ilustrado y de reducir la exigencia académica. Es común que se haga mención a la meritocracia, a la cultura del esfuerzo o se recuerden tiempos pasados.

Apuntar que la educación está peor supone tomar tiempos pretéritos como medida comparativa. Pero cuesta saber cuál es el pasado que se añora, si el fracaso educativo de los años setenta (82 % a los 14 años) y su falta de plazas escolares (1,5 millones de menores sin escolarizar), la baja escolarización postobligatoria e infantil de los años ochenta (inferior al 70 %), la tasa de idoneidad de los noventa (58 % en 1994) o el abandono educativo temprano de los 2000 (32,2 % en 2004).

La necesidad de no olvidar el camino recorrido

En apenas medio siglo, en España se erradicó el analfabetismo, aumentó la edad obligatoria, se universalizó el segundo ciclo de Educación Infantil, se incrementaron las tasas de titulación y se produjo cierta armonización de la formación de la población adulta en relación con la UE.

En las últimas décadas se ha mejorado el acceso y permanencia en el sistema educativo, y se ha logrado que este sea más inclusivo y comprensivo. Se han incorporado amplias capas sociales, sin que los resultados se resientan, tal y como muestra PISA, donde las puntuaciones se han mantenido estables. Teniendo en cuenta que la mayoría de los indicadores presenta las mejores cifras de la serie histórica, cabe preguntarse cómo es posible que, sin evidencia sólida, la idea de la devaluación educativa haya calado tan profundamente en la sociedad.

Los argumentos en este sentido tienen que ver con la conceptualización de la educación como proceso selectivo de ordenación social, el hecho de juzgar a los estudiantes desde una óptica caduca o con exigir a la escuela retos que la superan.

La escuela como creadora de orden social

Uno de los argumentos esgrimidos está relacionado con la idea de que la escuela ha de servir a la ordenación social. Desde esta perspectiva, las capacidades innatas (lotería genética), el esfuerzo o las decisiones serían la base para asignarle a cada individuo un puesto en la sociedad. Se trasladan así a la educación obligatoria las ideas de competitividad y selección aplicadas en otras etapas o procesos como las oposiciones. Sin embargo, se obvian las desigualdades de partida y el hecho de que la educación constituye un derecho básico.

Esta conceptualización concede gran importancia al proceso de titulación y certificación. Se asume pues que el objetivo de la educación no sería el desarrollo de todas las potencialidades del individuo sino la elaboración de una lista de ganadores y perdedores. Esta visión es incompatible con el éxito de todos, puesto que los títulos se devaluarían a medida que lo obtienen más estudiantes.

Por ello, se asume que un mayor nivel de exigencia conduce a más rendimiento bajo una suerte de conductismo _naif de premios y castigos. Por el contrario, la mayoría de los trabajos académicos coincide al señalar que el nivel competencial que poseen quienes han obtenido un determinado título no ha variado significativamente.

Nuevas competencias para un mundo cambiante

En un contexto en el que la información se multiplica de forma exponencial, parece claro que no es posible dotar a los estudiantes, durante la enseñanza básica, de los conocimientos y habilidades que necesitarán para hacer frente a las todas necesidades formativas de su vida futura. Además, los conocimientos relevantes cambian de forma vertiginosa. Por ello, son necesarias nuevas competencias, como la capacidad para aprender a aprender o el sentido crítico ante la información.

Aunque el paradigma de las competencias goza de cierto consenso, se juzga a las nuevas generaciones desde la óptica de los adultos, por desgracia en ocasiones caduca. Desde este enfoque, la educación se devalúa en la medida en que los estudiantes no poseen los conocimientos que en otra época se consideraban relevantes. Sin embargo, trabajos como PIAAC reflejan mayores niveles competenciales.

Puntuaciones medias en comprensión lectora y matemáticas en cada uno de los tramos de edad según el máximo nivel educativo alcanzado

Programa Internacional para la Evaluación de las Competencias de la población adulta (PIAAC). Instituto Nacional de Evaluación Educativa.

Estas diferencias se deben no solo a la cantidad, sino especialmente a un aumento de la calidad de la educación.

La educación como única vía de progreso social

Es frecuente que se conciba la educación como una herramienta para facilitar la movilidad social, la compensación de desigualdades o el progreso económico. Asimismo, cada día se incrementan las exigencias que se le demanda a la escuela como institución, tales como la educación financiera, emprendimiento, educación sexual, educación socioemocional o robótica.

En este contexto, aumentan las expectativas y se señala injustamente a los docentes como responsables de no atender estas demandas por desidia o incapacidad. Las altas expectativas frustradas estarían detrás del desencanto con la educación.

Un ejemplo claro aparece con la relación entre educación y mercado laboral. Si los titulados actuales no logran trabajos de calidad o el nivel de estudios viene acompañado de forma automática en el progreso social, un análisis habitual es responsabilizar de esto a supuestas lagunas en la formación de los jóvenes. Este enfoque olvida la responsabilidad de la sociedad en la educación y la importancia del contexto social y económico en los resultados.

Pasos de gigante y pasos de tortuga

El progreso educativo es una tendencia generalizada que supera territorios e ideologías. No obstante, la mejora de las condiciones educativas y los avances producidos en términos de extensión de la educación o aumento de la inversión no se han traducido de forma directa en una mejora exponencial y proporcional de los aprendizajes. Es decir, se ha seguido avanzando, pero no con la magnitud esperada.

En ocasiones, en el debate público se priorizan temas que están alejados de los problemas reales de la educación. Es el caso de la teórica bajada de nivel como consecuencia de asumir un currículum competencial, la posible desmotivación del alumnado una vez se minimice la repetición como castigo o la incultura de la futura sociedad cuando se reduzca el carácter enciclopédico de las enseñanzas medias.

Las evidencias señalan que algunos de los retos más importantes de la educación tienen que ver con la equidad, más que con la supuesta devaluación. Tal es el caso del desigual acceso a enseñanzas no obligatorias, el abandono educativo temprano, la privatización (y mercantilización) de la educación, la disponibilidad de actividades complementarias de calidad, el apoyo a los estudiantes más desfavorecidos, la educación en la sombra, la segregación o la repetición.

Ser conscientes de los enormes progresos alcanzados ha de servir para afrontar con optimismo y ambición los retos de la educación, partiendo de un diagnóstico realista basado en la evidencia.

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