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Pablo Iglesias, de espaldas, en un acto de la reciente campaña electoral en Madrid. FB / Podemos

Iglesias fue Podemos pero Podemos ya no será Iglesias

Cuando Podemos concurrió por primera vez a unas elecciones era prácticamente una fuerza desconocida. Se celebraban las Elecciones Europeas de 2014 y entonces solo se sabía que era el partido del “de la coleta”, ese joven profesor universitario que aparecía en televisión, que tenía la capacidad de explicar de forma pedagógica las causas de la crisis económica que atravesaba España y de salir indemne de las tertulias de la derecha a las que acudía.

Papeleta de Podemos para las elecciones al Parlamento Europeo de 2014. Wikimedia Commons

Fue así como Pablo Iglesias comenzó a popularizarse en muchos hogares hasta el punto de que, en una hábil estrategia política, Carolina Bescansa recomendó que las papeletas de aquellos comicios llevasen la cara del candidato emergente, en vez del logo del partido recientemente fundado.

La estrategia funcionó. Podemos rebasó las expectativas y logró cinco parlamentarios europeos, con más de 1,2 millones de votos. Sin embargo, lo que más llamó la atención fue la valoración de los resultados. Lejos del esperado tono triunfalista, Iglesias compareció con rostro serio e hizo toda una declaración de intenciones: el verdadero objetivo de la nueva formación era lograr la centralidad del tablero político español.

El asalto a los cielos

Con esos fines, y tras convertirse en una figura visible en el Parlamento Europeo, con un discurso que conectaba con los movimientos que se sucedían en el sur de Europa, emprendía un viaje de vuelta para irrumpir en la política nacional. Se celebró entonces la primera Asamblea del partido (Vistalegre I) en la que, por encima de todo, se escenificaba la renovación generacional y una nueva forma de hacer política en España. El viento soplaba a favor, hasta el punto que el Barómetro del CIS de octubre de 2014 otorgó a Podemos la primera posición en voto directo (17,6%). Era el momento de asaltar los cielos.

Las elecciones generales de 2015 y 2016 confirmaron que Podemos no era solo un partido protesta sino un partido con aspiraciones a gobernar, al obtener 69 y 71 diputados respectivamente (resultado de sumar las alianzas con sus socios de En Comú Podem, Compromís, En Marea).

La aparición de Podemos sacudió el sistema político español, rompió con el bipartidismo que había caracterizado al país durante varias décadas, introdujo nuevos rostros en el Parlamento y repolitizó el debate público, con nuevas discusiones. Sin embargo, fue ese salto de las calles al poder institucional, principal triunfo de Iglesias, lo que supuso también el comienzo de su declive.

Luces y sombras

A partir de entonces, Iglesias vivió con sus luces y sombras el rostro trágico de lo político. Comenzaron las primeras turbulencias dentro del partido. Podemos, nacido como partido-movimiento de carácter transversal, se había orientado hasta ese momento a articular y canalizar buena parte de la energía desprendida con el 15-M. Sin embargo, el paso de partido-movimiento a maquinaria electoral resultó traumático y terminó por ser un déjà vu de las peleas de la izquierda española. El resultado, en la práctica, fue la escisión del partido, con la simbólica marcha de varios de sus fundadores y la ruptura de algunas de sus alianzas territoriales.

Ese proceso de organización supuso además un viraje de partido “atrapalotodo”, con capacidad de atraer mediante significantes flotantes a distintos sectores sociales, a construir desde el espacio ocupado por Izquierda Unida.

En términos retóricos, Podemos se afianzó como fuerza de izquierda, dando cabida creciente a un discurso más clásico de clase que, al tiempo que le alejaba de los indignados de 2011, le ubican como una renovación de ese espacio electoral. Ese cambio discursivo supuso también una variación en su estructura interna. Los círculos fueron perdiendo peso y se comenzó a percibir un partido más vertical, con una organización jerárquica y un liderazgo fuerte. De alguna forma, parecía que Podemos envejecía.

Aunque la explicación puede parecer fácil (Iglesias consideró Podemos una creación propia, donde hacer y deshacer), la realidad es mucho más compleja. Pronto se convirtió en un personaje público incómodo para muchos sectores que dejaron de percibirlo como aquel joven televisivo que despertaba curiosidad, y empezaron a verlo como un político incontrolable, dispuesto a indagar en las entrañas del Estado. Si bien su astucia le concedió varias vidas políticas hasta el extremo de que, cuando su liderazgo parecía más discutido, logró formar parte del primer Gobierno de coalición de la historia reciente de España.

Pablo Iglesias (UP) y Pedro Sánchez (PSOE) se abrazan durante el anuncio de su acuerdo para formar gobierno de coalición el 9 de enero de 2020. Wikimedia Commons, CC BY

Éxitos y amarguras

Como ha sido constante en su carrera política desde 2014, a cada paso exitoso, le ha seguido un episodio con cierto sabor amargo. Su último servicio a la política institucional ha sintetizado bien esa tendencia: salvando a su partido, al que las encuestas antes de su viaje a Madrid dejaban fuera de la Asamblea -lo que hubiera supuesto una situación muy complicada para la formación morada-, pero pagando un alto precio: su propia cabeza. Con Madrid, logró sostener a su partido y hacer una sutil transición a través –de nuevo– de una hábil jugada política, al señalar a Yolanda Díaz como sustituta, pero no consiguió imponerse al relato de Ayuso ni conseguir la ansiada hegemonía en el ámbito progresista.

La campaña de Iglesias escenificó además la difícil convivencia de sus dos almas: la movimentística, en la que es capaz de moverse con una asombrosa naturalidad, y la institucional, a la que nunca terminó de adaptarse.

Si bien es cierto que su renuncia tras las elecciones madrileñas puede parecer un epílogo político, quizá solo estemos ante otro ejercicio de audacia. Liberado de esa segunda alma, el genuino Iglesias puede todavía dar mucho que hablar. Admirador de la política italiana, Iglesias retorna a las calles, como el partisano que nunca dejó de ser.

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