La palabra como antídoto contra el destierro infantil

La pérdida del lugar donde uno ha nacido y vivido sus primeros años es la pérdida parcial de uno mismo. Somos, en buena parte, los espacios, los olores, las caras conocidas y familiares que nos rodean. Somos las relaciones que hemos establecido con esos paisajes.

Cuando todo eso queda atrás y nos vemos empujados a abandonar el lugar al que pertenecemos, algo de nosotros queda enganchado en ese otro tiempo, como las ramas atascadas en el recodo de un río. Una interrupción, un corte, una suspensión se produce en la vida del que emigra o del que se exilia. Más aún si se trata de un menor. A ciertas edades se tienen menos recursos para abordar lo inevitable.

Este efecto resulta obvio para quienes, como yo, se vieron desplazados durante la dictadura militar que asoló la Argentina entre 1976 y 1983.

El prototipo de ciudadano global: el migrante

Pero los desplazamientos forzados no son acontecimientos del pasado. Refugiados, exiliados, migrantes son casi el prototipo del ciudadano global. Miremos donde miremos hay gente moviéndose, desplazada por razones económicas o políticas. A las puertas de Europa, en la frontera de los Estados Unidos.

Y entre ellos niños y adolescentes, menores que, sin embargo, no tienen voz, invisibilizados, como parte de la unidad familiar. O, si se los consigue ver, estigmatizados con apelativos como los “menas”, menores extranjeros no acompañados. Un eufemismo perverso que solo sirve a los propósitos de la burocracia estatal, más preocupada por el control que por el bienestar de la población.

Una comunidad de desterrados

¿Cómo hacer para que la experiencia propia del destierro sirva a otros y les ayude a encontrar su voz y contribuya a que se les escuche? ¿Cómo hacerlo a través de vivencias que ya han cumplido más de cuarenta años? A través de la palabra. La palabra como forma de dar sentido al dolor, la palabra como amparo, la palabra acogedora que establece vínculos con otros. Una comunidad de desterrados.

Con este propósito, tres exiliadas de la última dictadura argentina, hoy profesoras universitarias, emprendimos la tarea de relatar nuestra experiencia. Entre otras cuestiones nos preguntábamos cómo hacer para que el desplazamiento, forzado por otros, se convierta en parte activa y luminosa de la propia biografía, cómo convertir el exilio en un destino propio y cómo dejar de sentirnos expulsadas para transformarnos en transterradas. Una palabra esta última, transterradas, acuñada por el filósofo español José Gaos, exiliado en México y que nos muestra la posibilidad de moverse entre dos mundos.

Carola con ocho años, Carolina con cinco, y yo con quince vimos cómo, en el espacio de muy poco tiempo, todo se desdibujaba y había que aprender a vivir en una nueva lengua, en un nuevo paisaje y con otros referentes. Ya entonces intuimos que nada volvería a ser igual. Así nació Transterradas. El exilio infantil y juvenil como lugar de memoria. Un libro testimonial, un recorrido biográfico por la memoria epidérmica, esa que nos acompaña desde entonces. Una memoria que no tiene edad y que sigue convocando a otros en otros lugares del planeta.

Un relato que llama la atención de todos aquellos –maestros, familias, trabajadores sociales, terapeutas, ciudadanos decentes– que creen que merece la pena hacer la pregunta que encabeza este texto: ¿Qué pierde un menor desplazado?

El hogar, el lugar y el nombre

Decía John Berger que el que pierde su hogar pierde su nombre. Yo digo que quien pierde su hogar pierde su lugar y, con él, su nombre. Un desplazamiento forzado es un acontecimiento traumático. Irrumpe de manera inesperada en la vivencia de los menores y esa experiencia no puede ser incorporada, sin más, a la vida cotidiana. Es una fractura en la percepción del tiempo y de uno mismo. Saca de su eje a la noción de quiénes somos y de cómo vemos el mundo.

Jardín del Exilio en el Museo Judío de Berlín. Museo Judío de Berlín. Jens Ziehe.

Hay un ejemplo de esto en el Museo Judío de Berlín. Allí, en el Jardín del exilio, el arquitecto Daniel Libeskind quiso recrear la experiencia del destierro. La pérdida de referentes, de lo que es conocido y familiar, tiene efectos físicos. Un jardín en el que la irregularidad del suelo provoca mareos, confusión y sensación de inestabilidad.

Pero la violencia del destierro no solo afecta a los individuos, también perjudica a la comunidad. Altera las relaciones familiares, abre grietas en los vínculos sociales, fomenta la desconfianza. Los que se fueron y los que se quedaron. Las migraciones no son solo asuntos individuales, son fenómenos colectivos de naturaleza política. Por tanto, cualquier posible intervención pública está obligada a contemplar esta doble condición del destierro.

Palabra, memoria y comunidad

Los menores migrantes son protagonistas de las agendas de los gobiernos europeos. En ocasiones criminalizados, su presencia genera sospechas. Las instituciones del Estado hablan de integración. El objetivo, según las declaraciones oficiales, es que estos menores acepten los valores de la sociedad que los acoge.

Pero ¿cómo aceptar esos nuevos valores si los propios se han desdibujado? Aceptar otros valores es un acto de reflexión y voluntad. Hay que comparar, entender, optar. ¿Cómo aceptar esos valores si uno ha sido arrancado de su origen? Tal vez todas estas preguntas deberían ser contempladas por las políticas públicas. Tendrían que pensar en fortalecer la identificación original de los menores migrantes. Fomentar las asociaciones, los grupos, la representación. Permitirles, antes de decidir a dónde pertenecer, recomponer su subjetividad vulnerada. Volver a ser sujetos de su destino.

El fenómeno de las maras, las bandas criminales surgidas en EEUU y exportadas a Centroamérica, son un síntoma de todo esto. Ante el desarraigo individual refuerzan la identidad grupal, en un intento por poner en acto lo que no pueden poner en palabras. Si los convocaran, si se los escuchara, podrían apelar a esa memoria rota y contar su historia. La palabra permite tomar distancia. Dota de sentido al dolor y a la angustia. Autoriza a que el pasado vuelva a su lugar. El silencio, en cambio, es un agujero negro contra el que es imposible luchar.

Por eso es vital la implicación de los poderes públicos. Su reconocimiento de lo mucho que pierden los menores en un desplazamiento forzado. Para ayudarlos a construir comunidad. Para potenciar su participación en la sociedad de acogida a través de la rememoración de su anterior pertenencia. Y, sobre todo, para acompañarlos en ese gesto decisivo, fundacional, de poner palabras a la ferocidad de la historia.

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