Fotograma de ‘Gladiator’, película dirigida por Ridley Scott en 2000. Universal Pictures

Lanistas: entrenadores, representantes y traficantes de gladiadores

Los combates de gladiadores en los anfiteatros romanos (munera gladiatoria), han tenido, desde siempre, un gran interés entre el público. Tradicionalmente se han considerado espectáculos sangrientos, que siempre terminaban con la muerte de uno de los contendientes, cuando en realidad no era este el fin primordial del espectáculo, sino la exhibición de destreza, fuerza y resistencia, valores de una sociedad altamente militarizada que vivía por y para la guerra.

Traficante de esclavos y gladiadores

El lanista era un personaje esencial en los munera gladiatoria, un auténtico mercader de carne humana. Vivía en estrecho contacto con piratas y traficantes.

Obtenía sus gladiadores, en primer lugar, de los prisioneros de guerra. En segundo lugar, de los condenados por crímenes que podían estar destinados ad ludum para luchar como gladiador. Si conseguían varias victorias, podían obtener la rudis y la libertad. Por último, existían los auctorati, hombres libres, gladiadores por propia voluntad. Eran individuos “atraídos por el deseo de riqueza, gloria, fama, o por el simple deseo de probarse con las armas”.

Los lanistas también reclutaban esclavos que eran llevados a los anfiteatros por los mercaderes. Un amo podía condenar a un esclavo y destinarlo al oficio de gladiador o venderlo a los traficantes. Esta práctica fue habitual hasta la época de Adriano, cuando se empezó a exigir el consentimiento del esclavo, a menos que hubiese cometido graves delitos (HA, Hadr. 18).

Generalmente el lanista era un exgladiador, ya veterano, que durante algún tiempo había enseñado a los jóvenes aspirantes a gladiadores. Una vez concluida su actividad, había recibido la espada de madera (rudis), símbolo de su libertad.

Los romanos rechazaban a quienes se dedicaban a estos oficios. Eran considerados infames, como sabemos por Séneca. Los lanistas solían ocultar su oficio bajo ciertos eufemismos como “negotiatiores familiae gladiatoriae"’.

‘La muerte de Espartaco’, esclavo y gladiador, de Hermann Vogel. Wikimedia Commons

Además, el estatus del gladiador y del lanista era un stigma no solo social sino también físico. Podían ser marcados a fuego con un hierro candente, para identificarlos en caso de fuga y así poder devolverlos a sus amos o a la autoridad, o tatuados con el mismo propósito.

"Fichajes” de grandes gladiadores

Ahora bien, la infamia se podía evitar no cobrando por su participación en la arena, luchando para honrar a un líder o cumplir una promesa hecha a un emperador, cumpliendo con una obligación familiar, salvando a un amigo de la pobreza o vengando a un amigo muerto en la arena, como afirma Quintiliano. En cualquier caso, la infamia solo existía en la estricta moral de Roma; en las civitates de las provincias la consideración del infamis era diferente.

El lanista también era un empresario que comerciaba con gladiadores, obteniendo un gran provecho, incluso aunque el gladiador muriese durante el combate. A finales de la República, los gladiadores ya se habían convertido en profesionales muy valorados y, como ocurre hoy en el fútbol, existía un auténtico “mercado de gladiadores”.

El emperador Marco Aurelio, a quien no le gustaban los munera, no se planteó su abolición. Muchos miembros de la alta sociedad invertían en el negocio. Además, el estado ingresaba anualmente grandes sumas de dinero por los impuestos que grababan la gladiatura. Todo esto garantizaba, en definitiva, la permanencia del espectáculo. Su abolición hubiera tenido consecuencias nefastas para la economía romana, al igual que ocurriría hoy día si se prohibiera el fútbol.

Además, los combates de gladiadores movían tanto dinero por la propia avaricia de los lanistas que mantenían constantemente elevado el precio de los gladiadores para tener mayor margen de beneficio. De hecho, los precios eran tan altos en época de Marco Aurelio que el sistema amenazaba con colapsarse. Sin embargo, como los munera eran esenciales para mantener la estabilidad del imperio, Marco Aurelio dictó una ley para regular los precios.

Esta ley se conoce con el nombre de Oratio de pretiis gladiatorum minuendis, y fue aprobada por Marco Aurelio y Cómodo en el año 177. Una de sus múltiples copias apareció en Itálica. De su contenido se infiere que había dos tipos de gladiadores: los de nivel normal (gregarii), que podían cobrar entre 1.000 y 2.000 sestercios y los de nivel alto (meliores), que cobraban entre 3.000 y 15.000 sestercios. Los espectáculos debían formarse con los dos tipos a partes iguales y si no se disponía de suficientes gladiadores “baratos” se debía cubrir el cupo con los “mejores”, pero al precio de los gregarii. El gladiador se llevaba un porcentaje dependiendo de su nivel.

Solo en concepto de lo que el estado reclamaba a cada lanista como impuesto (el 25 o el 33% de sus ingresos), el fisco romano ingresaba, en época de Marco Aurelio, 30 millones de sestercios al año, una cantidad muy, pero que muy, considerable.

Entrenador y “cabeza de familia”

El lanista era el propietario del ludus. En estas escuelas se formaban y entrenaban los gladiadores, tanto los nuevos (novicii) como los ya consagrados (veterani).

Durante el Imperio, habría más de 150 ludi repartidos por Roma y las provincias. Cada uno representaba un polo de actividad económica floreciente para la ciudad en que se encontraba. Los lanistas eran los propietarios de los más prestigiosos. En Hispania tenemos documentado epigráficamente el ludus Hispanianus, con sede en Corduba.

Cuando un aspirante llegaba a un ludus se le llamaba tiro. Independientemente de que fuese esclavo, damnatus ad ludum o voluntario, todos debían pasar un mismo proceso de selección inicial para probar las condiciones del recién llegado.

Al aspirante se le asignaba un doctor para que le hiciese una primera evaluación. El lanista supervisaba el proceso. Luego, se le daba una espada de madera para ver cómo reaccionaba a las acometidas de alguno de los magistri. Se estudiaban sus movimientos, velocidad de reacción, agresividad, si tenía técnica en el uso de las armas, su fuerza en el cuerpo a cuerpo, etc. A los que no tenían las condiciones adecuadas se les enviaba a los gregarii para luchar en grupo.

Por el contrario, si el tiro mostraba cualidades, se le destinaba al grupo gladiatorio que mejor se adecuaba; es decir, si era fuerte, a las armas pesadas y, si era menos fuerte pero ágil, a las armas ligeras. Una vez determinado en qué grupo rendía mejor, el tiro quedaba adscrito a la unidad que se le asignara y desde entonces comenzaba a entrenar con ellos, sometido a la disciplina del doctor, que era quien dirigía ese grupo.

Había un doctor especialista en cada tipo gladiatorio. Los doctores eran gladiadores ya retirados que habían destacado en el arma que ahora enseñaban. Estaban auxiliados por los magistri, gladiadores recientemente retirados o incluso en activo, que aún no podían aspirar a doctores. Los magistri eran los encargados de enseñar las “prácticas” y “técnicas” gladiatorias.

El primer combate era el momento para adoptar el apodo o nombre por el que iba a ser conocido el gladiador. Se buscaba que sonase bien y fuese rimbombante, para que llamase la atención en los anuncios y la gente pudiese aprenderlo con facilidad. Se trataba de una cuestión de mero marketing, ya que era uno de los medios de los que disponía el gladiador para venderse a sí mismo.

Los lanistas, junto con sus doctores y magistri, les enseñaban a cubrirse el torso con el escudo de una manera efectiva. Les enseñaban también a golpear con la punta de la espada y no con los filos, ya que clavando se causaban heridas más profundas y más letales que dando tajos. Igualmente, les instruían para llevar el combate de forma adecuada, con el objetivo de lograr la victoria.

Mosaico de Villa Borghese en el que un gladiador ataca con una daga a su oponente. Wikimedia Commons

Vivir en un ludus tenía sus ventajas e inconvenientes. Inconvenientes eran los castigos corporales, la rutina diaria o el no poder salir de allí, en muchos casos. Entre las ventajas estaban el tener comida asegurada o contar con techo y seguridad personal ante ladrones y criminales. El lanista solía tratar bien a los gladiadores en su ludus, aunque dicho trato solía depender del lugar del que venían. Así, los condenados estaban sujetos a una vigilancia más estricta, porque si escapaban el estado podía pedir responsabilidades al lanista. Los esclavos gozaban de más libertad, y los auctorati de libertad completa. De hecho, algunos vivían fuera del ludus, en su casa, con su mujer e hijos, e iban allí solo a entrenar.

Todos debían acatar la ley del lanista y cumplir la estricta educación del ludus. El incumplimiento de la disciplina se penaba con castigos físicos e incluso con la muerte. Cualquier motín era reprimido rápidamente por los soldados. No se les permitía tener armas, que se guardaban en el armamentarium.

Alimentación, dieta y salud

El lanista se ocupaba también de la salud de los gladiadores. En cualquier ludus y anfiteatro había, al menos, un médico.

También se ocupaban de la dieta de los gladiadores. Se consideraba un elemento esencial para preservar la salud y lograr el máximo rendimiento deportivo, por lo que una de las tareas principales del médico era confeccionar un menú que permitiese al gladiador rendir al máximo de sus posibilidades.

Debido a las necesidades de fuerza que imponía el combate gladiatorio, la carne era un alimento predominante para aumentar la masa muscular y la fuerza. Junto con la carne, fuente de proteínas, comían alimentos ricos en hidratos de carbono, como la cebada, legumbres y, sobre todo, alubias. Y complementos nutricionales: infusiones de ceniza de madera y de hueso, muy ricas en calcio, que les ayudaban a tener huesos fuertes y a recuperarlos fácilmente en el caso de fracturas. La comida de los gladiadores, como afirma Quintiliano, “no sabe muy bien, pero fortalece el cuerpo”.

Conclusión

El lanista era una pieza clave en el desarrollo de los juegos gladiatorios. Sin esta figura no podríamos comprender, hoy día, la enorme duración de la gladiatura en el Imperio Romano (más de siete siglos), ni la expectación y admiración que han generado y siguen generando los combates de gladiadores entre nuestros contemporáneos.